– Conozco a una persona que se fue a Australia -dijo Davies, dejando de plantar por un instante-. Consiguió una granja de cuatrocientas hectáreas y no pudo hacer que nada creciera.
Eliza se mordió el labio y sintió el gusto de la excitación. Ese extremismo estaba en sintonía con su idea del lugar.
– Según Mary, allí hay una especie de conejos gigantes. Canguros, los llaman. ¡Con patas tan largas como la pierna de un hombre!
– No sé qué haría usted en un lugar como ése, señorita Eliza. O en África, o en la India.
Eliza sabía exactamente lo que haría.
– Voy a recoger historias. Antiguas historias que nadie de por aquí haya oído nunca. Seré igual que esos Hermanos Grimm de los que estaba hablando.
Davies frunció el ceño.
– Por qué querría ser como ese par de alemanes es algo que no comprendo. Debería estar escribiendo sus propias historias, no las que pertenecen a otros.
Y así había hecho. Había comenzado a escribir una historia para Rose, un regalo de cumpleaños, un cuento de hadas con una princesa que se transformaba por arte de magia en ave. Era la primera historia que había plasmado en papel, y ver sus pensamientos e ideas concretarse le resultó muy curioso. Hacía que su piel estuviera más sensible que de costumbre, se sentía extrañamente expuesta y vulnerable. Las brisas eran más frescas, el sol más cálido. No podía decidir si la sensación era algo que disfrutaba o rechazaba.
Pero a Rose siempre le habían gustado las historias de Eliza y no tenía regalo más preciado que ofrecer, por lo que era el obsequio perfecto. En los años desde que Eliza había sido arrancada de su solitaria vida londinense y trasplantada a la lujosa y misteriosa Blackhurst, Rose se había convertido en su alma gemela. Se reía y añoraba junto con Eliza, y gradualmente había comenzado a llenar el espacio que una vez Sammy había ocupado, el oscuro y vacío agujero que le queda a todo mellizo solitario. A cambio, no había nada que Eliza no hiciera o escribiera para Rose.
La niña transformada
por Eliza Makepeace.
En los viejos tiempos, cuando la magia vivía y respiraba, había una Reina que deseaba un niño. Era una Reina triste, porque el Rey con frecuencia se encontraba lejos, dejándola a solas con poco o nada que hacer salvo su soledad, y se preguntaba por qué su esposo, a quien tanto quería, podía soportar apartarse de ella tanto tiempo y con tanta frecuencia.
Había sucedido que muchos años antes, el Rey había usurpado el trono de su legítima dueña, la Reina de las Hadas, y la hermosa y pacífica comarca del Hada se había convertido de la noche a la mañana en un lugar desolado en donde la magia ya no florecía y la risa estaba prohibida. Tan colérico era el Rey que estaba decidido a capturar a la Reina de las Hadas y obligarla a regresar al reino. Una jaula de oro había sido preparada especialmente para aprisionar a la Reina de las Hadas y obligarla a que usara su magia para divertimento del Rey.
Un día de invierno, mientras el Rey se encontraba de viaje, la Reina estaba sentada junto a una ventana abierta, mirando el campo cubierto de nieve. Estaba llorando, porque la desolación de los meses de invierno le recordaba a la Reina su propia soledad. Mientras observaba el desolado paisaje invernal, pensó en su desolado vientre, vacío, como siempre, a pesar de su deseo. «¡Ah, cuánto querría tener una niña! -lloró-. Una hermosa niña con un corazón honesto y ojos que nunca se llenen de lágrimas. Entonces nunca volvería a estar sola».
Pasó el invierno, y el mundo comenzó a despertar. Los pájaros regresaron al reino y empezaron a preparar sus nidos una vez más, los ciervos podían verse pastando en donde los campos lindaban con los bosques y las hojas crecían en las ramas de los árboles del reino. Mientras las golondrinas de la nueva estación surcaban los cielos, las faldas de la Reina comenzaron a apretarle en torno a la cintura, y a poco se dio cuenta de que estaba encinta. El Rey no había regresado al castillo, por lo que la Reina supo que un hada traviesa, lejos de su hogar y oculta en el jardín de invierno, debía de haber escuchado su llanto y le había concedido, magia mediante, su deseo.
