Sentía las mejillas calientes. Hacía mucho calor allí dentro. Regresó a la cocina y bajó el fuego para retardar la cocción. Se preguntó si debía haber preparado una comida.
.Afuera, un ruido.
Las puertas de su compostura se disolvieron. Estaba allí.
Abrió la puerta, y él entró sin decir palabra.
Se le veía tan grande en el estrecho pasillo, y aunque a estas alturas ella lo conocía bien se sentía tímida, no podía mirarlo a los ojos.
Él también estaba nervioso; saltaba a la vista, aunque hacía todo lo posible por ocultarlo.
Se sentaron frente a frente en la mesa de la cocina y la luz de la lámpara tembló entre ambos. Un lugar extraño para sentarse en una noche semejante, pero así eran las cosas. Ella se miró las manos, se preguntó cómo proceder. Todo había parecido tan sencillo al principio. Pero ahora, el camino a seguir estaba trabado por hilos esperando que se tropezaran. Tal vez esos encuentros siempre fueran así.
Él se acercó.
Ella respiró hondo, mientras él tomaba un mechón de sus cabellos entre dos de sus dedos. Lo examinó durante lo que pareció una eternidad. Miró no tanto al cabello sino al extraño hecho de su cabello entre sus dedos.
Por fin, alzó los ojos y la miró. Su mano se acercó hasta descansar en la mejilla de ella. Entonces él sonrió, y también ella. Suspiró con alivio y con algo más. Él abrió la boca y dijo…
– ¿Hola? -Un fuerte golpeteo-. ¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Cassandra abrió los ojos parpadeando. La manzana que tenía en la mano cayó al suelo.
Pesados pasos, y luego un hombre de pie junto a la puerta, un hombre alto, fornido, pasados los cuarenta. Cabello oscuro, ojos oscuros, sonrisa ancha.
– Hola -dijo, alzando las manos con gesto de rendición-. Parece como si hubiera visto un fantasma.
– Me ha asustado -explicó Cassandra a la defensiva, levantándose de la silla.
– Lo siento -se disculpó el hombre avanzando un paso-. La puerta estaba abierta. No me di cuenta de que estaba echándose una siesta.
– No lo estaba. Quiero decir, estaba, pero no quería. Sólo pretendía sentarme un rato… -La explicación de Cassandra se diluyó mientras su mente volvía hacia el sueño. Había pasado mucho tiempo desde que soñara con algo remotamente erótico, y un largo tiempo desde que hiciera algo remotamente erótico. No desde Nick. Bueno, no algo que contara, no algo que ella quisiera recordar. ¿De dónde le había venido?
El hombre sonrió y extendió la mano.
– Soy Michael Blake, paisajista maravilloso. Usted debe de ser Cassandra.
– Así es. -Se sonrojó mientras él le estrechaba la mano con un enorme y cálido apretón.
Él sacudió levemente la cabeza, sonriendo.
– Mi colega me dijo que las muchachas australianas eran las más bonitas, pero nunca le creí. Ahora veo que decía la verdad.
Cassandra no sabía adónde mirar, y se decidió por un punto distante más allá del hombro izquierdo de él. Semejante flirteo la ponía, en el mejor de los casos, incómoda, pero su sueño la había dejado doblemente turbada. Todavía podía sentirlo, flotando en los rincones del cuarto.
– ¿Me dijeron que tiene un problema con un árbol?
– Sí. -Cassandra parpadeó y asintió, mientras dejaba su sueño a un lado-. Sí. Lo tengo. Gracias por venir.
– Jamás pude resistirme a una dama en apuros. -Volvió a sonreír, con su ancha y relajada sonrisa.
Ella se envolvió en su chaqueta. Intentó devolverle la sonrisa, pero sólo consiguió parecer una remilgada.
– Es por aquí. En las escaleras.
Michael la siguió por el pasillo, se inclinó para echar un vistazo en la curva de la escalera. Dio un silbido.
– Uno de los viejos pinos. Parece que lleva ahí bastante tiempo. Probablemente cayó durante la gran tormenta del noventa y cinco.
