Eso lo convenció, tal como esperaba. Los sombríos ojos de Sammy se encontraron con los suyos.
Alzó la mano, cerrada en un pequeño y pálido puño, como si sostuviera un cuchillo.
Mientras Sammy aguardaba junto a la puerta, esperando a que pasaran los diez segundos de ventaja que se le otorgaban a quien hiciera de Madre, Eliza se alejó. Pasó agachándose por debajo de las ropas tendidas de la señora Swindell, rodeando el carro del trapero, y se dirigió hacia el río. La excitación hacía que su corazón palpitara. Esa sensación de peligro era deliciosa. Oleadas de miedo se estrellaban bajo su piel mientras avanzaba, abriéndose paso entre la gente, carros, perros, paseantes, todos borrosos por la niebla, mientras en sus oídos cosquilleaban unos pasos detrás de ella, acercándose, acercándose para atraparla.
A diferencia de Sammy, Eliza amaba al río. La hacía sentirse cerca de su padre. Madre no les había proporcionado mucha información sobre el pasado, pero una vez contó que su padre había crecido en otro meandro del mismo río. Había aprendido su oficio de marinero en un barco carbonero, antes de sumarse a otra tripulación y embarcarse para alta mar. A Eliza le gustaba pensar en todo lo que debía de haber visto en ese codo del río, cerca del Muelle de las Ejecuciones, en donde se ahorcaba a los piratas, dejándoles colgando de las cadenas hasta que tres mareas cubrieran sus cuerpos. Bailando la danza de la soga, como decían los viejos.
Eliza tembló, imaginando los cuerpos sin vida, imaginándose la sensación de que tu último respiro se estrangulara en la garganta, y luego reprendiéndose por distraerse. Era el tipo de distracción en la que Sammy caía con frecuencia. Y eso estaba bien para Sammy: Eliza sabía que debía tener más cuidado.
A ver, ¿por dónde se oían los pasos de Sammy? Se esforzó en escucharlos, se concentró. Escuchó gaviotas en el río, las sogas golpeando contra los mástiles, los cascos de los barcos hinchándose, una carretilla traqueteando, el vendedor de papel matamoscas anunciando: «Atrápelas vivas», los pasos apurados de una mujer, el chico que vendía diarios anunciando el precio de su periódico…
De pronto, detrás de ella, un choque. El relinchar de un caballo. El grito de un hombre.
A Eliza le dio un salto el corazón, casi se dio la vuelta, intrigada por ver qué había sucedido. Se detuvo justo a tiempo. No era fácil. Era de naturaleza curiosa, Madre siempre se lo decía, sacudía la cabeza y chasqueaba la lengua, advirtiéndole que si no aprendía a controlar su imaginación terminaría por dar contra una montaña hecha de sus propias fantasías. Pero si Sammy se las ingeniaba para acercarse a ella y la veía espiando, ella tendría que darse por vencida. Ya casi estaba junto al río. El olor del barro del Támesis mezclado con el de la niebla. Casi había ganado, sólo tenía que avanzar un poco más.
Se escuchaba ahora una algarabía de voces lejanas y el tañido cada vez más cercano de una campana. El estúpido caballo seguramente se había chocado contra el carro del afilador, los caballos siempre enloquecían un poco con la niebla. ¡Pero qué estruendo! ¿Qué posibilidad tendría de oír a Sammy si éste elegía atacarla en ese momento?
Vislumbró el muro de piedra al borde del río, flotando levemente en la niebla.
Eliza sonrió y salió a la carrera esos últimos metros.
En términos estrictos, correr iba contra las reglas, pero no pudo contenerse. Sus manos tocaron las pegajosas piedras y ella dio un chillido de placer. Había llegado, había ganado, triunfado sobre el Destripador una vez más.
Eliza se subió a la muralla y se sentó triunfante, mirando hacia la calle de donde había venido. Golpeó con los talones contra la roca y examinó la cortina de niebla en busca de la silueta de Sammy. Pobre Sammy. Nunca había sido tan bueno para los juegos como ella. Le llevaba más tiempo aprender las reglas, era menos capaz de adaptarse al rol para el que había sido elegido. Actuar no le resultaba tan natural como a ella.
