Sin embargo, Cassandra se las estaba arreglando. Había quedado hechizada por el recuento de los recuerdos recobrados por Nell, su certeza de haber visitado la cabaña de niña. Cassandra apenas podía esperar a ver los cuadernos de recortes que Julia había encontrado, los diarios que la madre de Nell había llenado, una vez, con sus pensamientos más íntimos. Porque seguramente éstos arrojarían más luz sobre la infancia de Nell, ofreciendo, quizá, pistas vitales sobre su desaparición junto a Eliza Makepeace.
Un silbido, fuerte y agudo. Cassandra alzó la vista, esperando ver a algún tipo de ave.
Michael estaba de pie junto a la esquina de la casa, mirándola trabajar. Indicó los setos.
– Impresionante cosecha la que tiene ahí.
– Nada que un poco de poda no resuelva -dijo ella, poniéndose de pie con torpeza. Se preguntó cuánto tiempo la habría estado mirando.
– Un año de poda y una motosierra. -Michael sonrió-. Ahora me vuelvo al hotel. -Inclinó la cabeza en dirección a la cabaña-. Hemos progresado bastante. Dejo a Chris para que ordene un poco las cosas. Tiene que poder arreglárselas. Asegúrese de que deje todo a su gusto.
Hizo una pausa y volvió a mostrar su ingenua sonrisa.
– Tiene mi número de teléfono, ¿verdad? Llámeme. Le mostraré alguno de los lugares interesantes de la zona cuando vaya al pueblo.
No era una pregunta. Cassandra sonrió levemente y se arrepintió de inmediato. Sospechaba que Michael era del tipo que asumía cualquier respuesta como un sí. Tal cual, le guiñó un ojo mientras volvía hacia el frente de la casa.
Con un suspiro, Cassandra se volvió hacia el muro. Christian había subido por el agujero causado por el árbol y ahora estaba en el tejado, usando un serrucho para cortar las ramas en trozos. Mientras a Michael se le veía muy pausado, Christian tenía una intensidad que parecía desbordar todo lo que hacía y tocaba. Cambió de postura y Cassandra apartó la vista con rapidez, fingiendo un ávido interés en el muro.
Continuaron trabajando, y el silencio tendido entre ambos amplificó cualquier ruido que produjeran: el serrar de Christian; el piar de los pájaros entre las tejas del tejado; el leve ruido del agua, corriendo en alguna parte. Normalmente, Cassandra era feliz trabajando sin hablar; estaba habituada a estar sola, por lo general lo prefería. Sólo que esto no era estar solo, y cuanto más pretendía que lo era, más estático se hacía el silencio.
Por fin, no pudo soportarlo.
– Aquí atrás hay un muro -señaló, en voz alta, un tanto más estridente de lo que había querido-. Lo encontré antes.
Christian apartó la vista de la pila de madera. La miró como si hubiera comenzado a recitar la tabla periódica de elementos.
– No sé qué es lo que hay al otro lado -se apresuró a añadir-. No puedo encontrar una verja y el plano que mi abuela recibió con los documentos no muestra nada. Sé que hay un montón de hiedras y ramas, pero pensé que tal vez fueras capaz de verlo desde ahí arriba.
Christian se miró las manos, parecía a punto de hablar.
Una idea cruzó la mente de Cassandra: el hombre del sueño tenía unas manos bonitas. La apartó rápidamente.
– ¿Puedes ver qué hay del otro lado de la pared?
Él apretó los labios, se sacudió las manos en los vaqueros y asintió levemente.
– ¿Puedes? ¿Qué hay? ¿Puedes decírmelo?
– Puedo hacer algo mejor-dijo, sosteniéndose del alero, para poder bajar de un salto desde el tejado-. Ven, te lo mostraré.
***El agujero era muy pequeño, justo en la base del muro, y oculto de tal manera que Cassandra podía haber estado buscándolo un año sin hallarlo. Christian estaba arrodillado, apartando la maleza a su alrededor.
– Primero las damas -dijo, sentándose.
Cassandra lo miró.
– Pensé que tal vez hubiera una verja.
– Ya la encontrarás; yo te sigo.
– Pretendes que… -Echó una mirada al agujero-. No sé si podré, si es que veo cómo…
– Boca abajo. No es tan estrecho como parece.
