Adeline conocía muy bien esta debilidad, porque era la suya. También sabía qué es lo que debía hacer, exactamente. Tenía que asegurarse de que recibiera todas las ventajas; debía convertirse en su mayor defensora, promover su arte entre lo mejor de la sociedad, asegurarse de que su nombre se convirtiera en sinónimo del retrato de la élite. Con su sonoro apoyo, con su buen aspecto y encanto, por no mencionar a Rose como su esposa, él no podía dejar de impactar.
Y Adeline se aseguraría de que no olvidara nunca quién era responsable de su buena fortuna.
Eliza dejó caer la carta a su lado, sobre la cama. Rose estaba comprometida, se iba a casar. La noticia no debería haberle resultado tan sorprendente. Rose había hablado con frecuencia de sus sueños para el futuro, su deseo de tener esposo y familia, una gran casa y un carruaje propio. Y sin embargo, Eliza se sintió rara.
Abrió su nuevo cuaderno y pasó los dedos levemente sobre la primera página, manchada por gotas de lluvia. Trazó una línea con su lápiz, miró distraída cómo cambiaba de oscura a ciara dependiendo de si la superficie estaba húmeda o seca. Comenzó una historia, anotando y tachando durante un tiempo antes de dejar el cuaderno a un lado.
Por fin, Eliza se reclinó contra la almohada. No había modo de negarlo, se sentía rara: algo en lo más hondo de su estómago, redondo y pesado, afilado y amargo. Se preguntó si se habría resfriado. ¿Tal vez era la lluvia? Mary le había advertido con frecuencia sobre quedarse fuera demasiado tiempo.
Volvió la cabeza para mirar a la pared, a la nada. Rose, su prima, a la que entretenía con sus historias, conspiradora dispuesta, iba a casarse. ¿Con quién compartiría Eliza su jardín oculto? ¿Sus historias? ¿Su vida? ¿Cómo es que un futuro imaginado con tanto detalle -años extendiéndose por delante, llenos de viajes, aventuras y escritura- podían acabar tan de repente, tan enfáticamente, en una quimera?
Su mirada se deslizó a un lado hasta descansar en el frío cristal del espejo. Eliza no miraba con frecuencia su imagen en el espejo y en el tiempo que había transcurrido desde que había visto su propio eco, algo había desaparecido. Se sentó y se acercó. Se examinó.
La idea le llegó completamente formada. Sabía qué es lo que había perdido. Ese reflejo pertenecía a un adulto. No había lugar en sus ángulos para que el rostro de Sammy se ocultara. Se había marchado.
Y ahora Rose también se marchaba. ¿Quién era este hombre que le había robado a su más querida amiga en menos de un parpadeo?
Eliza no podía haberse sentido tan enferma aunque hubiera tragado uno de los adornos navideños realizados por Mary, una de las naranjas decoradas con clavos de olor.
Envidia, así es como se llamaba ese bulto. Envidiaba al hombre que había sanado a Rose, que había hecho con tanta facilidad lo que Eliza había querido hacer, que había hecho que el afecto de su prima cambiara tan rápido y completamente. Envidia. Eliza susurró la aguda palabra y sintió sus venenosas espinas punzándole la boca.
Se apartó del espejo y cerró los ojos, se obligó a olvidar la carta y la horrible noticia. No quería ser envidiosa, albergar ese manojo espinoso. Porque Eliza sabía por los cuentos de hadas qué destino aguarda a las malvadas hermanas hechizadas por la envidia.
35
Cornualles, 2005
El apartamento de Julia estaba en lo más alto de la casa, y se accedía a él por una increíblemente angosta escalera al final del pasillo del segundo piso. Cuando Cassandra dejó su cuarto, el sol ya había comenzado a fundirse con el horizonte, y el pasillo estaba casi por completo a oscuras. Golpeó la puerta y esperó, apretando el cuello de la botella de vino que había traído consigo. Una decisión de última hora mientras regresaba a su casa con Christian, atravesando la población.
