Después guardó su recuerdo con tanta delicadeza como pudo, cubriéndolo con capas de sentimientos -alegría, amor, compromiso- que ya no necesitaría, y lo encerró todo en lo más hondo de su ser. Estar vacía de tales recuerdos y sentimientos la hacía sentir, de alguna manera, bien. Porque, tras la muerte de Sammy, Eliza era media persona. Como un cuarto sin luz, su alma estaba fría, oscura y vacía.
¿Cuándo se le ocurrió la idea por primera vez? Eliza nunca estuvo segura. Ese día en concreto no sucedió nada diferente. Abrió los ojos a la escasa luz del pequeño cuarto como lo hacía cada mañana y yació inmóvil, volviendo a entrar en su cuerpo, tras una noche espantosa.
Echó a un lado la manta y se sentó, apoyando los pies desnudos en el suelo. Su larga trenza cayó sobre un hombro. Hacía frío; el otoño se había rendido frente al invierno, y la mañana era tan oscura como la noche. Eliza encendió una cerilla, la acercó al pabilo de la vela y luego alzó la vista hasta donde colgaba su delantal, en la puerta.
¿Qué la llevó a hacerlo? ¿Qué hizo que fuera más allá del delantal y tomara la camisa y los pantalones que colgaban detrás? ¿Ponerse las ropas de Sammy en vez de las suyas?
Eliza nunca lo supo, pero sintió que era lo correcto, como si fuera lo único posible. La camisa tenía un olor tan familiar como sus propias prendas, y sin embargo distinto, y cuando se puso los pantalones saboreó la curiosa sensación de los tobillos desnudos, del aire frío en la piel acostumbrada a las medias. Se sentó en el suelo y se ató las gastadas botas de Sammy, que le quedaban perfectas.
Después se puso de pie frente al pequeño espejo y se observó. Se miró con detenimiento mientras la vela titilaba a su lado. Un pálido rostro la observaba. El cabello largo, de un rojo dorado, ojos azules, y pálidas cejas. Sin bajar la vista, Eliza tomó un par de tijeras de costura que estaban en la cesta de lavado y sostuvo su trenza hacia un lado. Su trenza era gruesa y tuvo que esforzarse en cortarla. Por fin cayó en su mano. Al desprenderse, el cabello se soltó, desgreñado, sobre su rostro. Continuó cortando hasta que sus cabellos fueron del mismo largo que habían sido los de Sammy, y luego se puso su gorra.
Eran mellizos, no era sorprendente que se parecieran tanto, y sin embargo a Eliza se le cortó el aliento. Sonrió, levemente, y Sammy le devolvió la sonrisa. Extendió la mano y tocó el frío cristal del espejo, ya no estaba sola.
Toe… toe…
La escoba de la señora Swindell golpeaba en el techo del piso inferior, su llamada diaria para que comenzara con el lavado.
Eliza tomó su larga trenza roja del suelo, un tanto deshecha en su extremo superior, donde había sido cortada, y la ató con un pedazo de cordel. Más tarde la ocultaría con el broche de Madre. Ahora no la necesitaba. Era cosa del pasado.
17
Londres, Inglaterra, 2005
Cassandra sabía que los autobuses serían rojos, claro, y de dos pisos, pero verlos moverse pesadamente en dirección a lugares como Kensington High y Piccadilly Circus anunciados en sus ventanillas era, sin embargo, sorprendente. Como haber caído dentro de un cuento de su infancia, o en una de las muchas películas que había visto en donde enormes taxis negros recorrían las calles empedradas, las casas estilo eduardiano se erguían atentas sobre anchas avenidas y el viento del norte arrastraba delgadas nubes sobre un cielo encapotado.
Llevaba en este Londres escenario de mil películas, de mil historias, casi veinticuatro horas. Cuando finalmente despertó del agotamiento de su desfase horario, se halló a solas en el diminuto apartamento de Ruby, el sol de mediodía filtrándose por las cortinas, para depositar un fino rayo sobre su rostro.
En el pequeño taburete junto al sofá cama, había una nota de Ruby:
¡Te eché de menos en el desayuno! No quise despertarte. Sírvete cualquier cosa que encuentres que valga la pena. Hay plátanos en el frutero, restos de algo en la nevera, aunque no los he revisado últimamente… ¡Pueden ser terribles! Tienes toallas en el armario del baño, si quieres asearte. Estaré en el V &A hasta las seis. Tienes que venir a ver la exposición de la que soy organizadora. ¡Me resultaría muy, muy excitante mostrártela!
