Nell asintió.
– Sin embargo, hice lo que me pidió, y guardé su secreto. Poco después me enteré en el pueblo de que ella se había marchado.
– ¿Adonde fue?
Sacudió la cabeza.
– Cuando por fin regresó, un año después más o menos, le pregunté una y otra vez, pero ella nunca me lo dijo.
– Ya viene el postre -se escuchó la voz de Robyn desde la cocina.
William se inclinó hacia delante, se quitó la pipa de la boca y señaló a Nell con ella.
– Por eso le pedí a Robyn que la invitara hoy, eso es lo que quería decirle: averigüe adonde fue Eliza y me imagino que estará en camino de resolver su misterio. Porque si algo puedo decirle es que a donde quiera que fuera, era otra cuando volvió.
– ¿Cómo otra?
Sacudió la cabeza al recordar.
– Cambiada, menos ella misma, de alguna manera. -Apretó los dientes en torno a su pipa-. Le faltaba algo, y nunca volvió a ser la misma.
TERCERA PARTE
37
Mansión Blackhurst, Cornualles, 1907-1908
En la mañana prevista para el regreso de Rose de Nueva York, Eliza fue temprano al jardín escondido. El sol de noviembre todavía estaba despertando, y el sendero seguía en penumbra; la luz apenas dejaba entrever la hierba, plateada de rocío. Avanzó rápidamente, los brazos cruzados sobre el pecho para protegerse del frío. Había llovido durante la noche y había charcos por todas partes; los evitó lo mejor que pudo, luego abrió con un crujido la puerta del laberinto y comenzó a recorrerlo. Dentro, estaba más oscuro entre las gruesas paredes de setos, pero Eliza podía haber recorrido el laberinto con los ojos cerrados.
Habitualmente, amaba ese breve momento de amanecer cuando la noche anticipaba el alba, pero hoy estaba demasiado distraída para prestarle atención. Desde que había recibido la carta de Rose anunciando su compromiso, había luchado contra sus emociones. La aguda espina de la envidia se había alojado en su vientre y se negaba a darle reposo. Cada día, cuando sus pensamientos volvían a Rose, cuando releía la carta, sentía su imaginación deslizarse hacia el futuro, sentía el miedo azuzándole las entrañas, llenándole con su temido veneno.
Con la carta de Rose, el color del mundo de Eliza había cambiado. Como el calidoscopio del cuarto de juegos que tanto la había deleitado cuando llegara por primera vez a Blackhurst, un giro y las mismas piezas se habían reacomodado para crear una figura completamente diferente. En donde una semana atrás se había sentido segura, cobijada por la certeza de que ella y Rose estaban irrevocablemente unidas, ahora había miedo y se sentía nuevamente sola.
Para cuando entró en el jardín oculto, la luz de la mañana había comenzado a filtrarse por entre la delgada fronda otoñal. Eliza respiró hondo. Había ido al jardín porque era el lugar en donde siempre se sentía centrada, y hoy, más que nunca, necesitaba de su magia.
Pasó la mano por el banco de hierro, salpicado de lluvia, y se sentó en su húmedo borde. El manzano tenía frutas, brillantes globos anaranjados y rosados. Podía llevar algunas para el cocinero, o tal vez arreglar los arriates, o podar la madreselva. Concentrarse en algo para apartar su mente de la llegada de Rose, el pertinaz miedo a que su prima hubiera, a su regreso, cambiado de algún modo.
Porque desde el día de la llegada de la carta de Rose, mientras Eliza se sentía atenazada por la envidia, se había dado cuenta de que no era al hombre, Nathaniel Walker, a quien temía; era el amor de Rose por él. El matrimonio podía soportarlo, pero no un cambio en los afectos de Rose. La mayor preocupación de Eliza era que Rose, quien siempre la había querido a ella por encima de todo, hubiera encontrado un sustituto y no necesitara a su prima más que a nadie.
