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Sola, en el cuarto superior, hirviendo de desprecio contra la señora Swindell y de rabia contra su propia impotencia, Eliza se metió a gatas dentro de la chimenea en desuso. Con cuidado, lentamente, alargó el brazo hasta sentir con la mano el ladrillo suelto y lo sacó. En la pequeña cavidad, sus dedos rozaron la familiar tapa del tarro de mostaza, su fría superficie de bordes redondeados. Tratando de que sus movimientos no llegaran por el tiro de la chimenea hasta los oídos atentos de la señora Swindell, Eliza lo sacó.

Él tarro había sido de Madre, y ella lo había guardado en secreto durante años. Días antes de su muerte, en un raro momento de lucidez, Madre le había revelado a Eliza el escondite y le había pedido que lo sacara. Llevó el tarro de mostaza hasta Madre, y miró con ojos deslumbrados el misterioso objeto oculto.

A Eliza el suspense le cosquilleaba la punta de los dedos mientras esperaba a que Madre abriera el tarro. En sus últimos días, sus movimientos se habían vuelto torpes, y la tapa estaba bien cerrada con un sello de cera. Finalmente, se abrió.

Eliza miró maravillada. Dentro del tarro había un broche, del tipo de los que arrancaría lágrimas de alegría por el horrible rostro de la señora Swindell. Era del tamaño de un penique, con brillantes piedras rojas, verdes y blancas adornando el decorativo borde exterior.

El primer pensamiento de Eliza fue que el broche era robado. Ella no podía imaginarse a Madre haciendo tal cosa, pero ¿de qué otro modo había llegado a poseer un tesoro tan magnífico? ¿De dónde provenía?

Tantas preguntas y ni siquiera podía soltar su lengua para hablar. Poco hubiera importado si lo hubiera hecho; Madre no la escuchaba. Miraba el broche con una expresión que Eliza no había visto nunca.

– Este broche me es muy querido -declaró de pronto-. Muy querido. -Madre puso el tarro en manos de Eliza, casi como si no soportara tocarlo.

El tarro estaba barnizado, suave y frío bajo sus dedos. Eliza no sabía qué decir. El broche, la extraña expresión de Madre… era todo tan repentino…

– ¿Sabes qué es esto, Eliza?

– Un broche. He visto a las damas elegantes usarlo.

Madre sonrió débilmente y Eliza pensó que debía de haber dado la respuesta equivocada.

– ¿Tal vez un colgante que se soltó de su cadena?

– Estabas en lo correcto la primera vez. Es un broche, un broche especial. -Apretó sus manos-. ¿Sabes qué es lo que hay detrás del cristal?

Eliza observó el diseño de hebras rojas y doradas.

– ¿Un tapiz?

Madre volvió a sonreír.

– En cierto modo, lo es, aunque no de los que se tejen con hilo.

– Pero puedo ver los hilos, trenzados para formar un cordón.

– Son cabellos, Eliza, tomados de las mujeres en mi familia. Mi abuela, su madre, y así. Es una tradición. Se llama broche de duelo.

– ¿Por qué se usa sólo cuando te duele algo?

Madre extendió la mano y acarició el extremo de la trenza de Eliza.

– Porque nos recuerda a los que hemos perdido. A los que llegaron antes que nosotros y nos hicieron lo que somos.

Eliza asintió seria, consciente, aunque no estaba segura cómo, de haber recibido una confidencia especial.

– El broche vale mucho dinero, pero nunca he sido capaz de venderlo. He caído víctima, una y otra vez, de mi sentimentalismo, pero eso no debe detenerte.

– ¿Madre?

– No estoy bien, mi niña. Pronto llegará el momento de que cuides de Sammy y de ti misma. Puede que sea necesario que vendas el broche.

– Oh, no, Madre…

– Puede que sea necesario, y será tu decisión. No dejes que mi renuencia te guíe, ¿me oyes?

– Sí, Madre.

– Pero si necesitas venderlo, Eliza, ten cuidado con cómo lo haces. No debe ser vendido de forma oficial, no deben quedar rastros.

– ¿Por qué no?

Madre la miró y Eliza reconoció la mirada. Ella misma había mirado de ese modo a Sammy muchas veces a la hora de decirle la verdad.

