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– Como debe ser. Salgo, día tras día, intentando ganar una moneda, y lo único que tienes que hacer es lavar los vestidos. A veces pienso que sería mejor si lo hiciera yo misma, y sacaros a ti y a tu hermano de las orejas. -Exhaló un desagradable suspiro y se sentó en su silla-. Bueno, ven aquí, pues, y quítame los zapatos.

Mientras Eliza estaba arrodillada en el suelo, aflojándole las botas, la puerta volvió a abrirse. Era Sammy, negro y empolvado. Sin palabras, la señora Swindell extendió su huesuda mano e hizo una leve seña con los dedos.

Sammy buscó en el bolsillo de su mono de trabajo, y sacó dos monedas de cobre que dejó donde debía. La señora Swindell las miró con sospecha antes de patear a Eliza a un lado con su pie sudado, cubierto con una media, y renqueó hasta la caja del dinero. Con una mirada furtiva sobre su hombro, extrajo una llave de su blusa y la metió en la cerradura. Apiló las nuevas monedas sobre las otras, chasqueando los labios mientras calculaba el total.

Sammy se acercó a la cocina y Eliza tomó un par de cuencos. Nunca comían con los Swindell. No era correcto, decía la señora Swindell, porque ambos podían hacerse la idea equivocada de ser parte de la familia. Eran empleados, después de todo, más sirvientes que inquilinos. Eliza comenzó a servir el guiso con un cucharón, colándolo, como insistía la señora Swindelclass="underline" no quería desperdiciar la carne en un par de infelices desagradecidos.

– Pareces cansado -susurró Eliza-. Esta mañana empezaste muy temprano.

Sammy sacudió la cabeza, no quería que ella se preocupara.

Eliza miró en dirección a la señora Swindell, comprobó que seguía dándoles la espalda, antes de deslizar un pequeño pedazo de carne en el cuenco de Sammy.

Éste sonrió apenas, cansado, sus ojos redondos fijos en Eliza. Verle así: los hombros encogidos por las pesadas tareas del día, el rostro cubierto del hollín de las chimeneas de los ricos, agradecido por el mendrugo de carne correosa, le hizo desear poder pasar sus brazos en torno a su pequeño torso y no soltarlo nunca.

– Bien, bien. Qué bonito cuadro -dijo la señora Swindell cerrando la caja del dinero-. Pobre señor Swindell, afuera, en el barro, en busca de tesoros con los que poner comida en vuestras desagradecidas bocas… -agitó un nudoso dedo en dirección a Sammy- mientras un joven como tú vive gratis en esta casa. Eso no está bien, nada, nada bien. Cuando vuelvan los «benefactores», creo que tendré que decírselo.

– ¿El señor Suttborn tiene más trabajo para ti mañana, Sammy? -preguntó rápidamente Eliza.

Sammy asintió.

– ¿Y para pasado?

Otra señal de asentimiento.

– Ésas son dos monedas más esta semana, señora Swindell.

¡Ah, cómo se las arreglaba para que su voz sonara humilde!

Y qué poco importaba.

– ¡Insolente! ¿Cómo te atreves a responderme? Si no fuera por el señor Swindell y por mí, vosotros dos, retorcidos gusanos, estaríais fregando suelos en un orfanato.

Eliza respiró hondo. Una de las últimas cosas que Madre había hecho fue obtener una promesa de la señora Swindell de que a Sammy y Eliza se les permitiría quedarse como inquilinos tanto tiempo como continuaran pagando el alquiler y contribuyeran al trabajo doméstico.

– Pero, señora Swindell -replicó Eliza con cautela-, Madre dijo que usted prometió…

– ¿Prometí? ¿Prometí? -Furibundas babas brotaron de las comisuras de su boca-. Yo sí que voy a prometerte algo. Prometo zurrarte las nalgas hasta que no puedas ni sentarte. -Se puso súbitamente de pie y tomó una correa de cuero que colgaba de la puerta.

Eliza se mantuvo firme, aunque el corazón le latía con fuerza.

La señora Swindell avanzó, para luego detenerse, un cruel tic haciéndole temblar los labios. Sin una palabra, se volvió hacia Sammy.

– Tú -dijo-. Ven aquí.

