Выбрать главу

– Todo está en orden -dijo el doctor Matthews, acomodando el camisón de Rose-. Por suerte, la infección no se ha extendido. ¿Podría sugerir, lady Mountrachet, que habláramos sobre el mejor tratamiento posible?

Rose abrió los ojos, a tiempo de ver la sonrisa aduladora que le ofrecía a su madre. Qué agotador que era, siempre insinuándose para una invitación a tomar el té, la oportunidad de conocer y tratar a los nobles del condado. Las fotos publicadas del dedal de Rose in situ le habían otorgado cierto caché entre la gente bien del condado, y él había sabido aprovecharlo. Mientras guardaba con cuidado su estetoscopio en su gran maletín negro, acomodándolo con sus cuidadosos dedos, el tedio de Rose se convirtió en irritación.

– ¿Todavía no me voy a ir al cielo, doctor? -dijo, parpadeando con sencillez, frente a su rostro sonrojado-. Es que estoy trabajando en una página en mi libro de recortes y sería una pena dejarla sin terminar.

El doctor Matthews rió como una jovencita y miró a su madre de reojo.

– Bueno, pequeña -tartamudeó-, no hay necesidad de preocuparse por ahora. A su debido tiempo todos seremos recibidos en la mesa del Señor…

Rose observó por un momento mientras se lanzaba a sermonear sobre la vida y la muerte, antes de volver el rostro para ocultar una leve sonrisa.

La perspectiva de una muerte temprana es distinta para cada persona. En algunos otorga una madurez mucho más allá de la edad y la experiencia: la serena aceptación se traduce en una hermosa disposición y un delicado semblante. En otros, en cambio, provoca la formación de una delgada esquirla de hielo en sus corazones. Hielo que, aunque a veces está oculto, nunca termina de derretirse.

Rose, aunque hubiera querido estar entre las primeras, sabía, en lo más hondo, que estaba entre las últimas. No es que fuera desagradable, sino que había desarrollado un gran talento para mostrarse indiferente. Una habilidad para hacerse a un lado y observar situaciones sin la distracción de los sentimientos.

– Doctor Matthews -la voz de su madre interrumpió su cada vez más desesperada descripción de los querubines del cielo-, ¿por qué no baja y me espera en la sala de desayuno? Thomas le ofrecerá un té.

– Muy bien, lady Mountrachet -accedió, aliviado de que lo liberaran de la incómoda conversación. Evitó la mirada de Rose al dejar el cuarto.

– Rose -dijo su madre-, ¿qué modales son ésos?

La admonición quedó en nada por la preocupación de su madre, y supo que no sería castigada. Nunca lo era. ¿Quién iba a enojarse con una niña que aguardaba que la muerte saliera a su encuentro? Rose suspiró.

– Lo sé, mamá, y lo siento. Sólo que me siento muy mareada, y escuchar al doctor Matthews lo empeora aún más.

– Una constitución débil es una terrible cruz que cargar. -Tomó la mano de Rose-. Pero eres una joven dama, una Mountrachet, y la mala salud no es excusa para que tus modales no sean perfectos.

– Sí, mamá.

– Ahora debo ir a hablar con el doctor -dijo, acariciando con dedos fríos la mejilla de Rose-. Volveré a verte cuando Mary traiga tu bandeja.

Fue hacia la puerta, el vestido susurrando al pasar de la alfombra al suelo de madera.

– ¿Mamá? -llamó Rose.

Su madre se volvió.

– ¿Sí?

– Hay algo que quería preguntarte. -Rose titubeó, insegura sobre cómo proceder. Consciente de su extraña pregunta-. He visto a un niño en el jardín.

La ceja izquierda de su madre perdió por un momento la simetría.

– ¿Un niño?

– Esta mañana, lo vi desde la ventana cuando Mary me pasó a mi silla. Estaba de pie junto al arbusto de rododendros hablando con Davies, un niño de aspecto travieso de cabello greñudo rojo.

Mamá apretó una mano contra la pálida piel debajo de su cuello. Exhaló aire lentamente y con calma, lo que aumentó la curiosidad de Rose.

– Lo que viste no fue un niño, Rose.

