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Un manto de niebla espesa había caído con la marea alta y conspiraba con el atardecer para quitarle el color al pueblo. Mientras subían por las estrechas callejas, todo se tornó gris. El rápido cambio de tiempo había agitado a Robyn. Caminaba con rapidez, por lo que Nell, a pesar de su natural paso veloz, tuvo que apresurarse para seguirla. Aunque Nell sentía curiosidad por saber adónde se dirigían con tanta premura, el ritmo era tal, que no tuvo ocasión de preguntárselo.

Al final de la calle, llegaron a una casita blanca con un cartel que decía «Cabaña Pilchard». Robyn golpeó en la puerta y esperó. No había luces en el interior por lo que acercó su muñeca a los ojos para poder ver la hora.

– Todavía no hay nadie en casa. Siempre le decimos que vuelva a casa temprano, antes de que caiga la niebla.

– ¿A quién?

Robyn echó una mirada a Nell como si por un momento hubiera olvidado que estaba con ella.

– A Gump, mi abuelo. Sale todos los días a ver los barcos. Era pescador. Hace ya veinte años que se retiró, pero no está contento a menos que sepa qué hombres han salido y qué han pescado. -Se le ahogó la voz-. Le decimos que no se quede cuando cae la niebla, pero no hace caso a nadie…

Guardó silencio y miró a lo lejos.

Nell miró en la misma dirección, observando cómo un fragmento de espesa niebla parecía oscurecerse. Una figura se acercó a ellos.

– ¡Gump! -llamó Robyn.

– Sin escándalos, hijita -se escuchó una voz en la niebla-. Sin escándalos. -Salió de la penumbra, subió los tres escalones de hormigón e hizo girar la llave en la cerradura-. Bueno, no se queden ahí paradas tiritando como un par de tordos -dijo por encima de su hombro-. Entren a calentarse un poco.

En el estrecho pasillo, Robyn ayudó al anciano a quitarse su impermeable cuarteado de sal y sus botas negras, para luego guardarlo todo en un banco bajo de madera.

– Estás empapado, Gump -lo regañó su nieta, agarrándolo de la camisa a cuadros-. Vamos a cambiarte por ropa seca.

– Bah -dijo el anciano, palmeando la mano de la mujer-. Me sentaré un rato junto al fuego y quedaré seco como un hueso para cuando me hayas traído un poco de té.

Robyn enarcó levemente una ceja en dirección a Nell mientras Gump avanzaba hacia el cuarto principal; su gesto decía: ¿Ves con lo que tengo que lidiar?

– Gump tiene casi noventa años, pero se niega a dejar su casa -dijo en voz baja-. Entre todos nos aseguramos de que tenga su cena todas las noches. Yo me ocupo de lunes a miércoles.

– Está bien para tener noventa.

– Su vista ha comenzado a fallarle y sus oídos no son de lo mejor, pero sigue empeñado en asegurarse que «sus muchachos» regresen a salvo a puerto, sin importarle su propia debilidad. Dios me ayude si llega a lastimarse cuando lo estoy cuidando. -Le observó por encima de sus gafas, encogiéndose al ver a su abuelo tropezar con la alfombra, al dirigirse hacia el sillón-. Supongo que no… Es decir, me pregunto si usted se quedaría con él un rato mientras enciendo el fuego y pongo la tetera. Me sentiré mejor cuando esté seco.

Seducida por la exquisita promesa de averiguar por fin algo sobre su familia, eran muy pocas las cosas a las que Nell no accedería. Asintió y Robyn sonrió aliviada antes de apresurarse y atravesar la puerta, siguiendo a su abuelo.

Gump se había sentado en el sillón de cuero marrón con una manta sobre su regazo. Por un momento, mientras observaba la manta, Nell pensó en Lil y en las mantas que había tejido para cada una de sus hijas. Se preguntó qué pensaría su madre de esta búsqueda en la que se había embarcado, si entendería por qué era tan importante para Nell el reconstruir los primeros cuatro años de su vida. Probablemente no. Lil siempre había creído que el deber de una persona era hacer lo mejor con lo que le había tocado en suerte. No tenía sentido preguntarse qué podía haber sido, solía decir, todo lo que importa es lo que es. Lo cual estaba muy bien para Lil, quien conocía la verdad sobre sí misma.

