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Ruby se frotó las manos.

– ¿Crees que fue secuestrada y que quien lo hizo se las arregló para que pareciera que había muerto? ¡Qué excitante! ¿Quién fue? ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué más averiguó Nell?

Cassandra sonrió disculpándose.

– Creo que nunca llegó a resolver esa parte del misterio. No del todo.

– ¿Qué quieres decir? ¿Cómo lo sabes?

– Lo leí al final de su libreta. Nell no lo averiguó.

– Pero debió de haber hallado algo o desarrollado alguna teoría. -La desesperación de Ruby era palpable-. ¡Dime que formuló una teoría! ¡Que nos dejó algo para seguir adelante!

– Hay un nombre -respondió Cassandra-. Eliza Makepeace. Nell fue encontrada con una maleta que contenía un libro de cuentos de hadas que le traía viejos recuerdos. Pero si Eliza puso a Nell en el barco, ella no llegó a Australia.

– ¿Qué pasó con ella?

Cassandra se encogió de hombros.

– No hay datos oficiales. Como si hubiera desaparecido justo en el momento en que Nell fue enviada a Australia. Fueran cuales fueran los planes de Eliza, en algún momento debieron de fallarle.

El camarero volvió a llenar sus copas y preguntó si ya estaban listos para ordenar el plato principal.

– Supongo que deberíamos -dijo Ruby-. ¿Podría darnos cinco minutos? -Abrió el menú decidida y suspiró-. Todo esto es tremendamente excitante. ¡Pensar que mañana partes para Cornualles a ver tu cabaña secreta! ¿Cómo puedes soportarlo?

– ¿Te vas a quedar en la cabaña? -preguntó Grey.

Cassandra negó con la cabeza.

– El abogado que tenía la llave en custodia dijo que no está habitable. Hice una reserva en un hotel cercano, el hotel Blackhurst. Es la casa donde la familia Mountrachet vivía, la familia de Nell.

– Tu familia -indicó Ruby.

– Sí. -Cassandra no había pensado en eso. Sus labios volvieron a actuar por su cuenta, contra su voluntad, para formar una sonrisa temblorosa.

Ruby se estremeció de forma teatral.

– Me muero de envidia. Daría cualquier cosa por un misterio así en el pasado de mi familia, algo excitante que descubrir.

– La verdad es que estoy intrigada. Creo que ha despertado mi curiosidad. No dejo de ver a esa pequeña, a Nell de niña, arrancada de su familia, sentada sola en el muelle. No puedo sacármela de la cabeza. Me encantaría saber qué sucedió realmente, cómo es que terminó al otro lado del planeta, sola. -Cassandra se sintió incómoda de pronto, dándose cuenta de que había estado hablando todo el tiempo ella-. Supongo que es una tontería.

– En absoluto. Es completamente comprensible.

Algo en el tono comprensivo de Ruby hizo que se le helara la piel a Cassandra. Sabía lo que pasaría. Se le hizo un nudo en el estómago y su mente buscó palabras para cambiar de tema.

Pero no fue lo suficientemente rápida.

– No puede haber nada peor que perder a un hijo -razonó la cálida voz de Ruby, sus palabras quebrando el frágil caparazón que la protegía del dolor, haciendo que el rostro de Leo, su olor, su risa de niño de dos años, se liberara.

De alguna manera se las ingenió para asentir, sonreír débilmente y contener los recuerdos mientras Ruby le tomaba la mano.

– Después de todo lo que le sucedió a tu pequeño, no es sorprendente que estés tan interesada en descubrir el pasado de tu abuela. -Ruby le apretó un poco la mano-. Me parece bastante lógico: perdiste a un niño y ahora esperas encontrar a otro.

20

Londres, Reino Unido, 1900

Eliza supo quiénes eran tan pronto como las vio dar la vuelta a la esquina de la calle Battersea Church. Las había visto por la calle anteriormente, la mayor y la joven, vestidas de punta en blanco, haciendo «Buenas Obras» con mano férrea, como si el mismo Dios hubiera bajado de lo alto y se lo hubiera ordenado.

El señor Swindell llevaba tiempo amenazando con llamar a las «benefactoras» desde que Sammy falleciera; no dejaba pasar oportunidad de recordarle a Eliza que, si ella no hallaba la manera de ganar el sustento de dos, terminaría en el orfanato. Y aunque Eliza hacía lo posible para pagar el alquiler y que le quedara un poquito para su bolsita de cuero, su don para atrapar ratas parecía haberla abandonado, y, semana tras semana, se iba atrasando.

