Durante el día era Leo quien la seguía, el ruido de sus juguetes, su llanto, una manita tirándole de la falda, rogándole que lo cogiera en brazos. Ah, el destello de pura alegría en su corazón, momentáneo, roto, y sin embargo real. El leve segundo en el que olvidaba. Luego el golpe de la realidad cuando se volvía a tomarlo en brazos y él no estaba allí.
Había intentado salir, había pensado que así podría huir de ellos, pero no había funcionado. Había tantos niños en todas partes adónde iba… Los parques, las escuelas, los comercios. ¿Siempre había habido tantos? De modo que se quedó en casa, pasando los días en el jardín de Nell, yaciendo bajo el viejo mango, y observando las nubes pasar sobre su cabeza. El perfecto cielo azul más allá de las hojas del frangipani, el susurro de las palmeras, las semillas con forma de estrella liberadas por la brisa cayendo cual lluvia sobre el sendero.
Pensar en nada. Tratar de pensar en nada. Pensando en todo.
Fue allí donde la había encontrado Nell una tarde de abril. La estación había comenzado a cambiar, el agobio del verano se había desvanecido y había un indicio del inminente otoño en el aire. Los ojos de Cassandra estaban cerrados.
Se dio cuenta de que Nell estaba de pie a su lado, al principio, por la falta de sol en sus brazos y la leve oscuridad tras sus párpados.
Después, una voz: «Pensé que te encontraría aquí».
Cassandra no dijo nada.
– ¿No crees que ya es hora de que empieces a hacer algo, Cass?
– Por favor, Nell, déjalo.
Pero insistió, más despacio, articulando con claridad.
– Necesitas ponerte a hacer algo.
– Por favor… -Coger un lápiz la enfermaba físicamente. En cuanto a abrir alguno de sus cuadernos de apuntes… ¿Cómo podía correr el riesgo de mirar la redondez de una mejilla regordeta, la punta de una nariz respingona, el tentador arco de los labios de un bebé…?
– Tienes que hacer algo.
Nell estaba intentando ayudarla y sin embargo había una parte de Cassandra que quería gritar y sacudir a su abuela, castigarla por su incapacidad de comprender. En cambio, suspiró. Sus párpados, todavía cerrados, se agitaron leves.
– Ya tengo que oírlo demasiado del doctor Harvey. No necesito que tú también me lo digas.
– No estoy hablando de terapia, Cass. -Vaciló brevemente antes de que Nell continuara-. Quiero decir que debes comenzar a contribuir.
Cassandra abrió los ojos, alzó una mano para protegerse del sol.
– ¿Qué?
– Ya no soy una jovencita, querida mía. Necesito ayuda. En la casa, en mi negocio, ayuda financiera.
Las ofensivas frases centellearon trémulas en el aire, sus brillantes bordes resistiendo disolverse. ¿Cómo podía Nell ser tan fría? ¿Tan desconsiderada? Cassandra tembló.
– Mi familia ha desaparecido -alcanzó a decir, la garganta doliéndole por el esfuerzo-. Estoy de luto.
– Ya lo sé -dijo Nell, acomodándose para sentarse junto a Cassandra. Le tomó la mano-. Lo sé, mi querida niña. Pero han pasado seis meses. Y tú no estás muerta.
Cassandra lloraba por haber tenido que decir esas palabras en voz alta.
– Estás aquí -dijo Nell con suavidad, apretando la mano de Cassandra-, y yo necesito ayuda.
– No puedo.
– Sí puedes.
– No… -Le latían las sienes, se sentía cansada, tan cansada-. Quiero decir que no puedo. No me queda nada para dar.
– No necesito que me des nada. Sólo necesito que vengas conmigo y hagas lo que te pido. Puedes sostener un trapo y pulir cosas, ¿no?
Nell entonces había extendido su mano para apartar el cabello de las mejillas de Cassandra, pegajosas por las lágrimas. Hablaba en voz baja, de inusitada dureza.
– Podrás con esto. Sé que no lo parece, pero lo harás. Eres una superviviente.
– Yo no quiero sobrevivir.
