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Desde que Eliza llegara, hacía ya siete años, había traído consigo relatos del bosque. Cuando Rose yacía en su tibio cuarto oscuro, respirando el aire inmóvil de su última enfermedad, Eliza irrumpía por la puerta de modo tal que Rose casi podía oler el océano en su piel. Trepaba junto a Rose en la cama y colocaba una concha, o una polvorienta jibia, o un pequeño trozo de madera en su mano, y luego comenzaba su historia. Y en su mente, Rose veía el mar azul, sentía la cálida brisa en los cabellos, la ardiente arena bajo sus pies.

Algunos relatos eran invenciones de Eliza, otros los había aprendido en alguna parte. Mary, la criada, tenía hermanos que eran pescadores, y Rose sospechaba que disfrutaba conversando con ellos cuando debería estar trabajando. No con Rose, por supuesto, porque Eliza era diferente. Todos los sirvientes la trataban de modo diferente. De forma casi inapropiada, como si les gustara considerarse sus amigos.

Últimamente, Rose había comenzado a sospechar que Eliza se estaba aventurando más allá de la propiedad, que incluso había conversado con uno o dos lugareños, porque sus relatos ahora tenían otro tono. Eran ricos en detalles de embarcaciones y navegantes, sirenas y tesoros, aventuras por el mar, relatados en un lenguaje colorido que Rose saboreaba secretamente: y había una mirada más expansiva en los ojos de la narradora, como si hubiera probado las cosas prohibidas de las que hablaba.

Una cosa era cierta, mamá se pondría lívida de saber que Eliza había estado en el pueblo, que se había mezclado con la gente común. Ya le fastidiaba bastante que Eliza hablara con la servidumbre, y sólo por eso Rose era capaz de tolerar la amistad de Eliza con Mary. Si su madre quisiera preguntarle a Eliza adonde había ido, seguramente ésta no le mentiría, aunque Rose no estaba segura de qué podría hacer su madre al respecto. En todos sus años de intentos, había sido incapaz de encontrar un castigo que detuviera a Eliza.

El castigo de que se la considerara maleducada no significaba nada para Eliza. El que la enviaran al cuarto de trastos debajo de la escalera sólo le daba tiempo y tranquilidad para inventar más historias. El negarle nuevos vestidos -un auténtico castigo para Rose- apenas si le sacaba un suspiro: Eliza estaba más que contenta vistiendo los vestidos que Rose descartaba. Cuando era cuestión de castigos, era como la heroína en una de sus historias, protegida por un encantamiento.

Observar los inútiles esfuerzos de su madre por disciplinar a Eliza le daba un secreto placer. Cada castigo era recibido con un parpadeo de sus ojos azules, un encogerse de hombros despreocupado y un ingenuo «Sí, tía». Como si Eliza en verdad no se hubiera dado cuenta de que su comportamiento podía resultar ofensivo. El encogerse de hombros en particular enfurecía a mamá. Hacía ya mucho que había descartado cualquier esperanza de que Rose convirtiera a Eliza en una correcta joven dama, se daba por satisfecha con que la hubiera convencido para que se vistiera de modo adecuado. (Rose había aceptado los cumplidos de mamá y silenciado la vocecilla que le susurraba que Eliza había desechado los remendados pantalones sólo cuando se le habían quedado pequeños). Había algo roto dentro de Eliza, decía mamá, como un pedazo de espejo en un telescopio, que le impedía funcionar correctamente. Le impedía sentir la adecuada vergüenza.

Como si leyera los pensamientos de Rose, Eliza se acomodó a su lado en el sofá. Habían estado sentadas sin moverse casi una hora, y el cuerpo de Eliza empezaba a resistirse. En numerosas ocasiones, el señor Sargent había tenido que recordarle que dejara de fruncir el ceño, que mantuviera la pose, mientras él arreglaba una parte del cuadro. Rose le había escuchado decir a su madre el día anterior que ya habría terminado, sólo que la muchacha con el cabello color fuego se negaba a sentarse sin moverse el tiempo suficiente para capturar su expresión.