– No -dijo Eliza, echando una veloz mirada al rostro de Sammy-. No. Lo siento, señora Swindell. Ha sido una insolencia de mi parte, tiene usted razón. Yo… yo la resarciré. Mañana barreré la tienda. Fregaré los escalones de la entrada, yo… yo…

– Cambiarás el agua del cuarto del retrete y echarás a las ratas del altillo.

– Sí -asintió Eliza-. Eso también.

La señora Swindell extendió la correa frente a ella, como un horizonte de cuero. Miró a través de sus párpados entrecerrados, de Eliza a Sammy y viceversa. Finalmente, dejó caer un extremo de la correa y volvió a colgarla en su lugar, junto a la puerta.

Eliza sintió como una lluvia de alivio.

– Gracias, señora Swindell.

Con mano temblorosa, entregó el cuenco con guiso a Sammy y tomó el cucharón para servirse.

– Detente ahora mismo -dijo la señora Swindell.

Eliza alzó la vista.

– Tú -ordenó la señora Swindell señalando a Sammy-, limpia las nuevas botellas y acomódalas en el estante. No habrá guiso hasta que termines. -Se volvió a Eliza-. Y tú, niña, sube y sal de mi vista. -Le temblaban los finos labios-. Esta noche no comerás. No tengo intención de dar de comer a una rebelde.

* * *

Cuando era pequeña, a Eliza le gustaba imaginar que su padre aparecería un día y los rescataría. Después de «Madre y el Descuartizador», «Padre el Valiente» era la mejor historia de Eliza. A veces, cuando se le cansaba el ojo de tenerlo apretado contra los ladrillos, se acostaba sobre el estante superior e imaginaba a su heroico padre. Se decía a sí misma que Madre estaba equivocada, que no se había ahogado en el mar sino que había sido enviado lejos, a una misión importante, y que un día volvería para salvarlos de los Swindell.

Aunque sabía que era una fantasía, tan improbable como que las hadas y gnomos surgieran entre los ladrillos de la chimenea, el placer que sentía al imaginarse su retorno no por ello disminuía. Llegaría a casa de los Swindell. Seguramente a caballo, no en un coche de tiro, sino en un corcel de brillantes crines y patas largas y musculosas. Y todos, en la calle, detendrían sus actividades para mirar a ese hombre, su padre, apuesto con sus negras ropas de jinete. La señora Swindell, con su miserable y enjuto rostro, espiaría por encima de la soga de tender con los bonitos vestidos robados esa mañana, y llamaría a la señora Barrer para que fuera a ver lo que estaba sucediendo. Y sabrían que era el padre de Eliza y Sammy, que venía a rescatarlos. Él los llevaría a caballo hasta el río, donde su barco estaría esperando, y navegarían por el océano hasta lugares lejanos con nombres que nunca habían escuchado.

A veces, en las raras ocasiones en las que Eliza la había convencido para sumarse a sus relatos, Madre hablaba del océano. Porque ella lo había visto con sus propios ojos, y por tanto era capaz de adornar sus historias con sonidos y olores que a Eliza le resultaban mágicos: el estallido de las olas y el aire salado, los finos granos de arena blanca, en vez del negro sedimento pegajoso del barro del río. No era muy frecuente, empero, que Madre se sumara al relato de historias. En general, ella no aprobaba esos relatos, especialmente el de «Padre el Valiente».

– Debes aprender a comprender la diferencia entre los cuentos y la realidad, mi Liza -le decía-. Los cuentos de hadas terminan demasiado bruscamente. Nunca muestran lo que sucede después, cuando el príncipe y la princesa cabalgan más allá de sus páginas.

– Pero ¿qué quieres decir, Madre? -preguntaba Eliza.

– ¿Qué sucede después, cuando los protagonistas necesitan hallar su lugar en el mundo, ganar dinero y escapar de los males terrenales?

A Eliza eso le parecía irrelevante, aunque no se atrevía a decírselo. Eran príncipes y princesas, no necesitaban un lugar en el mundo, a excepción de su mágico castillo.

– No debes esperar que alguien venga a rescatarte -continuaba Madre, con mirada perdida-. Una niña que espera que la rescaten nunca se salvará a sí misma. Incluso aunque tenga los medios, descubrirá que le falta valor. No seas así, Eliza. Debes encontrar tu valor, aprender a rescatarte, no depender de nadie.