– No. ¿Por qué?
– Dado que no sabe cuándo fue incluida, si lo fue, podría ahorrarse tiempo si examinara primero el Quién es Quién. Sin embargo, para eso necesita saber cuándo murió.
Nell negó con la cabeza.
– No tengo ni idea. Si me indica por dónde están, revisaré los Quién es Quién. Comenzaré en el presente e iré hacia atrás hasta que encuentre alguna mención suya.
– Podría llevarle tiempo, y la biblioteca cerrará enseguida.
– Me apresuraré.
La mujer se encogió de hombros.
– Suba las escaleras hasta el primer piso y encontrará los números anteriores junto al mostrador de información. El listado es alfabético.
Por fin, en 1934, Nell encontró oro. No era Rose Mountrachet, pero era un Mountrachet: Linus, el tío que se había hecho cargo de la custodia de Eliza Makepeace tras la muerte de Georgiana. Leyó la entrada:
MOUNTRACHET, Lord, Linus St. John Henry. n. 11 de enero de 1860, h. del difunto Lord St. John Luke Mountrachet y la difunta Margaret Elizabeth Mountrachet, c. el 31 de agosto de 1888 con Adeline Langley. Una h., difunta Rose Elizabeth Mountrachet, c. con difunto Nathaniel Walker.
Rose se había casado con Nathaniel Walker. ¿Quería eso decir que él era su padre? Volvió a leer la entrada. Los difuntos Rose y Nathaniel. Entonces ambos habían fallecido antes de 1934. ¿Por eso la dejaron con Eliza? ¿Había sido Eliza designada su tutora porque sus padres habían muerto?
Su padre -es decir, Hugh- la había hallado en el muelle de Maryborough a fines de 1913. Si Eliza había sido designada tutora tras la muerte de Rose y Nathaniel, eso ¿no quería decir que debían de haber muerto antes?
¿Y si buscara a Nathaniel Walker en el Quién es Quién de ese año? Seguramente tendría una entrada. Mejor aún, si su teoría era correcta y ya no estaba vivo en 1913, debería ir directamente al Quién es Quién. Se apresuró a ir hasta la hilera de estantes y tomó el Quién es Quién 1897-1915. Con dedos temblorosos, buscó de atrás para adelante, Z, Y, X, W. Allí estaba.
WALKER, Nathaniel James, n. 22 de julio de 1883, f. 2 de septiembre de 1913. b. de Anthony Sebastian Walker y Mary Walker, c. con la difunta Hon. Rose Elizabeth Mountrachet, 3 de marzo de 1908. Una h., la difunta Ivory Walker.
Nell se quedó inmóvil. Una hija, era correcto, pero ¿qué querían decir con difunta? Ella no estaba muerta, estaba bien viva.
Nell fue de pronto consciente de la calefacción de la biblioteca y sintió que le faltaba el aire. Se abanicó el rostro, volvió a leer la entrada.
¿Qué podía significar? ¿Podían haberse equivocado?
– ¿La encontró?
Nell alzó la vista. Era la mujer del mostrador.
– ¿Alguna vez se equivocan? -le preguntó-. ¿Alguna vez tienen datos equivocados?
La mujer frunció los labios, pensativa.
– Supongo que no son las fuentes más fiables. Se compilan con la información suministrada por los propios interesados.
– ¿Y qué sucede cuando éstos han fallecido?
– ¿Perdón?
– Si en el Quién es Quién las personas de la entrada han fallecido, ¿quién suministra entonces la información?
Se encogió de hombros.
– La familia que los sobrevive, supongo. El resto se copia del último cuestionario que se suministró para la entrada. Se agregan las fechas de fallecimiento y listo. -Sacudió una invisible pelusa de uno de los estantes-. Cerramos dentro de diez minutos. Hágame saber si hay algo más en que pueda ayudarla.
Había habido un error, eso era todo. Debía de suceder con frecuencia; después de todo, la persona que componía el texto no conocía personalmente a los individuos. Era posible que el linotipista se distrajera por un momento, y que la palabra «fallecido» fuera insertada por error. Un desconocido consignado a una muerte temprana para la posteridad, frente a unos ojos silenciosos.