– ¿Mamá?

– Era tu prima, Eliza.

Rose abrió mucho los ojos. Esto era inesperado. Sobre todo porque no podía ser así. Su madre no había tenido hermanos o hermanas, y con la muerte de Abuela, mamá, papá y Rose eran los únicos Mountrachet que quedaban.

– No tengo tal prima.

Mamá se irguió, hablando con inesperada velocidad.

– Desgraciadamente, la tienes. Su nombre es Eliza y ha venido a vivir a Blackhurst.

– ¿Por cuánto tiempo?

– Indefinidamente, me temo.

– Pero mamá… -Rose se sintió más mareada que nunca. ¿Cómo podía ser ese desharrapado pilludo su prima?-. Su cabello… sus modales… sus ropas estaban mojadas y sucias, y estaba despeinada por el viento… -Tembló-. Tenía hojas pegadas por todas partes…

Su madre se llevó un dedo a los labios. Se volvió hacia la ventana y el oscuro bucle de su nuca se estremeció.

– No tenía adonde ir. Tu padre y yo acordamos acogerla. Un acto de caridad cristiana que ella nunca apreciará, y mucho menos merecerá, pero uno siempre debe ser visto haciendo lo correcto.

– Pero, mamá, ¿qué es lo que va a hacer aquí?

– Causarnos enormes molestias, estoy segura. Pero difícilmente podríamos haberla rechazado. El no haber actuado se hubiera visto como algo terrible, por lo que tenemos que hacer virtud de la necesidad. -Sus palabras tenían el eco de sentimientos filtrados por un cedazo. Ella misma pareció sentir su vacío y no dijo nada más.

– ¿Mamá? -Rose tanteó con cuidado el silencio de su madre.,-¿Quieres saber qué es lo que va a hacer aquí? -Se volvió para mirar a su hija, un nuevo filo entró en su voz-. Voy a cedértela.

– ¿Me la cedes?

– Como una especie de proyecto. Ella será tu protegida. Cuando estés lo suficientemente bien, serás responsable de enseñarle cómo comportarse. Es poco más que una salvaje, sin pizca de gracia o encanto. Una huérfana que tuvo escasa educación, si es que tuvo alguna, sobre cómo comportarse en sociedad. -Su madre suspiró-. Por supuesto, no me hago ilusiones y no espero que realices milagros.

– Sí, mamá.

– Ya puedes imaginar, mi niña, las influencias a las que esta huérfana ha sido expuesta viviendo en Londres, entre la terrible decadencia y el pecado.

Rose supo entonces quién debía de ser esa niña. Eliza era la hija de la hermana de papá, la misteriosa Georgiana cuyo retrato su madre había relegado al altillo, de quien nadie se atrevía a hablar.

Nadie excepto Abuela.

En los últimos meses de la anciana, cuando había regresado como una osa herida a Blackhurst y se había retirado a su cuarto de la torre para morir, había tenido momentos de lucidez en los que hablaba cada tanto sobre un par de niños llamados Linus y Georgiana.

Rose sabía que Linus era su padre, por lo que dedujo que Georgiana debía de ser su hermana. La que había desaparecido antes de nacer Rose.

Había sucedido una mañana veraniega, Rose estaba descansando en el sillón junto a la ventana de la torre mientras una tibia brisa marina le cosquilleaba la nuca. Le gustaba sentarse junto a Abuela, estudiar su perfil mientras dormía, cada respiración quizá la última, la había estado observando con curiosidad mientras las gotas de sudor surcaban la frente de la anciana.

De pronto los ojos de Abuela parpadearon y se abrieron: eran grandes y pálidos, desgastados por toda una vida de amargura. Miró a Rose por un momento pero su mirada permaneció inmune al reconocimiento y la desvió a un lado, hipnotizada, o al menos eso parecía, por el gentil movimiento de las cortinas. El primer instinto de Rose fue llamar a su madre -habían pasado horas desde la última vez que despertara-, pero justo cuando estaba a punto de hacer sonar la campana, la anciana exhaló un suspiro. Un largo y cansado suspiro, tan completo que la delgada piel se hundió en los huecos de sus huesos.