Cuando llegaron a South Kensington, Ruby aparcó marcha atrás en un minúsculo espacio y Cassandra contuvo la respiración, en silenciosa admiración por la seguridad que la otra mujer tenía en sí misma.
– Hemos llegado. -Apagó el motor e hizo un gesto hacia una casa blanca al otro lado de la calle-. Hogar dulce hogar.
El apartamento era diminuto. Encajado al fondo de una casa eduardiana, en el segundo tramo de escaleras, detrás de una puerta amarilla, tenía un solo dormitorio, una pequeña ducha y aseo, y una minúscula cocina adosada a la sala. Ruby había preparado el sofá cama para Cassandra.
– Sólo tres estrellas, me temo -dijo-. Te compensaré con el desayuno.
Cassandra miró dubitativa la diminuta cocina, y Ruby se rió tanto que agitó su blusa color verde lima. Se secó los ojos.
– ¡Por Dios, no! No quise decir que cocinaría. ¿Para qué soportar semejante agonía cuando alguien puede hacerlo mejor? Te llevaré a un café a la vuelta de la esquina. -Encendió el interruptor de la tetera-. ¿Una taza?
Cassandra sonrió débilmente. Lo que de verdad le hubiera gustado es no tener que poner sonrisa forzada todo el tiempo. Tal vez se debiera al hecho de haber pasado tanto tiempo volando, o a sus leves tendencias antisociales, pero estaba usando cada gramo de energía para fingir amabilidad. Una taza de té significaría al menos otros veinte minutos de sonrisas y gestos de asentimiento, y, ¡que Dios la amparase!, de encontrar respuesta a las incesantes preguntas de Ruby. Pensó con cargo de conciencia en la habitación de hotel al otro lado de la ciudad. Después observó que Ruby ya estaba sumergiendo dos bolsitas de té en tazas idénticas.
– Un té estaría bien.
– Aquí tienes -indicó Ruby, entregándole a Cassandra una taza humeante. Se sentó al otro extremo del sofá y sonrió mientras una nube de almizcle se acomodaba a su alrededor-. No seas tímida -dijo, señalando el azucarero-. Y ya que estás, puedes contarme todo sobre ti. ¡Qué excitante, esa casa en Cornualles!
Después de que Ruby se fuera a acostar, Cassandra intentó dormir. Estaba cansada. Colores, sonidos, formas, todo era borroso a su alrededor, pero el sueño no llegaba. Imágenes y conversaciones pasaban veloces por su mente, un flujo interminable de pensamientos y sentimientos sin otra conexión que ser suyos: Nell y Ben, el puesto de antigüedades, su madre, el vuelo en avión, el aeropuerto, Ruby, Eliza Makepeace y los cuentos de hadas…
Finalmente, desistió de dormir. Apartó las sábanas y se levantó del sofá. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudo distinguir la única ventana del apartamento. Una ancha repisa sobresalía del radiador, y si Cassandra hacía a un lado las cortinas, podía acomodarse sobre él, la espalda apoyada en la gruesa pared de ladrillo, los pies tocando el otro extremo. Se inclinó hacia delante contra sus rodillas y miró hacia fuera, más allá de los angostos jardines victoríanos con sus muros de piedra devorados por la hiedra, más allá de la calle a sus pies. La luz de la luna brillaba serena sobre la tierra.
Aunque era casi medianoche, Londres no estaba a oscuras. Ciudades como Londres nunca lo están, sospechó, ya no. El mundo moderno había acabado con la noche. Tiempo atrás habría sido diferente, una ciudad a merced de la naturaleza. Una ciudad en donde la caída de la noche tornaba las calles oscuras como petróleo y el aire en niebla: el Londres de Jack el Destripador.
Ése había sido el Londres de Eliza Makepeace, el Londres sobre el que había leído en el cuaderno de Nell, de calles envueltas en niebla y amenazadores caballos, el brillo de las farolas que se materializaban y volvían a desaparecer en la penumbra inducida por la niebla.