– Eso también lo sé -había dicho Nell-. Y es lógico. Pero a veces no tenemos alternativa…
La tetera del hotel se apagó por sí sola con un triunfal clic y Cassandra echó el agua sobre la bolsita de té, con mano algo temblorosa. Se detuvo un momento mientras se hinchaba la bolsita. Ahora veía que Nell la había comprendido, que conocía demasiado bien la repentina y cegadora ausencia de que se corten los vínculos.
Revolvió el té y suspiró levemente, mientras Nick y Leo se retiraban una vez más. Se obligó a concentrarse en el presente. Estaba en el hotel Blackhurst en Tregenna, Cornualles, escuchando cómo las olas de un océano desconocido se estrellaban sobre la arena de una playa que no le era familiar.
Más allá de las oscuras copas de los árboles más altos, un pájaro solitario cortaba el cielo de negro con su oscura silueta, y la luz de la luna se reflejaba en la distante superficie del océano. Pequeñas luces brillaban en la costa. Botes pesqueros, supuso Cassandra. Tregenna era una población pesquera, después de todo. Era raro, en el mundo moderno, encontrar un rincón en donde las cosas siguieran haciéndose como antes, en pequeña escala, tal como se habían hecho durante generaciones.
Cassandra tomó un sorbo y suspiró tibiamente. Estaba en Cornualles, igual que Nell antes que ella, y Rose y Nathaniel y Eliza Makepeace primero. Mientras susurraba para sí sus nombres, sintió un extraño escozor bajo la piel. Como si unos hilos invisibles fueran tensados, todos a la vez. Tenía un motivo para estar allí, y no era el de regodearse en su pasado.
– Aquí estoy, Nell -dijo en voz baja-. ¿Es esto lo que querías que hiciera?
23
Mansión Blackhurst, Cornualles, 1900
Cuando Eliza se despertó, la mañana siguiente, le llevó un momento recordar dónde estaba. Le pareció yacer en una enorme cuna de madera con un manto azul oscuro suspendido sobre ella. Su camisón era de los que haría frotarse las manos de placer a la señora Swindell, las ropas sucias de Sammy estaban hechas un gurruño debajo de su cabeza. Después se acordó: las «benefactoras», el señor Newton, el viaje en carruaje, el Hombre Malvado. Estaba en la casa de su tío y su tía, había habido una tormenta, relámpagos, truenos y lluvia. El rostro de Sammy en la ventana.
Eliza se acercó al banco de la ventana y miró hacia afuera. Se vio obligada a entrecerrar los ojos. La lluvia y la tormenta de la noche anterior habían desaparecido con el amanecer, y la luz, el aire, todo estaba limpio. Hojas y ramas yacían por el suelo, y un banco del jardín, directamente bajo su ventana, había sido arrastrado por el viento.
Su atención se dirigió hacia un extremo distante del jardín. Alguien, un hombre, se movía entre los setos. Tenía una barba negra y estaba vestido con un mono de trabajo, un extraño sombrerito verde y botas de lluvia negras. Escuchó un ruido a sus espaldas y Eliza se dio la vuelta. La puerta de su habitación estaba abierta y una joven criada con cabellos ensortijados estaba colocando una bandeja sobre la mesilla. Era la misma criada que había sido reprendida la noche anterior.
– Buenos días, señorita -dijo-. Mi nombre es Mary y le he traído algo de desayuno. La señora Hopkins dijo que podía tomarlo en su cuarto, hoy, en consideración al largo viaje que ha hecho.
Eliza se apresuró a sentarse frente a la pequeña mesa. Sus ojos se desorbitaron cuando vio el contenido de la bandeja: panecillos calientes, untados con manteca derretida, tarrinas blancas llenas hasta el borde con más mermeladas de las que hubiera visto nunca, un par de arenques, una montaña de huevos revueltos, y una salchicha gorda y reluciente. Su corazón cantó de placer.
– Fue toda una tormenta la que trajo consigo ayer noche -dijo Mary, corriendo las cortinas-. Yo casi no llego a casa. ¡Por un momento creí que tendría que pasar aquí la noche!