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Sonó una campana en la distancia.

Davies se quitó el sombrero y se secó la sudada frente.

– Más vale que vuelva corriendo, señorita. Ésa es la campana del almuerzo.

– ¿Vas a venir al almuerzo?

Rió.

– El personal no almuerza, señorita Eliza, eso no es lo correcto. Ahora es el momento de su cena.

– Entonces, ¿vas a venir a cenar?

– No como en la casa. Hace mucho tiempo que no lo hago.

– ¿Por qué no?

– No es un lugar donde me guste estar.

Eliza no comprendió.

– ¿Por qué no?

Davies se acarició la barba.

– Estoy más contento junto a mis plantas, señorita Eliza. Hay quienes están hechos para la compañía de los hombres, otros que no. Yo soy de los otros: contento en mi propio muladar.

– Pero ¿por qué?

Exhaló aire lentamente, como un gran gigante cansado.

– Algunos lugares hacen que se le ericen los cabellos a un hombre, no van bien con el modo de ser de una persona. ¿Entiende lo que digo?

Eliza pensó en su tía en el cuarto de color borgoña la noche anterior, el mastín, las sombras y la luz de las velas luchando fieramente en los muros. Asintió.

– La joven Mary es una buena chica. Ella la cuidará cuando esté en la casa. -Frunció algo el ceño mientras la miraba-. No es bueno confiar demasiado rápidamente, señorita Eliza. No es bueno para nada, ¿me oye?

Eliza asintió solemne, porque parecía que la solemnidad era lo que se le requería.

– Ahora vaya, señorita. Llegará tarde al almuerzo y milady hará que le sirvan su corazón en bandeja para la cena. A ella no le gusta que se rompan las reglas, y eso es un hecho.

Eliza sonrió, aunque Davies no lo hizo. Se volvió, deteniéndose cuando vio algo en una de las ventanas superiores, algo que ya había visto el día anterior. Un rostro, pequeño y vigilante.

– ¿Quién es? -preguntó.

Davies se volvió y miró hacia la casa. Asintió levemente en dirección a la ventana superior.

– Creo que la señorita Rose.

– ¿La señorita Rose?

– Su prima. La hija de su tía y su tío.

Eliza abrió enorme los ojos. ¿Su prima?

– Solíamos verla con frecuencia por los jardines, una pequeña cosita brillante, pero hace unos años enfermó y con eso terminó todo. Milady empleó todo su tiempo y una buena cantidad de dinero intentando recomponer lo que fuera que estuviera mal, y el joven doctor del pueblo siempre anda yendo y viniendo.

Eliza seguía mirando a la ventana. Alzó lentamente la mano, los dedos abiertos como la estrella de mar de la playa. La agitó de un lado a otro, mirando cómo el rostro desaparecía con rapidez en la oscuridad.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Eliza.

– Rose -susurró, saboreando la dulzura de la palabra. Era exactamente como el nombre de una princesa de cuento de hadas.

24

Cabaña del Acantilado, Cornualles, 2005

El viento azotó los cabellos de Cassandra, retorciendo su coleta de dentro afuera y al revés, como si fuera una serpentina. Se cubrió los hombros con su chaqueta e hizo una pausa momentánea para recuperar el aliento, mirando hacia la estrecha carretera costera que conducía hacia la villa, más abajo. Pequeñas cabañas blancas aferradas como lapas a la pequeña bahía rocosa, y botes pesqueros, rojos y azules, salpicaban el azul de la bahía, meciéndose sobre las olas mientras las gaviotas se zambullían y volaban en espiral sobre sus redes. El aire, incluso a esa altura, estaba saturado de la sal arrebatada a la superficie del mar.

La carretera era tan estrecha y tan pegada al borde del acantilado que Cassandra se preguntó cómo alguien podía haber tenido el coraje de conducir por allí. Altos y pálidos pastos costeros crecían a cada lado, temblando bajo el paso del viento. Cuanto más ascendía, más parecía aumentar la llovizna que flotaba en el aire.

Cassandra miró su reloj. Había subestimado cuánto tiempo le llevaría llegar a la cima, por no mencionar el cansancio que dejaría sus piernas de mantequilla a medio camino. El cansancio por el viaje y la falta de sueño reparador.

