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Eliza alzó la mirada hacia el señor Newton, quien emitió un breve suspiro y alzó sus cejas.

– Aunque me sorprende poco que la madre de la señorita Eliza no haya divulgado los detalles de la existencia de su familia, eso no altera el hecho de que lo sea. -Hizo un gesto hacia la vieja señorita Sturgeon-. Está todo en esos papeles. -Salió y abrió la portezuela del carruaje-. ¿Señorita Eliza? -dijo indicando que debía subir.

– Llamaré a mi esposo -amenazó la señora Swindell.

Eliza dudó, abriendo y cerrando las manos.

– ¿Señorita Eliza?

– Mi esposo lo meterá en vereda.

Fuera cual fuera la verdad sobre su familia, Eliza se dio cuenta de que su opción era sencilla: carruaje u orfanato. No tenía más control sobre su propio destino, no en ese momento. Su única opción era ponerse a merced de una de las personas allí congregadas. Respirando hondo, dio un paso en dirección al señor Newton.

– No he recogido mis cosas…

– ¡Que alguien vaya a buscar al señor Swindell!

El señor Newton sonrió tristemente.

– No se me ocurre que haya nada aquí que pueda tener cabida en la mansión Blackhurst.

Una pequeña muchedumbre de vecinos se había ahora congregado. La señora Barrer estaba de pie a un lado, boquiabierta, la canasta con ropa lavada contra la cintura; la pequeña Hatty apoyando su sucia mejilla contra el vestido de Sarah.

– Si fuera tan amable, señorita Eliza. -El señor Newton se colocó a un lado de la puerta e hizo un gesto con su mano hacia el espacio abierto.

Con una última mirada a la jadeante señora Swindell y a las dos señoritas Sturgeon, Eliza subió el pequeño peldaño que se había desplegado para alcanzar la cuneta y desapareció en la oscura cavidad del carruaje.

* * *

No fue hasta que se cerró la portezuela cuando Eliza se dio cuenta de que no estaba sola. Sentado frente a ella, sobre los oscuros pliegues de la tapicería, había un hombre al que reconoció. Un hombre que llevaba anteojos y un suntuoso traje. Se le encogió el estómago. Supo, al instante, que ése era el Hombre Malvado del cual Madre le había advertido, y sabía que tenía que escapar. Pero cuando se volvió desesperada hacia la puerta cerrada, el Hombre Malvado golpeó la pared a sus espaldas y el carruaje dio un salto adelante.

SEGUNDA PARTE

21

Cornualles, Inglaterra, 1900

Mientras avanzaban por Battersea Church, Eliza estudió las puertas del carruaje. Tal vez si giraba uno de los pomos y apretaba una de las ranuras, se abriría y podría saltar y ponerse a salvo. Aunque la calidad de su salvación estaba en duda; si sobrevivía a la caída, tendría que encontrar el modo de evitar el orfanato, pero era mejor, sin duda, que ser secuestrada por el hombre que aterrara a Madre.

Con el corazón palpitando como un gorrión atrapado en sus costillas, se estiró con cuidado, cerrando los dedos en torno a la manivela y…

– Yo no haría eso si fuera usted.

Ella lo miró con atención.

El hombre la estaba observando, sus ojos enormes detrás de los cristales de sus anteojos.

– Se caería debajo del carruaje y las ruedas la partirían en dos. -Sonrió levemente, mostrando un diente de oro-. ¿Y cómo le explicaría eso a su tío? ¿Trece años de cacería sólo para entregarla en mitades? -Hizo un ruido, una suerte de rápidas inspiraciones que Eliza supuso que eran su risa, pero sólo porque vio elevarse las comisuras de sus labios.

Tan pronto como comenzó, el ruido se detuvo y la boca del hombre se reacomodó en su adusto gesto. Se atusó el abundante bigote, que se asentaba como las colas de dos ardillas sobre sus labios.

– Mansell es mi nombre. -Se reclinó y cerró los ojos. Cruzó sus manos pálidas y de aspecto húmedo sobre la pulida cabeza de un bastón oscuro-. Trabajo para su tío, y tengo el sueño muy ligero.