Se obligó a caminar lentamente y examinar las plantas. La glicinia estaba desprendiéndose de sus últimas hojas, el jazmín había perdido hacía ya tiempo sus flores, pero el otoño había sido leve y las rosáceas rosas seguían abiertas. Eliza se acercó, tomó un capullo a medio abrir entre sus dedos y sonrió al ver la perfecta gota de lluvia atrapada entre sus pétalos.
La idea fue repentina y completa. Debía hacer un ramo, un regalo de bienvenida para Rose. Su prima amaba las flores, pero, más aún, Eliza seleccionaría plantas que fueran un símbolo de su unión. Colocaría hiedra para simbolizar la amistad, rosas para la felicidad, y algunos de los exóticos geranios hoja de roble para los recuerdos…
Eliza eligió cada rama con cuidado, asegurándose de seleccionar sólo los tallos más delicados, los capullos más perfectos, y luego ató el pequeño buqué con una cinta de satén rosado que cortó de su dobladillo. Estaba ajustando el lazo cuando escuchó el familiar sonido de ruedas metálicas resonando sobre las distantes piedras del camino de entrada.
Estaban de regreso. Rose había llegado a casa.
Con el corazón en la garganta, Eliza se recogió las faldas húmedas de rocío, aferró el ramo y comenzó a correr. Zigzagueando de un lado a otro por el laberinto. Pisó los charcos en su prisa, el pulso acelerado siguiendo el ritmo de los cascos de los caballos.
Apareció junto a la verja justo a tiempo para ver el carruaje detenerse en la rotonda de entrada. Hizo una pausa para recuperar el aliento. El tío Linus estaba sentado, como siempre, en el banco de jardín junto a la puerta del laberinto, su pequeña cámara marrón a su lado. Pero cuando él la llamó, Eliza fingió no oírlo.
Llegó a la rotonda cuando Newton estaba abriendo la puerta del carruaje. Le guiñó el ojo a Eliza, quien lo saludó agitando la mano. Apretó los labios mientras esperaba.
Desde que recibiera la carta de Rose, los largos días derivaron en noches aún más largas, y ahora por fin el momento había llegado. El tiempo pareció detenerse: era consciente de su respiración agitada, de su pulso latiéndole en los oídos.
¿Se imaginó el cambio de expresión en el rostro de Rose, la diferencia en su porte?
El ramo cayó de manos de Eliza, quien se agachó para recogerlo de la hierba húmeda.
Debían de haber percibido el movimiento por el rabillo de sus ojos, porque tanto Rose como la tía Adeline se volvieron; una sonrió, la otra no.
Eliza alzó lentamente una mano y saludó. Volvió a bajarla.
Las cejas de Rose se alzaron, en divertido gesto.
– Bueno, ¿no vas a darme la bienvenida a casa, prima?
El alivio se extendió de modo instantáneo por la piel de Eliza. Su Rose estaba de regreso y todo estaría bien. Comenzó a acercarse, a correr, los brazos abiertos. Tomó a Rose de un abrazo.
– Retrocede, niña -ordenó la tía Adeline-. Estás cubierta de barro. Ensuciarás el vestido de Rose.
Rose sonrió y Eliza sintió cómo las agudas espinas de su preocupación se retraían. Por supuesto Rose no había cambiado. Había estado lejos sólo dos meses y medio. Eliza había permitido que el miedo conspirara con la ausencia y diera la impresión de cambio en donde no lo había.
– Prima Eliza, ¡qué maravilloso es volver a verte!
– Y a ti, Rose. -Eliza le entregó el ramo.
– ¡Qué precioso! -Rose se lo llevó a la nariz-. ¿De tu jardín?
– Es hiedra por la amistad, geranios de hojas de roble por los recuerdos…
– Sí, sí, y rosas, ya veo. Qué amable de tu parte, Eliza. -Rose le entregó el ramo a Newton-. Que la señora Hopkins lo ponga en un florero, por favor, Newton.
– Tengo tantas cosas que contarte, Rose -dijo Eliza-. Jamás adivinarás lo que pasó. Una de mis historias…
– ¡Válgame Dios! -rió Rose-. Ni siquiera he llegado a la puerta de entrada y mi Eliza ya me está contando cuentos de hadas.