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La puerta se abrió, permitiendo que una ráfaga de viento agitara las llamas.

– La cena está servida, milady.

Cómo despreciaba Adeline a Thomas, los despreciaba a todos. A pesar de sus «sí, milady» y «no, milady», «la cena está servida, milady», etcétera, sabía lo que en el fondo todos pensaban de ella, lo que siempre habían pensado.

– ¿El señor? -Su voz más fría y autoritaria.

– Lord Mountrachet viene de camino del cuarto oscuro, milady.

El maldito cuarto oscuro, por supuesto que estaba allí. Había escuchado la llegada de su carruaje mientras soportaba el té junto al doctor Matthews. Había mantenido un oído atento en el vestíbulo esperando los familiares pasos de su esposo -pesado, liviano, pesado, liviano- pero nada. Debería haber adivinado que iría derecho a su endemoniado cuarto oscuro.

Thomas seguía mirándola, por lo que Adeline reacomodó su compostura. Antes sufriría en manos de Lucifer que permitir que Thomas tuviera la satisfacción de percibir una discordia matrimonial.

– Vaya a asegurarse personalmente -indicó con la mano- de que las botas del señor estén limpias de ese espantoso barro escocés.

* * *

Linus ya estaba sentado cuando Adeline llegó a la mesa. Había comenzado con la sopa y no alzó la vista cuando ella entró. Estaba demasiado ocupado estudiando las fotografías en blanco y negro que yacían en su extremo de la larga mesa: musgo, mariposas y ladrillos, los despojos de su reciente viaje.

Viéndolo, Adeline sufrió un golpe de calor. ¿Qué dirían los demás si supieran que la mesa de Blackhurst era testigo de semejante comportamiento? Miró de reojo a Thomas y al criado, cada uno mirando a una pared. Pero Adeline no se engañaba, ella sabía que detrás de sus expresiones vidriosas, sus mentes estaban ocupadas: juzgando, tomando nota, preparándose para contarles a sus colegas de las otras casas la decadencia de costumbres de la mansión Blackhurst.

Adeline se sentó rígidamente en su lugar y esperó a que el criado colocara la sopa frente a ella. Tomó un breve sorbo y se quemó la lengua. Observó cómo Linus, la cabeza inclinada, continuaba su inspección de las fotografías. La pequeña calvicie en el cráneo se estaba expandiendo. Parecía como si un gorrión hubiera estado trabajando, acomodando las primeras hierbas para un nuevo nido.

– ¿Está la niña aquí? -dijo, sin alzar la vista.

Adeline sintió que le quemaba la piel.

– Está.

– ¿La has visto?

– Por supuesto. Ha sido acomodada en el piso superior.

Por fin alzó la cabeza, tomó un sorbo de vino. Luego otro.

– ¿Y es… es como…?

– No. -La voz de Adeline era gélida-. No, no lo es. -Apretó los puños en su regazo.

Linus exhaló un breve suspiro, tomó un trozo de pan y comenzó a masticarlo. Habló con la boca llena, seguramente para irritarla.

– Mansell dijo lo mismo.

Si alguien iba a ser culpado por la llegada de la niña ése era Henry Mansell. Puede que Linus quisiera el regreso de Georgiana, pero era Mansell quien había mantenido viva la esperanza. El detective, con su espeso bigote y sus finos anteojos, había tomado el dinero de Linus y enviado frecuentes informes. Todas las noches Adeline había rezado para que Mansell fracasara, para que Georgiana permaneciera lejos, y Linus se resignara a dejarla partir.

– ¿Tuviste un buen viaje? -preguntó Adeline.

No hubo respuesta. Una vez más, la mirada en las fotografías.

El orgullo de Adeline le impidió echar una mirada de reojo a Thomas. Acomodó sus facciones en una máscara de contenida calma e intentó tomar un nuevo sorbo de sopa, ahora más tibia. El rechazo de Linus hacia ella era una cosa -había comenzado poco después de su matrimonio-, pero la completa negación de Rose era otra. Ella era su hija; su sangre corría por sus venas, la sangre de su noble familia. Que pudiera permanecer tan distante era algo que Adeline no podía concebir.