Las ruedas del carruaje danzaban metálicas cruzando una calle empedrada tras otra, los edificios de ladrillo pasaban veloces, grises y más grises hasta donde alcanzaba la vista, y Eliza permaneció sentada, rígida, angustiada por no despertar al Hombre Malvado. Trató de acoplar su respiración al galope de los caballos. Obligó a sus alocados pensamientos a calmarse. Se concentró en el frío asiento de cuero. Era todo lo que podía hacer para evitar que le temblaran las piernas. Se sentía transportada, como un personaje que recortado de las páginas de un cuento, en donde conocía el ritmo y el contexto, hubiera sido pegado descuidadamente en otro.

Al acercarse a las afueras de Londres y emerger por fin del bosque de edificios, Eliza pudo ver el encrespado firmamento. Los caballos hacían lo posible para adelantarse a las nubes gris oscuro, pero ¿qué posibilidad tenían los caballos contra la ira del mismo Dios? Las primeras gotas de lluvia cayeron despectivas sobre el techo del carruaje y, afuera, el mundo pronto quedó cubierto de blanco. Golpeaba contra las ventanillas y goteaba por los delgados huecos de la parte superior de las portezuelas del carruaje.

Avanzaron de ese modo durante horas y Eliza buscó refugio en sus pensamientos, hasta que de pronto doblaron una curva del camino y un chorrillo de agua helada cayó sobre su cabeza. Parpadeó para limpiar sus húmedas pestañas, y observó la mojadura en su camisa. Sintió una fuerte necesidad de llorar. Raro que en un día tan agitado algo tan inocuo como un poco de agua llevara a una persona a las lágrimas. Pero ella no se permitiría el llanto, no aquí, no con el Hombre Malvado sentado frente a ella. Se tragó el nudo de su garganta.

Sin siquiera abrir aparentemente los ojos, el señor Mansell sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta y se lo tendió a Eliza con un gesto para que lo tomara.

Ella se secó el rostro.

– Tanta agitación -comentó Mansell, con una voz tan fina que sus labios casi ni se abrieron-. Tanta, tanta agitación.

Eliza pensó al principio que se refería a ella. Le parecía injusto puesto que apenas había armado escándalo, pero no se atrevió a decir nada.

– Tantos años dedicados -continuó el hombre-, para tan escasa recompensa. -Sus ojos se abrieron, fríos, evaluándola; ella sintió que se le tensaba la piel-. A qué extremos llega un hombre roto.

Eliza se preguntó quién sería el hombre roto, esperó que el señor Mansell aclarara lo que había querido decir. Pero no volvió a hablar. Simplemente recuperó el pañuelo, cogiéndolo con dos pálidos dedos antes de dejarlo caer en el asiento a su lado.

El carruaje se sacudió de repente, y Eliza se aferró al asiento para mantener el equilibrio. Los caballos habían cambiado el paso y estaban disminuyendo la velocidad. Finalmente, se detuvo.

¿Habían llegado? Eliza miró a través de la ventanilla pero no vio casa alguna. Sólo un vasto y empapado campo, y a un lado, un pequeño edificio de piedra, con un cartel empapado por la lluvia sobre la puerta. Posada MacCleary, Guildford.

– Tengo otros asuntos que atender -dijo el señor Mansell mientras se bajaba-. Newton la acompañará a partir de ahora. -La lluvia casi apagó su siguiente orden, pero al cerrarse la puerta de golpe Eliza lo escuchó gritar-: Lleva a la niña a Blackhurst.

* * *

Una curva abrupta, y Eliza fue lanzada contra la portezuela dura y fría. Despertada de forma brusca del sueño, le llevó unos instantes recordar dónde estaba, por qué estaba sola en un carruaje oscuro mientras la llevaban a un destino desconocido. Dispersos y pesados, los recuerdos regresaron. La convocatoria de su misterioso tío, la huida de las garras de las «benefactoras» de la señora Swindell, el señor Mansell… Limpió la condensación de la ventana y espió fuera. Desde que había subido al carruaje, habían viajado un día y una noche, deteniéndose sólo ocasionalmente para cambiar los caballos, y ahora era una vez más de noche. Evidentemente había dormido un buen rato, aunque no habría sabido decir cuánto.