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Nell sintió una oleada de excitación. Esto era una novedad.

La mujer se aclaró la garganta, tomó un pañuelo y escupió en él. Continuó como si nada hubiera sucedido.

– Corrió un rumor que decía que se la llevaron al orfanato.

– No fue así -explicó Nell-. Se fue a vivir con unos parientes a Cornualles.

– Cornualles. -Una tetera comenzó a silbar dentro de la casa-. Entonces no le salió mal la cosa, ¿no?

– Me imagino que no.

– Bueno -dijo la vieja mujer con una inclinación de cabeza en dirección a la cocina-, es la hora del té. -El anuncio fue tan formal que por un breve y esperanzado momento Nell pensó que sería invitada a pasar, le ofrecería té e incontables anécdotas sobre Eliza Makepeace. Pero cuando la puerta comenzó a cerrarse, y la anciana se quedó a un lado y Nell del otro, la agradable imagen se desvaneció.

– Espere -dijo, empujando la puerta con la mano para que no se cerrara.

La mujer mantuvo la puerta entreabierta mientras continuaba silbando la tetera.

Nell sacó un pedazo de papel de su cartera y comenzó a escribir en él.

– Si le apunto la dirección y el número de teléfono del hotel en donde estoy, ¿me llamaría si recuerda algo más sobre Eliza? ¿Cualquier cosa?

La anciana enarcó una ceja blanca. Hizo una breve pausa, como examinando a Nell, y luego tomó el pedazo de papel. Su voz, al hablar, había cambiado levemente.

– Si se me ocurre cualquier cosa, se lo haré saber.

– Gracias, señora…

– Swindell -dijo la vieja mujer-. Señorita Harriet Swindell. Jamás conocí a hombre alguno a quien le permitiera hacerme suya.

Nell alzó una mano para saludarla, pero la puerta de la anciana señorita Swindell ya estaba cerrada. Cuando la tetera dejó de silbar dentro de la casa, Nell miró su reloj. Si se apuraba, todavía tendría tiempo suficiente para llegar a la Tate Gallery. Allí podría ver el retrato que Walker pintó de Eliza, el que había titulado La Autora. Tomó de su bolso el pequeño mapa londinense para turistas y recorrió con el dedo el río hasta que encontró Millbank. Echó una última mirada a la calle Battersea Church, mientras un autobús rojo pasaba sacudiéndose frente a las hileras de casas victorianas que habían sido testigos de la infancia de Eliza. Nell se marchó.

* * *

Y allí estaba ella, La Autora, colgando de la pared del museo. Tal como Nell la recordaba. Una gruesa trenza colgando sobre un hombro, el cuello de encaje del vestido abotonado hasta el mentón cubriendo su delgado cuello y un sombrero muy diferente al tipo de sombreros que usualmente llevaban las mujeres eduardianas. Sus líneas eran más masculinas, su inclinación más desenfadada, su portadora, de alguna manera, más irreverente, aunque Nell no podía entender en qué lo notaba. Cerró los ojos. Si se esforzaba lo suficiente, casi podía recordar su voz. A veces le llegaba a la mente, una voz plateada, llena de magia y misterio y secretos. Pero siempre se le escapaba antes de poder atraparla en su memoria, hacerla propia para poder invocarla y recordarla.

La gente se movía a sus espaldas y Nell volvió a abrir los ojos. La Autora apareció nuevamente frente a ella, y se acercó. El retrato era inusuaclass="underline" por un lado, era un boceto en carboncillo, más un estudio que un retrato. El encuadre era también interesante. La modelo no estaba mirando al artista, sino que había sido dibujada como si estuviera alejándose, como si se hubiera vuelto sólo en el último minuto y hubiera quedado congelada en ese momento. Había algo seductor en sus grandes ojos, sus labios entreabiertos como si fuera a hablar; y algo también inquietante. Era la ausencia del menor asomo de sonrisa, como si hubiera sido sorprendida. Observada. Atrapada.

Si sólo pudieras hablar, pensó Nell. Entonces tal vez podrías decirme quién soy o qué hacía contigo. Por qué subimos juntas a ese barco y por qué no volviste a buscarme.

