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Ya no llovía y un puñado de estrellas tempranas era visible más allá de las bajas nubes. Los faroles del carruaje no podían competir contra el denso crepúsculo de la campiña, titilando mientras el cochero surcaba el irregular camino. En la leve y húmeda luz, Eliza distinguió las siluetas de grandes árboles, negras ramas dibujadas en el horizonte, y unas altas puertas de hierro. Entraron en un túnel de enormes setos espinosos, y las ruedas avanzaron por las zanjas, lanzando una lluvia de agua barrosa contra la ventanilla.

Todo era oscuridad dentro del túnel, las ramas tan densas que no permitían que la luz crepuscular se filtrara. Eliza contuvo la respiración, esperando su destino. Esperando echar un primer vistazo a lo que seguramente debía hallar delante. Blackhurst. Podía escuchar su corazón, ya no un gorrión, sino un cuervo con grandes y poderosas alas, batiéndolas dentro de su pecho.

De pronto, emergieron al aire libre.

Un edificio de piedra, el más grande que Eliza hubiera visto. Más grande incluso que los hoteles de Londres donde los hombres encopetados entraban y salían. Estaba rodeado por una oscura neblina, con altos árboles de ramas entrelazadas por detrás. Una luz amarilla brillaba en algunas de las ventanas inferiores. ¿Seguro que ésta era la casa?

El movimiento hizo que su mirada se dirigiera hacia una ventana en lo más alto. Un rostro distante, desteñido por la luz de una vela, estaba mirando. Eliza se acercó a la ventanilla para ver mejor, pero cuando lo hizo la cara había desaparecido.

Y después el carruaje dejó atrás el edificio, las ruedas metálicas continuaron resonando por el camino de entrada. Pasaron debajo de un arco de piedra y el carruaje se detuvo en seco.

Eliza permaneció sentada, alerta, esperando, mirando, preguntándose si se suponía que debía bajar del carruaje y encontrar por sí sola el camino a la casa.

De repente, la puerta se abrió y el señor Newton, empapado a pesar de su impermeable, le tendió la mano.

– Baje, señorita, ya se ha hecho bastante tarde. No hay tiempo para vacilaciones.

Eliza cogió la mano extendida y descendió los escalones del carruaje. Se habían adelantado a la lluvia mientras dormía, pero el cielo prometía alcanzarlos. Oscuras nubes grises descendían hacia la tierra, cargadas de intención, y el aire bajo éstas tenía el espesor de la niebla, una niebla distinta a la de Londres. Más fría, menos grasa; olía a sal, a hojas y a agua. Se escuchaba también un ruido, que no pudo identificar. Como un tren que pasara veloz una y otra vez. Uuush… uuush… uuush…

– Llegan tarde. La señora esperaba a la niña a las dos y media. -Un hombre se encontraba de pie junto a la entrada, vestido un tanto encopetado. Hablaba como si lo fuera, pero sin embargo Eliza supo que no era así. Su rigidez lo delataba, la vehemencia de su superioridad. Nadie nacido de buena cuna necesitaba esforzarse tanto.

– No pudo evitarse, señor Thomas -dijo Newton-. Un tiempo espantoso durante todo el camino. Suerte que llegamos, y más con el Tamar crecido como está.

El señor Thomas permaneció imperturbable. Cerró de golpe su reloj de bolsillo.

– La señora está muy disgustada. Sin duda requerirá su presencia mañana.

La voz del cochero se volvió acida.

– Sí, señor Thomas. No hay duda, señor.

El señor Thomas se volvió a examinar a Eliza, tragándose su expresión de disgusto.

– ¿Qué es esto?

– La niña, señor. Tal como me dijeron que la trajera.

– Esto no es una niña.

– Sí señor, ella es la niña.

– Pero su cabello… sus ropas…

– Sólo hago lo que me ordenan, señor Thomas. Si tiene alguna pregunta, le sugiero que se la haga al señor Mansell. Estaba conmigo cuando fui a buscarla.

