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Sus ojos buscaron los de ella, y Nell sintió que algo en su interior se agitaba. Comprendió: él había estado buscando la absolución por largo tiempo.

– No -dijo-. No se puede.

Él suspiró, habló tan bajo que Nell tuvo que girar la cabeza hacia un lado para poder escucharlo.

– A veces el cuerpo quiere cosas que la mente no puede explicar, ni siquiera puede aceptar. Todos mis pensamientos estaban dirigidos a Eliza. No podía evitarlo. Era como un, como una…

– ¿Adicción?

– Exactamente. Me parecía que sólo podía ser feliz si estaba con ella.

– ¿Ella sentía lo mismo?

Él alzó las cejas y sonrió tristemente.

– ¿Sabe? Por un tiempo, pensé que sí. Había algo en ella, cierta intensidad. La habilidad de hacerte sentir como que no había otro lugar ni otra persona con quien prefiriera estar. -Rió, con algo de dureza-. Muy pronto comprendí mi error.

– ¿Qué sucedió?

Apretó los labios y por un horrible segundo Nell pensó que se había acabado la historia. Suspiró aliviada cuando él continuó.

– Fue una noche de primavera. Debió de ser en 1908 o 1909. Había tenido un gran día con los barcos, traje un gran cargamento y lo estuve celebrando con algunos de los muchachos. Reuní un poco de coraje gracias al alcohol y de camino a casa me encontré subiendo por el sendero del acantilado. Una tontería, lo sé. Era un camino estrecho en aquella época, no había sido transformado en carretera, y apenas si cabía una cabra, pero no me importó. Se me metió en la cabeza que iba a pedirle que se casara conmigo. -Le tembló la voz-. Pero cuando llegué cerca de la cabaña vi a través de la ventana…

Nell se inclinó hacia delante.

Él se reclinó en su silla.

– Bueno, ya ha oído antes esta historia.

– ¿Estaba con otra persona?

– No era cualquier persona. -Sus labios temblaron al pronunciar las palabras-. Era una persona muy cercana. -William se frotó el ojo, examinó sus dedos buscando una molestia inexistente-. Estaban… -Miró de reojo a Nell-. Bueno, ya puede imaginarse.

Fuera, un ruido y una ráfaga de aire frío. La voz de Robyn se escuchó por el pasillo.

– Hace frío afuera. -Entró en la sala-. Lamento haber llegado tarde. -Miró esperanzada a ambos, pasándose las manos por sus cabellos húmedos-. ¿Todo bien por aquí?

– No podía estar mejor, mi niña -dijo William, echando una rápida ojeada a Nell.

Nell asintió levemente. No tenía intención de divulgar el secreto del anciano.

– Iba a ocuparme de mi guiso -dijo William-. Acércate y deja que los gastados ojos de Gump puedan verte.

– ¡Gump! Te dije que prepararía el té. Traje todo conmigo.

– Humm -refunfuñó, poniéndose de pie con esfuerzo y manteniendo el equilibrio-. Cada vez que tú y ese chico tuyo os juntáis, no hay modo de saber si recordarás a tu viejo Gump, si es que lo recuerdas. Me pareció que si no me ocupaba de mí mismo tendría muchas posibilidades de pasar hambre.

– Oh, Gump -le regañó mientras llevaba la bolsa del mercado a la cocina-. De veras, eres el colmo. ¿Cuándo me he olvidado de ti?

– No eres tú, querida. -Caminó a rastras detrás de ella-. Es ese novio que tienes. Como todos los abogados, es un charlatán.

Mientras ambos mantenían una discusión familiar sobre si estaba o no más allá de las habilidades físicas de William el cocinar y servir el guiso, Nell repasó mentalmente todo lo que William le había dicho. Comprendió por fin por qué insistía tanto en decir que la cabaña estaba, de alguna manera, manchada, triste; y no había duda de que para él así era. Pero William se había distraído por su propia confesión y era tarea de Nell llevarlo de regreso hacia donde necesitaba. Lo de menos era la curiosidad que sentía sobre con quién había estado Eliza esa noche, ése no era el centro del asunto, pero forzar a William sólo conseguiría que se retrajera. No podía arriesgarse a eso, no sin antes averiguar por qué Eliza podía haberla apartado a ella de Rose y Nathaniel Walker, por qué la había enviado a Australia, a una vida completamente diferente.