La Reina creció y creció y el invierno regresó otra vez, y en la noche de Navidad, mientras una profunda nevada caía sobre la tierra, comenzó a tener dolores de parto. Toda la noche estuvo de parto, y con la última campanada de medianoche nació su hija, y la Reina pudo mirar por fin el rostro de su bebé. ¡Pensar que esa hermosa niña, de pálida e inmaculada piel, cabellos oscuros y labios rojos con forma de pimpollo era toda suya! «Rosalind -dijo la Reina-. La llamaré Rosalind».
La Reina quedó prendada de inmediato y se negó a dejar que la princesa Rosalind se apartara de su vista. La soledad había vuelto amarga a la Reina, la amargura la había vuelto egoísta, y el egoísmo la había vuelto suspicaz. A cada momento se preocupaba por que alguien acechara para robarle a la niña. Ella es mía, pensaba la Reina, mi salvación, así que debo mantenerla a mi lado.
En la mañana del bautismo de la princesa Rosalind, las mujeres más sabias de toda la comarca fueron invitadas para impartir sus bendiciones. Todo el día la Reina observó cómo los deseos de gracia, prudencia y sabiduría llovían sobre la niña. Por fin, cuando la noche comenzó a avanzar sobre el reino, la Reina despidió a las mujeres. Se dio la vuelta brevemente, pero al girarse para mirar a la niña observó que todavía quedaba una invitada. Una viajera con un largo abrigo estaba de pie junto a la cuna, mirando a la criatura.
– Es tarde, sabia anciana -dijo la Reina-. La Princesa ha sido bendecida y ahora hay que dejarla dormir.
La viajera se quitó la capucha y la Reina tragó saliva, porque el rostro no era el de una anciana sabia, sino el de una vieja arrugada de sonrisa desdentada.
– Traigo un mensaje de la Reina de las Hadas -dijo la vieja-. La niña es una de las nuestras, por lo que debe venir conmigo.
– No -lloró la Reina, corriendo hasta la cuna-. Ella es mi hija, mi preciosa hijita.
– ¿Vuestra? -te extrañó la vieja-. ¿Esta gloriosa criatura? -Y comenzó a reír, una carcajada cruel que hizo que la Reina retrocediera horrorizada-. Ella fue tuya sólo por el tiempo que te permitimos tenerla. En tu corazón siempre has sabido que ella ha nacido del polvo de las hadas, y ahora debes entregarla.
Entonces la Reina lloró, porque el pronunciamiento de la vieja era precisamente lo que ella había temido.
– No puedo entregarla -dijo-. Ten piedad, vieja, y déjame quedármela un tiempo.
Sucedió que a la vieja le gustaba hacer diabluras, y frente a las palabras de la Reina una lenta sonrisa le cubrió el rostro.
– Te doy una oportunidad -le propuso-. Entrega ahora a la niña y su vida será larga y feliz, en el regazo de la Reina de las Hadas.
– ¿O? -preguntó la Reina.
– O puedes quedártela hasta la mañana de su decimoctavo cumpleaños, cuando su verdadero destino le salga al encuentro y te deje para siempre. Piensa con cuidado, porque mantenerla más tiempo es amarla más hondamente.
– No necesito pensar en ello -dijo la Reina-, elijo lo segundo.
La vieja sonrió tanto que mostró los negros agujeros entre sus dientes.
– Entonces es tuya, pero sólo hasta la mañana de su decimoctavo cumpleaños.
En ese momento la Princesa comenzó a llorar por primera vez. La Reina se volvió a tomarla en brazos, y cuando se volvió a mirar a la vieja ésta había desaparecido.
La Princesa creció y se convirtió en una hermosa niña, llena de alegría y luz. Hechizaba al océano con su canto y hacía sonreír a todos en el reino. A todos, menos a la Reina, quien estaba demasiado llena de miedos como para disfrutar de la niña. Cuando su hija cantaba, la Reina no la escuchaba, cuando su hija danzaba, la Reina no la veía, cuando su hija se acercaba a la Reina, ésta no la sentía, porque estaba demasiado ocupada calculando el tiempo que le quedaba antes de que le arrebataran a la niña.