Escuchó un golpe en la puerta de abajo. Eliza se quedó inmóvil. Miró el cuarto, maldiciendo la pequeña grieta en la pared, la chimenea bloqueada. El no tener ventanas y no ser observada estaba muy bien cuando una quería escapar del escrutinio de la calle, pero no era muy útil cuando te veías acosada por la urgente necesidad de escapar.

Se volvió a escuchar el golpe. Un golpeteo claro, urgente, y luego una voz aguda que atravesaba el muro de ladrillos.

– Venimos de la parroquia.

Eliza escuchó que la puerta se abría y el tintineo de la campanilla atada en el borde.

– Soy la señorita Rhoda Sturgeon, y ésta es mi sobrina, la señorita Margaret Sturgeon.

Después, la voz de la señora Swindelclass="underline"

– Encantada de verlas.

– Vaya, cuántas cosas extrañas y viejas, si apenas hay lugar para que pase un gato.

Nuevamente la señora Swindell, con tono agrio:

– Síganme, la niña se encuentra arriba. Y tengan cuidado, lo que rompan deberán pagarlo.

Los pasos se acercaron. El crujido del cuarto escalón, una vez y otra vez. Eliza aguardó, el corazón latiéndole tan rápido como a una de las ratas atrapadas del señor Rodin. Podía notarlo, agitándose en su pecho, como una llama bajo la brisa.

Después se abrió la traicionera puerta, y las dos «benefactoras» aparecieron junto al marco de la puerta.

La mayor sonrió, los ojos ocultos bajo los pliegues de su piel.

– Una visita de las damas de la parroquia -anunció-. Soy la señorita Sturgeon, y ésta es mi sobrina, la señorita Sturgeon. -Se inclinó hacia delante, de modo que Eliza tuvo que retroceder-. Y tú debes de ser la pequeña Eliza Makepeace.

Eliza no respondió. Tironeó apenas de la gorra de Sammy que llevaba puesta.

La mirada de la anciana se alzó para observar el cuarto, oscuro y sucio.

– Oh, Dios mío -exclamó, y chasqueó la lengua-, veo que no han exagerado tu situación. -Alzó una mano abierta y se la llevó al pecho-. No, ciertamente no han exagerado. -Se adelantó a Eliza-. ¿Acaso es de extrañar que la mala salud florezca en este sitio? Ni siquiera tiene ventana.

La señora Swindell, ofendida por la afrenta escandalosa a su cuarto, frunció el ceño a Eliza.

La mayor de las señoritas Sturgeon se volvió a la menor, que no se había apartado de la puerta.

– Te sugiero que te cubras con el pañuelo, Margaret, tú que eres de constitución tan delicada.

La joven asintió y sacó un pañuelo bordado de su manga. Lo dobló por la mitad para formar un triángulo que luego usó para taparse la boca y la nariz mientras se arriesgaba a cruzar el umbral.

Desbordando confianza ante su propia rectitud, la mayor de las señoritas Sturgeon procedió sin detenerse.

– Me complace anunciar que hemos podido encontrarte un lugar, Eliza. Tan pronto como nos enteramos de tu situación, de inmediato nos propusimos ayudarte. Eres demasiado joven para trabajos domésticos, y, sospecho, sin el carácter adecuado, pero nos las hemos ingeniado muy bien. Con la gracia de Dios hemos encontrado un lugar para ti en el orfanato local.

A Eliza se le cortó la respiración y se atragantó.

– Así que si tomas tus cosas -dijo la señorita Sturgeon mirando a su alrededor por debajo de sus gruesas pestañas-, las que tengas, nos pondremos en camino.

Eliza no se movió.

– Vamos, no te demores.

– ¡No! -dijo Eliza.

La señora Swindell golpeó a Eliza en la nuca con su mano, y los ojos de la señorita Sturgeon se abrieron desorbitados.

– Eres afortunada por tener un sitio a donde ir, Eliza. Puedo asegurártelo, hay lugares peores que el orfanato que acoge a las jóvenes que quedan solas. -Resopló, sabedora de lo que decía, y elevó su nariz a lo alto-. Vamos, en marcha.