Mientras estaba sentada, los olores y sonidos de la calle llegaron hasta donde se encontraba. Con cada respiración evidenciaba lo aceitoso de la niebla, y ahora la campana sonaba con fuerza, acercándose. La gente a su alrededor parecía excitada, todos corriendo en la misma dirección en que habían corrido cuando el hijo del trapero sufrió uno de sus ataques epilépticos, o cuando el organillero llegaba de visita.
¡Por supuesto! El organillero, eso explicaba dónde se encontraba Sammy.
Eliza bajó de un salto de la muralla, raspándose la bota en una roca que sobresalía en la base.
Sammy nunca se podía resistir a la música. Estaba sin duda de pie junto al organillero, la boca levemente abierta mientras observaba el organillo, todo pensamiento respecto al Destripador y el juego evaporados.
Siguió a la gente que se congregaba, pasando por delante del estanco, del zapatero, del prestamista. Pero a medida que engrosaba la muchedumbre, y el sonido de la campana se desvanecía, y comprobó que no se oía la música del organillo, Eliza se apresuró.
Un temor sin nombre se apoderó de su estómago, y usó los codos para abrirse paso entre la gente -mujeres a la moda con sus vestidos de paseo, caballeros con levitas para la mañana, niños de la calle, lavanderas, empleados- mientras buscaba a Sammy.
Los comentarios comenzaban a llegar desde el centro del grupo y Eliza escuchó fragmentos y retazos intercambiados en agitados susurros sobre su cabeza; un caballo negro que había salido como de ninguna parte; un niño pequeño que no lo vio venir; la terrible niebla…
Sammy no, se dijo, no puede ser Sammy. Iba justo detrás de ella, lo había escuchado…
Ahora estaba más cerca, casi había llegado al claro. Casi podía ver a través de la niebla. Conteniendo la respiración, se abrió paso entre el grupo de curiosos y la truculenta escena apareció frente a ella.
La observó toda de una vez, la comprendió de inmediato. El caballo negro, el frágil cuerpo del niño, yaciendo a la entrada de la carnicería. El cabello pelirrojo manchado de rojo oscuro, allí donde se recostaba contra los adoquines. El pecho abierto por la pezuña de un caballo, los ojos azules, vacíos.
El carnicero había salido y estaba arrodillado junto al cuerpo.
– Ya se ha ido. No tuvo oportunidad, pobrecito.
Eliza miró al caballo. Estaba agitado, asustado por la niebla, la muchedumbre, el ruido. Resoplando, su cálido aliento visible en medio de la niebla.
– ¿Sabe alguien el nombre de este niño?
La muchedumbre se movió un poco, empujándose mientras se miraban unos a otros, alzaban los hombros, sacudían las cabezas.
– Puede que lo haya visto por aquí -dijo una voz dubitativa.
Eliza miró el brillante ojo negro del caballo. Mientras el mundo y sus ruidos parecían girar a su alrededor, el caballo se mantenía inmóvil. Se miraron el uno a la otra y, en ese momento, sintió como si la estuviera viendo por dentro. Observó el vacío que se había abierto en ella y que pasaría el resto de su vida intentando cerrar.
– Alguien debe de conocerlo -dijo el carnicero.
La multitud estaba en silencio, la atmósfera todavía más espectral.
Eliza sabía que tenía que odiar a la bestia negra, que debía despreciar sus fuertes patas, sus tersos y duros muslos, pero no fue así. Mirándolo fijamente, sintió casi un reconocimiento, como si el caballo comprendiera, como nadie más podía, el vacío dentro de ella.
– Listo -dijo el carnicero. Silbó y apareció un joven aprendiz-. Trae el carro y llévate al muchacho. -El aprendiz se apresuró a entrar y regresó con un carro de madera. Mientras cargaba el quebrado cuerpo del niño, el barrendero comenzó a limpiar la ensangrentada calle.
– Creo que vive en la calle Battersea Church -dijo una voz lenta y firme. Sonaba como la de uno de los hombres del despacho de abogados donde Madre había trabajado, pero no era una voz encopetada, sino más pastosa que la de los habitantes de la otra orilla.