– El doctor Matthews estuvo hoy otra vez -dijo-. Otra infección.

Linus alzó la vista, los ojos cubiertos por el familiar velo de desinterés. Comió otro trozo de pan.

– Nada demasiado serio, a Dios gracias -continuó Adeline, alentada por su mirada-. No hay motivos para preocuparse.

Linus tragó el pedazo de pan.

– Mañana parto para Francia -anunció inexpresivo-. Hay una puerta en Notre Dame… -Su frase se desvaneció. El compromiso de mantener informada a Adeline sólo llegaba hasta cierto punto.

La ceja izquierda de Adeline se alzó levemente antes de que la controlara y la bajara a su lugar.

– Fantástico -declaró, formando con sus labios una apretada sonrisa, ahogando la imagen, proveniente de ninguna parte, de Linus en el pequeño bote, con la cámara en dirección a una figura vestida toda de blanco.

27

Allí estaba, la roca negra de la historia de William Martin. Desde la cima del acantilado, Nell observó cómo la espuma blanca del mar se encrespaba en torno a la base antes de entrar en la ensenada y ser aspirada por la marea. No le hizo falta mucho para imaginar la cala como lugar de feroces tormentas, barcos naufragando y ataques nocturnos de contrabandistas.

A lo largo del acantilado, una línea de árboles se alzaba como soldados de infantería, bloqueándole la vista de la casa de Blackhurst, la casa de su madre.

Hundió aún más las manos en los bolsillos de su abrigo. El viento soplaba fuerte allá arriba y le hizo falta toda su fuerza para mantener el equilibrio. Su cuello estaba entumecido, sus mejillas simultáneamente tibias y frías por el roce del viento. Se volvió para seguir el sendero de pastos aplastados junto al borde del acantilado. La carretera no llegaba hasta allí y el sendero era estrecho. Nell avanzó con cautela: su rodilla estaba hinchada y magullada tras la entrada intempestiva que había efectuado el día anterior a Blackhurst. Había acudido con intención de entregar una carta explicando que era una anticuaría australiana de visita y solicitando poder visitar la casa en algún momento que fuera conveniente para sus dueños. Pero mientras estaba de pie frente a la verja, algo se apoderó de ella, una necesidad tan fuerte como la de respirar. Lo siguiente que supo fue que, abandonando toda dignidad, estaba trepando torpemente, buscando apoyo en los motivos decorativos de la verja.

Un comportamiento ridículo incluso para una mujer con la mitad de sus años, pero era lo que había. Estar tan cerca de la casa familiar, el lugar de su nacimiento, y que se le negara siquiera un vistazo le resultaba intolerable. Lo único lamentable es que la habilidad física de Nell no estuviera a la altura de su tenacidad. Se había sentido avergonzada y agradecida en igual medida cuando Julia Bennett apareció mientras intentaba entrar. Afortunadamente, la nueva dueña de Blackhurst había aceptado la explicación de Nell y la había invitado a echar un vistazo.

Había sido tan extraño ver el interior de la casa… Extraño, pero no como lo había imaginado. Se había quedado sin palabras ante la expectación. Había caminado por el vestíbulo de entrada, subido las escaleras, husmeado en las habitaciones, diciéndose una y otra vez: tu madre se sentó aquí, tu madre caminó por aquí, tu madre amó este lugar; y había esperado que tal enormidad cayera sobre ella. Que una ola de reconocimiento se desprendiera de los muros de la casa y la arrollara, que alguna parte de ella misma reconociera que ése era su hogar. Pero nada de ese conocimiento le había sido dado. Una tonta expectativa, por supuesto, nada propia de Nell. Pero allí estaba. Incluso la persona más pragmática es víctima a veces de un deseo extraño. Al menos ahora podía dar forma a los recuerdos que estaba tratando de reconstruir; conversaciones imaginarias que habrían tenido lugar en cuartos verdaderos.