– Porque mi familia lo averiguaría. -Eliza guardó silencio; la familia de Madre, junto con su pasado, era algo de lo que rara vez se hablaba-. Ellos habrán notificado que fue robado…

Eliza alzó las cejas.

– …Equivocadamente, mi niña, puesto que es mío. Me lo dio mi madre con ocasión de mi decimosexto cumpleaños, ha estado en mi familia mucho tiempo.

– Pero si es tuyo, Madre, ¿por qué nadie puede saber que lo tienes?

– Tal venta revelaría nuestro paradero, y eso no debe saberse. -Tomó la mano de Eliza, con ojos desorbitados, el rostro pálido y agotado por el esfuerzo de hablar-. ¿Lo entiendes?

Eliza asintió, comprendió. Es decir, comprendió a medias. Madre estaba preocupada por el Hombre Malvado, sobre el que les había prevenido toda su vida diciendo que podía estar en cualquier rincón oculto, esperando atraparlos. A Eliza siempre le habían gustado esas historias, aunque Madre nunca entró en suficientes detalles como para satisfacer su curiosidad, dejando a su imaginación embellecer las advertencias de Madre, darle al hombre un ojo de vidrio, una canasta con serpientes y un labio que se fruncía cuando sonreía.

– ¿Quieres que te traiga tu medicina, Madre?

– Eres una buena niña, Eliza, una buena niña.

Eliza dejó el tarro de cerámica en la cama junto a Madre y trajo la pequeña botella de láudano. Cuando regresó, Madre volvió a extender la mano para acariciar el largo mechón de cabellos que se había desenredado de la trenza de Eliza.

– Cuida de Sammy -dijo-. Y cuídate. Recuerda siempre, con una voluntad fuerte incluso los débiles pueden ejercer gran poder. Debes ser valiente cuando yo… si algo fuera a sucederme.

– Por supuesto, Madre, pero nada te sucederá. -Eliza no lo creía, y tampoco lo creía Madre. Todos sabían lo que les sucedía a los que enfermaban de tuberculosis.

Madre consiguió tomar un sorbo de medicina y luego se recostó contra la almohada, exhausta por el esfuerzo. Sus rojos cabellos extendidos hacia arriba, revelando en su pálido cuello una sola cicatriz, el delgado corte que nunca se esfumaba y que había inspirado por primera vez a Eliza el relato del encuentro de Madre con el Destripador. Otro de los cuentos que nunca dejó que Madre oyera.

Con los ojos aún cerrados, Madre habló suavemente, con frases cortas y rápidas.

– Mi Eliza, sólo te lo diré una vez. Si él te encuentra y necesitas escapar, entonces, sólo entonces, toma el tarro. No vayas a Christie's, no vayas a ninguna de las grandes casas de subastas. Allí tienen registros. Ve a la vuelta de la esquina y pregunta en la casa del señor Baxter. Él te dirá cómo encontrar al señor John Picknick. El señor Picknick sabrá qué hacer. -Sus párpados temblaron con el esfuerzo de tanto hablar-. ¿Lo entiendes?

Eliza asintió.

– ¿Lo entiendes?

– Sí, Madre, lo entiendo.

– Hasta entonces, olvida que existe. No lo toques, no se lo muestres a Sammy, no se lo digas a nadie. ¿Eliza?

– ¿Sí, Madre?

– Estate alerta respecto al hombre de quien te hablo.

* * *

Y Eliza había cumplido su palabra. En su mayor parte. Había sacado el tarro dos veces, sólo para mirarlo. Para pasar sus dedos por la superficie del broche, tal como Madre había hecho, para sentir su magia, su inestimable poder, antes de sellar rápidamente la tapa con cera y volver a guardarlo en su lugar.

Y aunque hoy lo había cogido, no era para mirar el broche de duelo. Porque Eliza había añadido su propia contribución al tarro de arcilla. Dentro estaba también su propio tesoro, su plan para el futuro.

Retiró una bolsita de cuero y la apretó con fuerza en su mano. Tomó energía de su solidez. Era una bagatela que Sammy había encontrado en la calle y le había regalado. Un juguete de algún niño acomodado, tirado y olvidado, encontrado y revivido. Eliza lo había escondido desde el principio. Sabía que si los Swindell lo veían, sus ojos se encenderían e insistirían en tenerlo en la tienda. Había sido un regalo y era suyo. No había muchas cosas de las que pudiera decir lo mismo.