Esta información pareció tranquilizar un poco al señor Thomas. Se obligó a suspirar a través de sus apretados labios.

– Supongo que si le pareció bien al señor Mansell…

El cochero asintió.

– Si eso es todo, voy a llevar los caballos al establo.

Eliza sopesó salir corriendo tras el señor Newton y sus caballos, buscando refugio en los establos, escondida en un carruaje hasta encontrar, de alguna forma, el camino de regreso a Londres, pero cuando lo buscó él ya había sido envuelto por la niebla dejándola atrás.

– Vamos -dijo el señor Thomas, y Eliza hizo lo que le ordenaron.

El interior estaba frío y húmedo, aunque más cálido y seco que afuera. Eliza siguió al señor Thomas por un corto pasillo, tratando de que sus pies no hicieran ruido sobre las baldosas grises. En el aire flotaba el olor a carne asada y Eliza sintió que su estómago daba un salto. ¿Cuándo había comido por última vez? Un cuenco del caldo de la señora Swindell dos días antes, un pedazo de pan y queso que el cochero le había dado horas atrás… Sus labios se secaron con el repentino despertar de su apetito.

El aroma se acrecentó al atravesar la enorme cocina humeante. Un grupo de criadas y un cocinero gordo detuvieron su conversación para observarla. Tan pronto como Eliza y el señor Thomas pasaron, irrumpieron en una oleada de excitados susurros. Eliza sintió ganas de llorar al pasar tan cerca de la comida. Se le hizo agua la boca, como si se hubiera tragado un puñado de sal.

Al final del pasillo, una mujer delgada con rostro endurecido apareció por una puerta.

– ¿Ésta es la sobrina, señor Thomas? -Recorrió a Eliza lentamente con su mirada.

– Lo es, señora Hopkins.

– ¿No hay ningún error?

– Lamentablemente, no, señora Hopkins.

– Ya veo. -La mujer respiró lentamente-. Ciertamente tiene un aire londinense.

Eliza se dio cuenta de que eso no era una ventaja.

– Ciertamente, señora Hopkins -asintió el señor Thomas-. Tenía la idea de bañarla antes de presentarla.

La señora Hopkins apretó los labios soltando un agudo y decidido suspiro.

– Aunque coincido con su idea, señor Thomas, me temo que no hay tiempo. Ella ya nos ha hecho saber su descontento por la espera.

Ella. Eliza se preguntó quién era ella.

Una cierta agitación se apoderó de los modales de la señora Hopkins al pronunciar la palabra. Se alisó rápidamente sus faldas ya de por sí lisas.

– La niña ha de ser conducida a la galería de los retratos. Ella estará aguardándola. Entretanto, prepararé un baño, a ver si podemos quitarle algo de esa horrible mugre londinense antes de la cena.

Entonces, iban a cenar. Y pronto. Eliza se sintió mareada de alivio.

Una risita a sus espaldas hizo que Eliza se diera la vuelta justo a tiempo para ver a una sirvienta de cabellos ensortijados desaparecer en dirección a la cocina.

– ¡Mary! -dijo la señora Hopkins, saliendo tras ella-. Un día despertarás y te tropezarás con tus propias orejas si no aprendes a dejar de agitarlas…

Al fondo había unas estrechas escaleras que se elevaban y luego giraban en dirección a una puerta de madera en lo alto. El señor Thomas avanzó con rapidez y Eliza lo siguió, cruzando la puerta y entrando en una gran sala.

Los suelos estaban construidos con pálidas losas rectangulares, y una magnífica escalera se elevaba desde el centro de la habitación. Una lámpara de araña se encontraba suspendida del alto cielo raso, sus velas dejando caer delgadas capas de suave luz sobre los que pasaban debajo.

El señor Thomas cruzó el vestíbulo y se movió hacia una reluciente puerta, pintada de rojo. Hizo una inclinación de cabeza y Eliza se dio cuenta de que era una señal para que ella se acercara.