Era poco más que un error tipográfico. Ella sabía que era hija de aquellos que se mencionaban en la entrada y que sin lugar a dudas no había «fallecido». Todo lo que necesitaba hacer era encontrar una biografía de Nathaniel Walker, para demostrar que la entrada estaba equivocada. Ahora tenía un nombre; su nombre que una vez fue Ivory Walker. Y si no le resultaba familiar, si no se ajustaba a ella como un abrigo usado, eso no cambiaba nada. La memoria era así de caprichosa respecto a qué cosas se recordaban y cuáles no.
De pronto recordó el libro que compró al entrar en la Tate, sobre la pintura de Nathaniel. Tenía que incluir una breve biografía. Lo sacó de su bolso y lo abrió.
Nathaniel Walker (18831913) nació en Nueva York, de padres polacos inmigrantes, Antoni y Marya Walker (originalmente, Walczwk). Su padre trabajó en los muelles de la ciudad, su madre era lavandera y crió a sus seis hijos, de los cuales Nathaniel fue el tercero. Dos de sus hermanos fallecieron por diversas fiebres. Nathaniel estaba destinado a seguir a su padre en los muelles, cuando un transeúnte, Walter Irving jr., heredero de la fortuna petrolera Irving, fascinado por uno de los dibujos que éste había estado realizando de una calle de Nueva York, le encargó a Nathaniel que pintara su retrato.
Bajo el mecenazgo de su patrón, Nathaniel se convirtió en un miembro conocido de la próspera sociedad neoyorquina. Fue durante una de las fiestas de Irving en 1907 cuando Nathaniel conoció a la Honorable Rose Mountrachet, quien se encontraba visitando Nueva York, desde Cornualles. Se casaron el año siguiente en Blackhurst, la propiedad de los Mountrachet cerca de Tregenna, Cornualles. La reputación de Nathaniel continuó aumentando después de que el matrimonio se instalara en el Reino Unido, la cima de su carrera llegó con la comisión, a principios de 1910, del que sería el último retrato del rey Eduardo VII.
Nathaniel y Rose Walker tuvieron una hija, Ivory Walker, nacida en 1909. Su esposa e hija fueron frecuentes modelos y uno de sus más encantadores retratos es el denominado Madre e hija. La joven pareja falleció trágicamente en 1913 en Ais Gill cuando el tren en el que viajaban se estrelló con otro y se incendió. Ivory Walker murió de escarlatina pocos días después de la muerte de su padre.
No tenía sentido. Nell sabía que ella era la niña a quien hacía referencia esa biografía. Rose y Nathaniel Walker eran sus padres. Ella se acordaba de Rose, la había reconocido al instante. Las fechas coincidían: su nacimiento, incluso su viaje a Australia, encajaba demasiado bien con las muertes de Rose y de Nathaniel para ser una coincidencia. Por no mencionar la conexión adicional de que Rose y Eliza debían de haber sido primas.
Nell volvió a revisar el índice y recorrió la lista con el dedo. Se detuvo en Madre e hija y buscó en la página indicada, con el corazón palpitante.
Un temblor se apoderó de su labio inferior. Podía no recordar que la llamaran Ivory pero no le quedaba duda alguna. Sabía cómo era su aspecto de niña. Ésa era ella. Sentada en el regazo de su madre, retratada por su padre.
¿Por qué la historia pensaba que ella había muerto? ¿Quién había informado mal al Quién es Quién? ¿Era un engaño deliberado o ellos lo creían también? Ignorando que ella había sido embarcada rumbo a Australia por una misteriosa escritora de cuentos de hadas.
No debes decir tu nombre. Es el juego que estamos jugando. Eso fue lo que la Autora había dicho. Ahora Nell podía oírla. Su voz clara y sonora, como una brisa sobre la superficie del océano. Es nuestro secreto. No debes revelarlo. Nell volvía a tener cuatro años, a sentir el miedo, la incertidumbre, la excitación. Olió el barro del río, tan distinto al ancho mar azul, escuchó las hambrientas gaviotas del Támesis, los marineros llamándose los unos a los otros. Un par de barriles, un lugar oscuro donde esconderse, un hilo de luz con motas de polvo flotando…