Robyn se puso de pie, las llamas avivadas saltando hambrientas de un papel a otro, detrás de la rejilla.

– Ahora voy a buscar el té, Gump, y a preparar la cena. Mientras estoy en la cocina, mi amiga… -miró inquisitiva a Nell-. Lo siento…

– Nell, Nell Andrews.

– … Nell se va a quedar contigo, Gump. Está visitando Tregenna y está interesada en las familias del lugar. Tal vez puedas contarle algo acerca del pueblo mientras estoy en la cocina.

El anciano extendió sus manos, manos sobre las que una vida de tirar de las cuerdas y preparar anzuelos con carnada había escrito su historia.

– Pregúnteme cualquier cosa -dijo- y le diré todo lo que sé.

Mientras Robyn desaparecía a través de una puerta baja, Nell buscó un lugar donde sentarse. Se acomodó en una silla de respaldo verde, junto al fuego, disfrutando del calor mientras el fuego ardía en su costado.

Gump alzó la vista de la pipa que estaba preparando y asintió, alentándola. Aparentemente, era el turno de ella.

Nell se aclaró la garganta y movió levemente los pies sobre la alfombra, preguntándose por dónde comenzar. Decidió que no tenía sentido andar dando vueltas.

– Es la familia Mountrachet la que me interesa.

La cerilla que Gump había prendido chispeó, y éste aspiró vigorosamente su pipa.

– He preguntado en el pueblo, pero parece que nadie sabe nada sobre ellos.

– Ah, sí que saben -dijo, exhalando el humo-. Sólo que no hablan de ello.

Nell alzó las cejas.

– ¿Y eso a qué se debe?

– A la gente de Tregenna le gustan las buenas historias, pero son, en general, supersticiosos. Hablamos contentos de cualquier cosa que se le ocurra, pero si le pregunta a la gente qué fue lo que pasó allá arriba, en el acantilado, la gente cierra la boca.

– Ya me he dado cuenta -asintió Nell-. ¿Es porque los Mountrachet poseían un título de nobleza? ¿De clase alta?

Gump resopló.

– Tenían dinero, pero no hable usted de clase. -Se inclinó hacia delante-. Fue un título pagado con la sangre derramada de inocentes. En 1724 fue. Una terrible tormenta se desató una tarde, la peor en años. El faro perdió su techo y la llama de la nueva lámpara de aceite se apagó como si no fuera más que una vela. La luna estaba oculta y la noche era negra como mis botas. -Los pálidos labios se apretaron en torno a la pipa. Aspiró lenta y profundamente, disfrutando de su relato-. La mayoría de los barcos pesqueros locales habían regresado temprano, pero una balandra de doble mástil y con tripulación extranjera seguía en el estrecho.

»La tripulación de esa balandra nunca tuvo su oportunidad. Dicen que las olas llegaban hasta la mitad de los acantilados de Sharpstone y que la embarcación fue lanzada contra las rocas con tanta fuerza que comenzó a hacerse pedazos antes de llegar a la ensenada. Hubo crónicas en los periódicos y una investigación del gobierno pero nunca recuperaron mucho más que unas pocas piezas de cedro rojo del casco. Culparon a los librecambistas, claro.

– ¿Librecambistas?

– Contrabandistas -precisó Robyn, quien había aparecido con la bandeja del té.

– Pero no fueron ellos quienes se hicieron con la carga del barco -continuó Gump-. Qué va. Fue la familia quien lo hizo. La familia Mountrachet.

Nell tomó una taza que le ofrecía Robyn.

– ¿Los Mountrachet eran contrabandistas?

Gump lanzó una carcajada seca, de bebedor, y tomó un sorbo de té.

– No eran nada tan digno como eso. Los contrabandistas hacen su papel para eliminar el exceso impositivo de productos traídos por los barcos que naufragan, pero también hacen su papel para rescatar a las tripulaciones. Lo que pasó esa noche en la cala de Blackhurst fue cosa de ladrones. Ladrones y asesinos. Mataron a todos los tripulantes, robaron la mercadería de la bodega del barco, y después a la mañana siguiente, antes de que nadie tuviera oportunidad de averiguar lo sucedido, arrastraron el barco y los cuerpos mar adentro y los hundieron. Se hicieron con una fortuna: cofres con perlas, marfil, abanicos de la China y joyas de España.