Nell sintió caer sobre ella el sombrío peso del desencanto, aunque no sabía a ciencia cierta qué revelaciones había imaginado descubrir en el retrato de Eliza. No, se corrigió, más que imaginado, esperado. Toda su búsqueda estaba basada en la esperanza. El mundo era un lugar enorme y no era fácil encontrar a una persona que se había extraviado sesenta años antes, incluso si esa persona era una misma.

La sala estaba comenzando a vaciarse y Nell se vio rodeada por los cuatro costados de las silenciosas miradas de quienes habían muerto hacía ya mucho. Todos la observaban de ese modo extraño y agobiante que tienen los retratados: los ojos, eternamente vigilantes, siguiendo al visitante por toda la estancia. Sintió un estremecimiento, y se puso el abrigo.

El otro retrato que le llamó la atención estaba casi junto a la puerta. Cuando su mirada se detuvo en la pintura de la mujer de cabellos oscuros, piel pálida y labios llenos, Nell supo exactamente quién era. Miles de fragmentos de recuerdos largo tiempo olvidados se combinaron en un instante, la certeza invadió cada una de sus células. No era que hubiera reconocido el nombre escrito debajo del retrato, Rose Elizabeth Mountrachet; las palabras significaban muy poco. Era mucho más que eso. Los labios de Nell comenzaron a temblar y algo en lo profundo de su ser se acongojó. Le era difícil respirar. «Mamá», susurró, sintiéndose estúpida, eufórica y vulnerable, todo al mismo tiempo.

* * *

Gracias a Dios que la Biblioteca Central estaba abierta hasta tarde, porque a Nell le hubiera resultado imposible esperar al día siguiente. Finalmente conocía el nombre de su madre, Rose Elizabeth Mountrachet. Más tarde, recordaría ese momento en la Tate Gallery como una suerte de nacimiento. De repente, sin advertencia previa ni grandes alharacas, era la hija de alguien, supo el nombre de su madre. Repitió esas palabras una y otra vez mientras avanzaba veloz por las calles en sombras.

No era la primera vez que las escuchaba. El libro que había comprado al señor Snelgrove mencionaba a la familia Mountrachet. Era el tío materno de Eliza, un miembro menor de la aristocracia, dueño de las grandes tierras de Cornualles Blackhurst, adonde Eliza había sido enviada tras la muerte de su madre. Era el eslabón que había estado buscando. El lazo que unía a la Autora de los recuerdos de Nell con el rostro que ahora reconocía como el de su madre.

La bibliotecaria se acordaba de Nell del día anterior, cuando fue en busca de información sobre Eliza.

– ¿Encontró entonces al señor Snelgrove? -dijo con una sonrisa.

– Lo encontré -dijo Nell, casi sin aliento.

– Y vivió para contar el cuento.

– Me vendió un libro que me resultó muy útil.

– Ése es nuestro Snelgrove, siempre se las arregla para vender algo. -Sacudió la cabeza en un gesto afectuoso.

– Me pregunto -dijo Nell- si podría volver a ayudarme. Necesito encontrar información sobre una mujer.

La mujer parpadeó.

– Voy a necesitar algo más que eso para hacerlo.

– Por supuesto. Una mujer que nació a fines del siglo XIX.

– ¿Era también escritora?

– No, al menos que yo sepa. -Nell suspiró, ordenando sus ideas-. Su nombre era Rose Mountrachet, su familia pertenecía de algún modo a la aristocracia. Pensé que quizá podría encontrar algo en uno de esos libros, ya sabe, con detalles sobre los miembros de los distintos linajes.

– Como el Debrett. O el Quién es Quién.

– Sí, exactamente.

– Vale la pena intentarlo -dijo la bibliotecaria-. Tenemos aquí ambas publicaciones, pero el Quién es Quién es quizá el más sencillo de consultar. Los descendientes son invitados automáticamente a incluirse. Puede que ella no cuente con una entrada propia, pero si tiene suerte será mencionada en la de otra persona, tal vez su padre, o su esposo. Sospecho que usted no sabe cuándo falleció.