La noche anterior había dormido muy mal. El cuarto, la cama, eran lo suficientemente cómodos, pero se había visto acosada por extraños sueños, de esos que persisten al despertar pero que se escabullen de la memoria cuando intentas atraparlos. Sólo las ascuas de la inquietud permanecieron.

En algún momento de la noche se había despertado por motivos más materiales. Un ruido, como el sonido de una llave en la puerta de su dormitorio. Había estado segura de que había sido eso, el insertar y el forcejeo, mientras al otro lado alguien intentaba hacer girar la llave, pero cuando lo mencionó la mañana siguiente en recepción la empleada la miró de forma extraña antes de decir con voz helada que el hotel usaba tarjetas, no llaves metálicas, para abrir las puertas. Lo que había oído fue sólo el viento jugando con los viejos herrajes de bronce.

Cassandra continuó subiendo la colina. No podía estar mucho más lejos; la mujer de la tienda del poblado le había dicho que era una caminata de veinte minutos y llevaba ascendiendo más de treinta.

Dobló una curva y vio un coche rojo estacionando a un lado de la carretera. Un hombre y una mujer permanecían de pie, mirándola; él era alto y delgado, mientras que ella era baja y gruesa. Por un momento, Cassandra pensó que serían turistas disfrutando de la vista, pero cuando ambos alzaron la mano al unísono y la saludaron, supo quiénes debían de ser.

– ¡Hola! -dijo el hombre, acercándosele. Era de mediana edad, aunque sus cabellos y su barba, blanca como el azúcar, daban la impresión de un rostro muy mayor-. Usted debe de ser Cassandra. Yo soy Henry Jameson y ella -dijo indicando a la sonriente mujer- es mi esposa, Robyn.

– Encantada de conocerla -dijo Robyn, hablando por encima del hombro de su esposo. Sus cabellos grises cortados estilo paje rozaban sus mejillas rosadas, tersas y redondas como manzanas.

Cassandra sonrió.

– Gracias por aceptar venir un sábado, de veras se lo agradezco.

– No tiene importancia -repuso Henry, pasándose una mano por la cabeza para retirarse los finos cabellos desordenados por el viento-. Ningún problema. Sólo espero que no le moleste que Robyn se haya sumado.

– Por supuesto que no, ¿por qué habría de molestarle? -intervino Robyn-. No le molesta, ¿verdad?

Cassandra negó con la cabeza.

– ¿Qué te dije? No le importa en absoluto. -Cogió a Cassandra por la muñeca-. No es que tuviera muchas posibilidades de impedírmelo. Se habría buscado el divorcio de haberlo intentado siquiera.

– Mi esposa es la secretaria de la sociedad histórica local -explicó Henry, con un dejo de disculpa filtrándose en su voz.

– He publicado una serie de pequeños folletos sobre la zona. Casi todos sobre historias de familias locales, sitios de importancia, grandes casas. El más reciente es sobre el contrabando. Estamos a punto de publicar todos los artículos en una página de Internet.

– Se ha propuesto tomar el té en todas las grandes casas del condado.

– Sin embargo, he vivido en este pueblo toda mi vida y nunca he puesto siquiera un pie en este viejo lugar. -Robyn sonrió de modo que le brillaron las mejillas-. No me avergüenza decírselo, tengo más curiosidad que un gato.

– Jamás lo habríamos sospechado, querida -dijo cansadamente Henry, indicando la colina-. Tenemos que continuar a pie de aquí en adelante, el camino ya no sigue más allá.

Robyn abrió la marcha, caminando decidida por el estrecho sendero entre los pastos. Al ascender, Cassandra comenzó a observar a los pájaros. Cientos de pequeñas golondrinas marrones, llamándose unas a otras mientras pasaban de una rama espinosa a otra. Tuvo la extraña sensación de ser observada, como si los pájaros se empujaran para echarles un ojo a los intrusos humanos. Tembló levemente, y luego se reprendió por actuar de modo infantil, inventando misterios donde sólo había un ambiente peculiar.