– ¿Puede quitarlo?
– Claro que puedo. -Michael miró por encima de su hombro, más allá de Cassandra-. Trae la motosierra, ¿quieres, Chris?
Cassandra se volvió; no se había percatado de que hubiera alguien más en el cuarto con ellos. Otro hombre estaba de pie detrás, más delgado que el primero, algo más joven. De cabello castaño claro que se rizaba en torno al cuello. Piel oliva, ojos pardos.
– Christian -se presentó, asintiendo levemente. Extendió la mano, dudó, se la limpió en sus vaqueros y volvió a extenderla.
Cassandra le tendió la suya.
– La motosierra, Chris -dijo Michael-. Vamos, apresúrate.
Michael alzó una ceja mirando a Cassandra cuando Christian salió.
– Tengo que estar en el hotel en media hora, más o menos, pero no tema, dejaré la mayor parte del trabajo listo y mi fiel asistente se quedará para terminar. -Sonrió, mirándola a los ojos, de un modo que le resultó imposible sostener-. Así que éste es su lugar. He vivido en el pueblo toda mi vida y nunca creí que tuviera dueño.
– A mí todavía me cuesta creerlo.
Michael enarcó una ceja mientras observaba el desorden del cuarto.
– ¿Qué hace una encantadora muchacha australiana en una casa como ésta?
– La heredé. Mi abuela me la dejó.
– ¿Su abuela era inglesa?
– Australiana. La compró en los años setenta, durante unas vacaciones.
– Qué regalito. ¿No podía haber encontrado algún trapito que le gustara?
Un ruido en la puerta, Christian regresó cargando una enorme motosierra.
– ¿Es ésta la que quieres?
– Es una sierra con una cadena -indicó Michael, guiñando un ojo a Cassandra-. Diría que es ésa.
El pasillo era angosto y Cassandra se puso de lado para dejar pasar a Christian. Ella no lo miró a los ojos, sino que pretendió estar interesada en una tabla del suelo suelta, junto a sus pies. El modo en el que Michael le había hablado a Christian la hizo sentir avergonzada.
– Chris es nuevo en el negocio -explicó Michael, ajeno a la incomodidad de Cassandra-. Todavía no distingue una motosierra de una cortadora. Está un poco verde pero lo convertiremos en un verdadero leñador. -Sonrió-. Es un Blake, lo lleva en la sangre. -Le dio a su hermano un golpe amistoso y los dos hombres volvieron su atención a la tarea frente a ellos.
Cassandra se sintió aliviada cuando la motosierra comenzó a funcionar y quedó libre, por fin, para huir al jardín. Aunque sabía que sería mejor pasar el tiempo deshaciéndose de las enredaderas que entraban en la casa, se había despertado su interés. Estaba decidida a encontrar un paso por ese muro, aunque le llevara todo el día.
El sol ahora estaba en lo alto y encontrar sombra era un lujo. Cassandra se quitó la chaqueta y la dejó sobre una roca cercana. Las pequeñas manchas del sol bailaban sobre sus brazos y pronto sintió su cabeza cálida al tacto. Deseó haber recordado traer un sombrero.
Mientras buscaba entre los setos, y metía la mano en un agujero tras otro, evitando las espinas, sus pensamientos volvieron hacia el sueño. Había sido particularmente vivido, y podía recordar cada detalle: suspiros, olores, e incluso la penetrante disposición del sueño. Innegablemente erótico, enlazado con deseos prohibidos.
Cassandra sacudió la cabeza, apartando las guedejas de la confusión y emoción no deseadas. Volvió sus pensamientos hacia el misterio de Nell. La noche anterior se había quedado hasta tarde leyendo su cuaderno. Una tarea que era más fácil pensar que llevar a cabo. Como si las manchas de moho no hicieran las cosas de por sí difíciles, la deplorable caligrafía de Nell se había deteriorado aún más al llegara Cornualles. Más estirada, inclinada, retorcida. Escribía más rápido, hubiera apostado Cassandra, más excitadamente.