– Aquí estamos. -Robyn apareció llevando una bandeja cargada con tres cuencos humeantes.

William la siguió, algo tímidamente, y se dejó deslizar sobre su silla.

– Todavía preparo el mejor guiso de pescado de este lado de Polperro.

Robyn alzó las cejas en dirección a Nell.

– Nadie lo pone en duda, Gump -dijo, entregándole un cuenco por encima de la mesa.

– Sólo mi habilidad para llevarlo de la cocina a la mesa.

Robyn suspiró teatralmente.

– Deja que te ayudemos, Gump, es lo único que pedimos.

Nell apretó los dientes; necesitaba evitar que la discusión fuera a más, no podía arriesgar volver a perder a William en una rabieta.

– Delicioso -exclamó en voz alta, probando el guiso-. La cantidad perfecta de salsa Worcestershire.

William y Robyn la miraron, parpadeando, las cucharas a medio camino.

– ¿Qué? -Nell los miró a ambos-. ¿Qué sucede?

Robyn abrió la boca, y la volvió a cerrar, como un pez.

– La salsa Worcestershire.

– Es nuestro ingrediente secreto -dijo William-. Ha estado en la familia durante generaciones.

Nell se encogió de hombros, disculpándose.

– Mi madre solía preparar guiso de pescado, al igual que su madre. Siempre usaban salsa Worcestershire. Supongo que también era su ingrediente secreto.

William inspiró lentamente a través de las abiertas fosas nasales y Robyn se mordió el labio.

– Sea como sea está delicioso -declaró Nell tomando otro sorbo-. El dar con la cantidad exacta, ése es el truco.

– Dime, Nell -dijo Robyn, aclarándose la garganta, evitando conscientemente la mirada de William-. ¿Encontraste algo de utilidad en los papeles que te di?

Nell sonrió agradecida. Robyn al rescate.

– Fueron muy interesantes. Disfruté mucho con el artículo periodístico sobre la botadura del Lusitania.

Robyn sonrió extasiada.

– Debió de ser tan excitante, una botadura tan importante. Es terrible pensar lo que le pasó a ese hermoso navio.

– Alemanes -increpó Gump, con la boca llena-. Un sacrilegio, un acto de salvajismo.

Nell se imaginó que los alemanes sentirían lo mismo respecto al bombardeo de Dresde, pero ahora no era el momento de plantearlo, y William no era la persona con quien tener semejante discusión. Así que se mordió la lengua y continuó con la agradable y vana conversación con Robyn sobre la historia del pueblo y de la casa en Blackhurst hasta que, por fin, Robyn se excusó para llevar los platos y traer el postre.

Nell observó cómo se marchaba de la sala, y entonces, consciente de que podía ser la última oportunidad para hablar a solas con William, decidió aprovecharla.

– William -dijo-. Hay algo que quiero preguntarle.

– Pregunte.

– Conociendo a Eliza…

Chupó su pipa, asintiendo una vez.

– ¿Por qué cree que me llevó consigo? ¿Cree que quería tener una niña?

William exhaló una nube de humo. Mordió su pipa y habló con ella en la boca.

– No me suena propio de ella. Era un espíritu libre. No del tipo que buscaba responsabilidades domésticas, y mucho menos arrebatárselas a otro.

– ¿Se habló algo del asunto en el pueblo? ¿Alguien tenía alguna teoría?

– Todos creímos que la niña, que usted, había sido víctima de la escarlatina. Nadie dudó de esa parte. -Se encogió de hombros-. En cuanto a la desaparición de Eliza, nadie pensó mucho al respecto. No era la primera vez.

– ¿No?

– Ya había hecho lo mismo algunos años antes. -Miró rápidamente en dirección a la cocina, y bajó la voz, evitando los ojos de Nell-. Siempre me culpé por eso. Fue poco después de… de aquello otro que le estaba contando. Me enfrenté con ella, le dije lo que había visto; la llamé toda clase de nombres. Ella me hizo prometerle que no se lo diría a nadie, me dijo que yo no comprendía, que no era lo que parecía. -Rió amargamente-. Todas las cosas que una mujer dice cuando es descubierta en semejante situación.