Mirando los estrechos establos convertidos en apartamentos, detrás del de Ruby, podía ahora imaginarlo a la perfección: fantasmales carreteros azuzando a sus asustadas bestias por ajetreadas calles. Cocheros con linternas sentados en lo alto de los carruajes. Vendedores callejeros y prostitutas, policías y ladrones…
16
Londres, Inglaterra, 1900
La niebla era espesa y amarilla, del color del pudín de guisantes. Había caído durante la noche, desplegándose desde la superficie del río y expandiéndose pesadamente por las calles, en torno a las casas, por debajo de los portales. Eliza miraba por la grieta entre los ladrillos. Bajo ese manto silencioso, casas, lámparas de gas, muros… se transformaban en monstruosas sombras, acechando mientras las nubes color azufre se movían a su alrededor.
La señora Swindell le había dejado una pila de ropa para lavar, pero hasta donde Eliza podía ver, no tenía sentido lavar nada con la niebla en ese estado: lo que era blanco estaría gris al terminar el día. Lo mismo daba colgar las ropas mojadas pero sin lavar, que fue lo que hizo. Se ahorraría una barra de jabón, además de su tiempo. Porque Eliza tenía cosas mejores de las que ocuparse: cuando más espesa era la niebla, tanto mejor para ocultarse y espiar.
El Destripador era uno de sus mejores juegos. Al comienzo lo había jugado sola, pero con el tiempo le había enseñado a Sammy las reglas y ahora se turnaban para interpretar los personajes de Madre y el Destripador. Eliza no terminaba de decidir cuál de los papeles era su favorito. El Destripador, pensaba en ocasiones, por su poder. Hacía que su cara se sonrojara de placer, acercándose silenciosa por la espalda de Sammy, ahogando una risita, mientras se preparaba a atraparlo…
Pero también había algo seductor en jugar a ser Madre. Caminar con rapidez, con cautela, negándose a mirar por encima del hombro, negándose a salir corriendo, intentando mantener la calma a pesar de las pisadas a su espalda, mientras su corazón latía tan fuerte que ahogaba cualquier ruido. El miedo era delicioso, haciendo que sintiera un cosquilleo por la piel.
Aunque los Swindell habían salido a remover el barro en busca de tesoros (la niebla era un don para los habitantes del río que arañaban sus ingresos mediante medios inescrupulosos), Eliza descendió silenciosa las escaleras, evitando cuidadosamente el chirrido del cuarto escalón. Sarah, la muchacha que cuidaba de Hatty, la hija de los Swindell, era de esas que disfrutaba ganándose el favor de sus señores con ladinos informes sobre el comportamiento de Eliza.
Al pie de las escaleras, Eliza se detuvo y observó los bultos en sombras de la tienda. Los tentáculos de la niebla se habían abierto camino entre los ladrillos, entrando en la estancia, colgando pesadamente sobre los objetos, arracimándose amarillentos en torno a la titilante lámpara de gas. Sammy estaba en un rincón, sentado en un banco, limpiando botellas. Estaba inmerso en sus pensamientos: Eliza reconoció la máscara de ensoñación de su rostro.
Un solo vistazo le confirmó que Sarah no estaba acechando. Eliza se le acercó.
– ¡Sammy! -susurró.
Nada, no la había oído.
– ¡Sammy!
Dejó de sacudir su rodilla y se inclinó de modo que su cabeza apareció al otro lado del mostrador. El cabello le caía, lacio, hacia un lado.
– Afuera hay niebla.
Su expresión neutra reflejaba lo evidente de la afirmación. Se encogió levemente de hombros.
– Densa como barro de alcantarilla, la luz de las lámparas ha desaparecido. Perfecta para el Destripador.
Eso atrajo la atención de Sammy. Permaneció inmóvil por un momento, considerándolo, luego sacudió la cabeza. Señaló la silla del señor Swindell, con su manchado respaldo hundido donde los huesos de su espalda se apoyaban, noche tras noche, cuando regresaba de la taberna.
– Ni siquiera sabrá que nos hemos ido. Estará fuera mucho tiempo, al igual que ella.
Él volvió a sacudir la cabeza, pero esta vez con algo menos de vigor.
– Estarán ocupados toda la tarde, ninguno dejaría pasar la oportunidad de ganarse una moneda extra. -Eliza notaba que lo estaba convenciendo. Él era parte de ella, después de todo, siempre había sido capaz de leer sus pensamientos-. Vamos, no tardaremos mucho. Iremos sólo hasta el río, y luego daremos la vuelta. Puedes elegir quién quieres ser.