– Aquí las tiene, milady -dijo la criada-. Traje el juego con el broche de rubíes. Alegre y festivo para una ocasión tan feliz. Quién lo hubiera imaginado, el almuerzo de cumpleaños de la señorita Rose. ¡Dieciocho años! Lo próximo, un casamiento, recuerde mis palabras…
Mientras la criada seguía hablando, Adeline apartó la mirada, negándose a seguir contemplando su decadencia.
La fotografía seguía colgada donde siempre había estado, a un lado de su tocador. Qué correcta lucía en su vestido de bodas, qué apropiada. Nadie adivinaría en esa foto el intenso autocontrol que había empleado para presentar esa expresión de calma. Linus, por su parte, aparecía como el perfecto caballero. Sombrío tal vez, pero ésa era su costumbre.
Se casaron un año después de la desaparición de Georgiana. Desde el momento de su compromiso, Adeline Langley había trabajado con denuedo para reinventarse. Había decidido convertirse en una mujer digna del gran nombre de Mountrachet: deshaciéndose de su acento norteño y de los placeres pueblerinos, devorando los artículos en Debrett y aprendiendo las artes de la vanidad y el refinamiento. Adeline sabía que tenía que ser el doble de dama que cualquier otra si quería borrar de la memoria de la gente la verdad de sus orígenes.
– ¿Quiere su sombrero verde, lady Mountrachet? -preguntó la criada-. Es que le queda tan bien con este vestido, y querrá un sombrero si es que va a ir hacia la ensenada. Lo dejaré sobre la cama, ¿le parece?
Su noche de bodas no había sido en absoluto como Adeline esperaba. No podía explicarlo, y ciertamente no había palabras para preguntar, pero sospechaba que había sido decepcionante también para Linus. Después compartieron el lecho matrimonial muy ocasionalmente, y menos aún cuando Linus comenzó sus viajes. Tomando fotografías, decía él, pero Adeline sabía la verdad.
Qué inútil se sentía. Qué fracaso como esposa y como mujer. Peor aún, fracaso como dama de sociedad. A pesar de todos sus esfuerzos, rara vez eran invitados. Linus, cuando estaba en Blackhurst, era una compañía tan lamentable, de pie, solo la mayor parte del tiempo, respondiendo a las preguntas cuando era necesario, con beligerantes comentarios. Cuando Adeline enfermó, pálida y agotada, creyó que era por despecho. Sólo cuando su estómago comenzó a expandirse se dio cuenta de que estaba embarazada.
– Ahí lo tiene, lady Mountrachet. Su sombrero está sobre la cama y ya está usted lista para la fiesta.
– Gracias, Poppy. -Alcanzó a sonreír con levedad-. Eso es todo.
Al cerrarse la puerta, Adeline borró su sonrisa y volvió a enfrentarse con su mirada.
Rose era la auténtica heredera de la gloria de Mountrachet. Esa muchacha, la hija de Georgiana, era poco más que un cuclillo, enviado para suplantar a la hija de Adeline. Para empujarla del nido que Adeline había luchado tanto por hacer propio.
Por un tiempo se había mantenido el orden. Adeline se aseguró de decorar a Rose con nuevos y encantadores vestidos, un bello sofá sobre el cual sentarse, mientras que Eliza era vestida con los trajes de la temporada anterior. Los modales de Rose, su naturaleza femenina, eran perfectos, mientras que Eliza no podía ser educada. Adeline estaba en calma.
Pero a medida que las niñas crecían, que crecían imparables hacia la madurez, las cosas comenzaron a cambiar, a escapar del control de Adeline. La habilidad de Eliza en la escuela era una cosa -a nadie le gustaba una mujer inteligente-, pero ahora que pasaba tanto tiempo al aire libre, expuesta a la fresca brisa marina, su aspecto había adquirido un saludable brillo, su cabello, su maldito cabello rojo, había crecido largo, y ya no era una delgaducha.
Días atrás, Adeline había escuchado a uno de los criados comentar lo bella que era la señorita Eliza, más bella incluso que su madre, lady Georgiana. Adeline había quedado paralizada cuando escuchó pronunciar ese nombre. Después de tantos años de silencio, ahora la acechaba en cada rincón. Riéndose de ella, recordándole su propia inferioridad, su fracaso en intentar parecerse, a pesar de haber trabajado tanto más duro que Georgiana.