Su madre se había estremecido de disgusto al oírlo. Hubiera preferido que Rose fuera el único modelo del señor Sargent, pero su hija se había empeñado. Eliza era su prima, su única amiga, por supuesto que tenía que estar en el retrato. Entonces Rose tosió un poco, mirando a mamá por entre sus pestañas, y el asunto quedó concluido.

Y aunque una parte de Rose disfrutó del desagrado de su madre, su insistencia en la inclusión de Eliza había sido sincera. Ella nunca había tenido una amiga. La oportunidad nunca se había presentado, e incluso si hubiera sucedido, ¿qué necesidad tenía de amigos una niña que no viviría mucho tiempo? Como la mayoría de los niños a los que las circunstancias han acostumbrado a sufrir, Rose encontró que tenía muy poco en común con otras niñas de su edad. No tenía interés en hacer rodar aros o en arreglar casas de muñecas, y se aburría con rapidez cuando debía soportar las agotadoras conversaciones respecto a su color, número o canción favorita.

Pero Eliza no era como las otras niñas. Rose lo había advertido desde el primer día, cuando se conocieron. Eliza tenía una manera de ver el mundo que era con frecuencia sorprendente, de hacer cosas completamente inesperadas. Cosas que mamá no podía tolerar.

Lo mejor respecto a Eliza, sin embargo, incluso aún mejor que su habilidad para irritar a su madre, eran sus historias. Sabía muchos relatos maravillosos que Rose nunca había escuchado. Historias aterradoras que hacían que se le erizara la piel y le sudaran los pies. Sobre la Otra Prima, y el río de Londres, y el siniestro Hombre Malo con el brillante puñal. Y por supuesto, la historia del barco negro que acechaba en la cala de Blackhurst. Y aunque Rose supiera que era otra de las fantasías de Eliza, le encantaba escuchar la historia. El barco fantasma que aparecía en el horizonte, el barco que Eliza aseguraba haber visto y por el que había pasado muchos días de verano en la cala esperando volver a verlo.

Lo único que Rose nunca había sido capaz de obtener de Eliza era que le contara historias de su hermano, Sammy. Había dejado escapar su nombre sólo una vez, pero se había encerrado en su mutismo de inmediato cuando Rose le preguntó. Fue mamá quien le informó de que Eliza había tenido un mellizo, que una vez tuvo un hermano, cortado por la misma tijera, un niño que había muerto de modo trágico.

A lo largo de los años, cuando yacía sola en su lecho, a Rose le había gustado imaginarse su muerte, ese pequeño cuya pérdida había logrado lo imposible: dejar a Eliza, la narradora, sin palabras. «La muerte de Sammy» había reemplazado a la «Fuga de Georgiana» de las ensoñaciones elegidas por Rose. Se lo imaginaba ahogándose, se lo imaginaba cayendo, y se lo había imaginado desahuciado, el pobre niño que había ocupado antes el afecto de Eliza.

– Quédese quieta -ordenó el señor Sargent, señalando con su pincel en dirección a Eliza-. Deje de retorcerse. Es usted peor que el perrito de lady Asquith.

Rose parpadeó, cuidando que su expresión no se alterara cuando se dio cuenta de que su padre había entrado en el cuarto. Estaba de pie detrás del atril del señor Sargent, mirando intensamente mientras el artista trabajaba. Frunciendo el ceño e inclinando la cabeza, para seguir mejor las pinceladas. Rose se sorprendió: nunca hubiera imaginado que su padre estuviera interesado en las bellas artes. Lo único que le interesaba era la fotografía, pero incluso en ese caso se las ingeniaba para volverla aburrida. Jamás fotografiaba gente, sólo insectos, plantas y ladrillos. Y, sin embargo, allí estaba, extasiado por el retrato de su hija. Rose se sentó, algo más erguida.

Sólo dos veces durante su infancia tuvo la oportunidad de observar de cerca a su padre. La primera había sido cuando se tragó el dedal y su padre había sido llamado para sacar la foto, a petición del doctor Matthews. La segunda vez no había sido tan agradable.

Se había escondido porque esperaban al doctor Matthews; Rose tenía entonces nueve años y se le había metido en la cabeza que no tenía ganas de verlo. Había encontrado el lugar en donde mamá jamás pensaría ir a buscarla: el cuarto oscuro de papá.