Respecto a eso, Cassandra tenía sus dudas. Parecía muy estrecho. Daba igual, la inútil búsqueda de ese día sólo había cimentado su decisión: necesitaba saber qué había al otro lado. Se agachó hasta quedar a la altura del agujero y echó una mirada de reojo a Christian.
– ¿Crees que esto es seguro? ¿Lo has hecho antes?
– Por lo menos cien veces. -Se rascó el cuello-. Claro que era más joven y más pequeño pero… -Hizo un mohín con los labios-. Es una broma. Lo siento. Estarás bien.
Sintió algo de alivio una vez que sacó la cabeza al exterior y se dio cuenta de que no iba a morir con el cuello atorado debajo de un muro de piedra. Al menos no en la entrada. Pasó el resto del cuerpo tan rápidamente como le fue posible y se puso de pie. Se sacudió las manos y miró a su alrededor, con ojos enormes.
Era un jardín, un jardín cercado. Cubierto de malezas pero de una bella estructura. Alguien había cuidado en su día de este jardín. Los vestigios de dos senderos serpenteaban de un lado a otro, entrelazándose como los cordones de un zapato de baile irlandés. Árboles frutales habían sido atados por los lados a un espaldar, y los alambres zigzagueaban de la parte superior de un muro a la otra. Los hambrientos zarcillos de la glicinia habían crecido sobre ellos formando una suerte de dosel.
Contra el muro sur, crecía un antiguo y nudoso árbol. Cassandra se acercó. Se dio cuenta de que era el manzano, cuya rama había traspasado el muro. Alzó su mano para tocar una de sus doradas frutas. El árbol tenía unos cinco metros de alto y tenía la forma del bonsái que Nell le había dado a Cassandra por su duodécimo cumpleaños. Con el paso de las décadas el pequeño tronco se había inclinado y alguien se había tomado el trabajo de apuntalarlo con un madero bajo una larga rama para absorber parte de su peso. Una quemadura, a medio camino, sugería que había sido herido por un relámpago años atrás. Cassandra pasó sus dedos a lo largo de la quemadura.
– Este lugar es mágico, ¿no? -Christian estaba de pie en el centro del jardín, junto a un herrumbroso banco metálico-. Incluso de niño pude percibirlo.
– ¿Solías venir aquí?
– Todo el tiempo. Lo consideraba mi lugar secreto. Nadie más sabía de él. -Se encogió de hombros-. Bueno, casi nadie.
Más allá de Christian, al otro lado del jardín, Cassandra pudo ver algo brillando contra la pared cubierta de hiedra. Se acercó. Era de metal, brillante bajo el sol. Una puerta. Zarcillos como cuerdas la cubrían, una telaraña gigante bloqueando la entrada a la madriguera de la araña. O la salida, dependiendo del caso.
Christian se acercó y entre ambos retiraron varias de las ramas. Había un picaporte de bronce, ennegrecido por el tiempo. Cassandra lo sacudió. La puerta estaba cerrada.
– Me pregunto adónde conduce.
– Hay un laberinto al otro lado que atraviesa toda la propiedad -explicó Christian-. Termina cerca del hotel. Michael ha estado trabajando para recuperarlo en estos últimos meses.
El laberinto, por supuesto. Ella conocía su existencia. ¿Dónde había leído Cassandra sobre el laberinto? ¿En el cuaderno de Nell? ¿En uno de los folletos turísticos del hotel?
Una temblorosa libélula pasó cerca, antes de salir volando; luego ambos se volvieron hacia el centro del jardín.
– ¿Por qué compró tu abuela la cabaña? -preguntó Christian, quitándose una hoja seca del hombro.
– Nació en los alrededores.
– ¿En el pueblo?
Cassandra dudó, preguntándose cuánto más podía revelar.
– En esta propiedad, a decir verdad. Blackhurst. No lo supo sino a la muerte de su padre adoptivo, cuando tenía unos sesenta años. Averiguó que sus padres eran Rose y Nathaniel Walker. Él era…
– Un artista, lo sé. -Christian tomó un palo del suelo-. Tengo un libro con ilustraciones suyas, un libro de cuentos de hadas.