Adeline sintió un sordo latir en sus sienes. Alzó una mano y se las apretó levemente. Algo le sucedía a Rose. Ese punto en sus sienes era el sexto sentido de Adeline. Desde que Rose era un bebé, Adeline había anticipado los males de su hija. Era como un lazo que no podía romperse, de madre a hija.
Y ahora volvían a latirle las sienes. Adeline apretó los labios, decidida. Observó su severo rostro como si le perteneciera a una desconocida, la dama de una casa noble, una mujer cuyo control era infranqueable. Inhaló fuerza en los pulmones de esa mujer. Rose debía ser protegida, la pobre Rose que había fallado al no reconocer a Eliza como una amenaza.
Una idea comenzó a formarse en la mente de Adeline. No podía alejar a Eliza, Linus nunca lo permitiría y la pena de Rose sería demasiado grande, y además, era mejor mantener cerca a los enemigos, pero tal vez Adeline podía encontrar un motivo para llevar a Rose al extranjero por un tiempo. ¿A París o Nueva York? Darle una oportunidad de brillar sin el inesperado reflejo de Eliza llamando la atención de todos, estropeando todas las oportunidades de Rose…
Adeline se alisó la falda mientras se dirigía hacia la puerta. Una cosa era segura; hoy no visitarían la cala. Había hecho una tonta promesa en un momento de debilidad. Gracias a Dios todavía había tiempo de corregir ese error de juicio. No debía permitir que la perversidad de Eliza ensuciara a Rose.
Cerró la puerta a su paso y comenzó a avanzar por el pasillo, agitando sus faldas. En cuanto a Linus, él se mantendría ocupado. Ella era su esposa, y era su deber asegurarse de que no tuviera oportunidad de sufrir bajo sus propios impulsos. Lo enviaría a Londres. Imploraría a las esposas de los ministros del Gobierno que solicitaran sus servicios, que sugirieran exóticos lugares para fotografiar, que lo enviaran lejos. No permitiría que Satanás encontrara ocupación para sus ociosas manos.
Linus se reclinó contra el respaldo del asiento en el jardín y colgó su bastón en el decorativo apoyabrazos. El sol se estaba poniendo y el atardecer se extendía, naranja y rosado, sobre el extremo oeste de la propiedad. Había llovido en abundancia durante el mes, y el jardín brillaba. Aunque no es que a Linus le importara.
Durante siglos, los Mountrachet habían sido horticultores. Antepasado tras antepasado habían viajado a lo largo y ancho del planeta en busca de especímenes exóticos con los que enriquecer sus tierras. Linus, sin embargo, no había heredado el impulso jardinero. Eso había desaparecido con su hermana menor…
Bueno, ahora eso no era completamente cierto.
Había habido una época, tiempo atrás, cuando se ocupaba del jardín. Cuando, de niño, había seguido a Davies en su recorrido, maravillándose frente a las espinosas flores en el jardín de las Antípodas, las pinas en el invernadero, el modo en el que nuevos brotes aparecían de la noche a la mañana, ocupando el lugar de las semillas que había ayudado a plantar.
Y lo más milagroso de todo: en el jardín, la vergüenza de Linus había desaparecido. A las plantas, los árboles, las flores, no les importaba nada que su pierna izquierda hubiera dejado de crecer y fuese varios centímetros más corta que la derecha. Que su pie izquierdo fuera un apéndice inútil, deformado y curvo, monstruoso. Había un lugar para todo y para todos en el jardín de Blackhurst.
Entonces, cuando Linus tenía siete años, se perdió en el laberinto. Davies le había advertido que no entrara solo, que el camino era largo y oscuro, lleno de obstáculos, pero Linus se había sentido mareado de excitación como el niño que era. El laberinto con sus densos y frondosos muros, su promesa de aventuras, lo había atraído. Él era un caballero, que partía a dar batalla contra el más fiero dragón de la comarca, e iba a emerger triunfante. Encontraría la salida al otro lado.