La puerta se abrió y allí estaba Julia, envuelta en un brillante quimono rosado.
– Entra, entra -dijo, haciendo un gesto a Cassandra para que la siguiera mientras atravesaba el apartamento-. Estoy terminando de preparar nuestra cena. Espero que te guste la comida italiana.
– Me encanta -dijo Cassandra, apresurándose a seguirla.
Lo que en su día fue una serie de pequeños dormitorios albergando un ejército de sirvientas había sido desmantelado y reformado para crear un apartamento estilo loft. Ventanas de buhardilla recorrían ambos muros a los lados y seguramente tendrían una vista increíble de la propiedad durante el día.
Cassandra se detuvo a la entrada de la cocina. Todas las superficies estaban cubiertas de ollas y tazas, latas de tomate con la tapa colgando a un lado, brillantes cuencos de aceite de oliva y jugo de limón y otros misteriosos ingredientes. A falta de lugar donde dejarlo, extendió la mano con su ofrenda.
– Eres un encanto. -Julia descorchó la botella, luego tomó una gran copa del estante encima del banco, y escanció el vino desde una altura teatral. Se lamió una gota de shiraz que le cayó en un dedo-. Personalmente, no bebo nada que no sea ginebra -confesó guiñándole un ojo-. Te mantiene joven; es puro, sabes. -Le entregó la copa del pecaminoso líquido rojo a Cassandra y se dirigió a la cocina-. Ahora ve y ponte cómoda.
Le indicó un sillón en el centro del cuarto, y Cassandra se sentó. Ante ella había un arcón de madera, que hacía las veces de mesita de café, y en el centro, una pila de viejos cuadernos de recortes, cada uno con una gastada tapa de cuero.
Un estremecimiento de excitación recorrió el cuerpo de Cassandra y sintió sus dedos cosquillear de deseo.
– Siéntate y echa una ojeada mientras le doy los toques finales a nuestra cena.
Cassandra no necesitó que se lo dijeran dos veces. Tomó el cuaderno de recortes de encima de la pila y pasó su mano con delicadeza sobre la superficie. El cuero había perdido toda su aspereza y era terso y suave como terciopelo.
Inhalando anticipadamente, Cassandra abrió la tapa y leyó, escrito con bella y precisa caligrafía: Rose Elizabeth Mountrachet Walker, 1909. Recorrió las palabras con la yema del dedo y sintió las leves marcas en el papel. Se imaginó la pluma que las había trazado. Con cuidado, pasó las hojas hasta que llegó a la primera anotación.
Un nuevo año. Uno en el que existe la promesa de increíbles eventos. Apenas he sido capaz de concentrarme desde que el doctor Matthews llegó y me dio su veredicto. Confieso que los desmayos de los últimos tiempos me tenían gravemente preocupada, y no era la única. Sólo necesitaba mirar el rostro de mamá para ver la ansiedad escrita en él. Mientras el doctor Matthews me examinaba, yo permanecí inmóvil, los ojos fijos en el techo, obligando a mi mente a apartar el miedo, recordando los momentos más felices de mi vida hasta ese instante. El día de mi casamiento, por supuesto; mi viaje a Nueva York; el verano en el que Eliza llegó por primera vez a Blackhurst… ¡Qué brillantes parecen tales recuerdos cuando la vida que catalogan está amenazada!
Después, cuando mamá y yo nos sentamos una al lado de la otra en el sofá, esperando el diagnóstico del doctor Matthews, su mano tomó la mía. Estaba helada. La miré, pero ella no quiso mirarme. Fue entonces cuando de veras comencé a preocuparme. A través de todas mis dolencias infantiles, mamá era la que mantenía un espíritu positivo. Me pregunté por qué su confianza ahora la había abandonado, qué es lo que había intuido que le daba semejante motivo de preocupación. Cuando el doctor Matthews se aclaró la garganta, apreté la mano de mamá y esperé. Lo que dijo, empero, fue más sorprendente que cualquier otra cosa que pudiera haber soñado.