P.D.: ven a primera hora de la tarde. Reuniones insoportables toda la mañana.
Y allí estaba Cassandra, a la una de la tarde, con el estómago rugiendo, en mitad de la calle Cromwell, esperando que el tráfico detuviera su perpetuo fluir por las arterias de la ciudad para poder cruzar al otro lado.
El Museo Victoria & Albert se elevaba enorme e imponente ante ella, el manto de la tarde deslizándose con rapidez por su fachada de piedra. Un gigante mausoleo del pasado. Su interior lleno de salas y salas, cada una rebosante de historia. Miles de objetos, fuera de época y lugar, reverberando sigilosamente entre las alegrías y traumas de vidas olvidadas.
Cassandra se topó con Ruby que guiaba a un grupo de turistas alemanes hasta la nueva cafetería del museo.
– Desde luego -suspiró Ruby en voz alta mientras los dirigía-, no me opongo a tomar café aquí dentro, me gusta el buen café tanto como a cualquiera, ¡pero nada me irrita más que la gente que pasa de largo frente a mi exposición en busca del Santo Grial de bollos sin azúcar y refrescos importados!
Cassandra sonrió un tanto culpable, esperando que Ruby no pudiera escuchar los quejidos de su estómago frente a los deliciosos aromas provenientes de la cafetería. Pues lo cierto era que allí se dirigía.
– Lo que quiero decir es, ¿cómo pueden dejar pasar la oportunidad de mirar al pasado cara a cara? -Ruby agitó su mano en dirección a las hileras de vitrinas repletas de tesoros que constituían su colección-. ¿Cómo pueden?
Cassandra sacudió la cabeza, sofocando un gruñido de su estómago.
– No lo sé.
– Ah, bueno -suspiró dramáticamente Ruby-, has llegado justo cuando los filisteos no son más que un recuerdo distante. ¿Cómo te sientes? ¿No demasiado aturdida?
– Estoy bien, gracias.
– ¿Dormiste bien?
– El sofá cama era muy cómodo.
– No hace falta mentir -dijo Ruby entre risas-, aunque aprecio el detalle. Al menos sus bultos y protuberancias han impedido que durmieras el día entero. En caso contrario, te habría tenido que llamar para despertarte. No podía dejar que te perdieras esto. -Su rostro se iluminó-. ¡Todavía no puedo creer que Nathaniel Walker viviera en la misma propiedad donde se encuentra tu casa! Probablemente la vio, ¿sabes?, se inspiró en ella. Incluso pudo haber estado en su interior. -Con ojos brillantes y redondos, Ruby tomó a Cassandra del brazo y comenzó a avanzar por uno de los pasillos-. ¡Vamos, esto te va a encantar!
Con algo de temor, Cassandra se preparó para mostrar una reacción entusiasta apropiada, sin importar lo que Ruby estaba tan interesada en mostrarle.
– Ahí lo tienes -indicó Ruby señalando triunfante una hilera de bocetos en la vitrina-. ¿Qué te parecen?
Cassandra estaba sin aliento, se inclinó para mirarlos mejor. No había necesidad de fingir entusiasmo. Los dibujos la sorprendieron y excitaron.
– ¿Pero de dónde…? ¿Cómo es que…? -Cassandra miró de reojo a Ruby, quien juntó las manos con gesto de satisfacción-. No tenía idea de que existieran.
– Nadie lo sabía -repuso Ruby exultante-. Nadie excepto la dueña, y puedo asegurarte que no les había prestado atención en muchísimo tiempo.
– ¿Cómo los conseguiste?
– Por pura casualidad, querida. De casualidad. Cuando concebí por primera vez la idea para la muestra, no quise sólo reubicar los mismos objetos Victorianos que la gente lleva décadas contemplando. Así que publiqué un pequeño anuncio clasificado en todas las revistas especializadas que se me ocurrieron. Algo muy sencillo, simplemente decía: «Se busca, a préstamo: objetos artísticos de interés, de fines del siglo XIX. Para ser exhibidos con amoroso cuidado en un museo de Londres».