Adeline sonrió. Había hecho bien. No sólo la fiesta en el jardín había sido lo adecuado para dar la bienvenida a los recién casados, la cuidadosa selección de conocedores, chismosos y trepadores sociales brindaba la mejor oportunidad para correr la voz sobre los retratos de Nathaniel. Junto a las paredes del vestíbulo de entrada, Thomas había colgado los cuadros que consideraba mejores, y luego, cuando se hubiera servido el té, había planeado acompañar a los invitados más selectos a verlos. De ese modo su yerno sería introducido como tema para las plumas ávidas de los críticos de arte y para las lenguas afiladas de quienes imponían la moda en la sociedad.
Todo lo que Nathaniel tenía que hacer era cautivar a los invitados la mitad de lo que había cautivado a Rose. Adeline examinó el grupo y descubrió a su hija sentada junto a Nathaniel y la americana, la señora Hodgson Burnett. Adeline había dudado si invitar a la señora Hodgson Burnett, porque mientras que un divorcio parecía desafortunado, dos era más parecido a la perdición. Pero la escritora tenía, no cabía duda, buenos contactos en el continente, y por lo tanto Adeline había decidido que el beneficio de su asistencia era mayor que su infamia.
Rose rió ante algo que la mujer había dicho y una cálida oleada de satisfacción inundó a Adeline. Rose estaba espectacularmente bella hoy, tan radiante como el muro de rosas que ofrecía un glorioso telón de fondo. Se la veía feliz, pensó Adeline, como una mujer joven debe verse cuando está recién casada, y las promesas y votos acaban apenas de cruzar sus labios.
Su hija volvió a reír, y Nathaniel señaló en dirección al laberinto. Adeline deseaba que no perdieran un tiempo precioso en charlar sobre el jardín amurallado o alguna de las otras tonterías de Eliza cuando debían estar hablando de los retratos de Nathaniel. Porque ¡ah! ¡Qué inesperado don de la providencia el traslado de Eliza!
Durante las semanas de preparativos de la fiesta, Adeline había permanecido despierta noche tras noche preguntándose cómo impedir del mejor modo posible que la muchacha arruinara el día. Qué bendita sorpresa la mañana que apareció junto al escritorio de Adeline pidiendo permiso para ocupar la distante cabaña. En su honor, había que admitir que había conseguido mantener oculta la alegría que sentía. Que Eliza se retirara a la cabaña era el arreglo más deseable a cualquier otro que Adeline hubiera pergeñado, y la retirada había sido total. Adeline no había visto ni sombra de la muchacha desde su partida; toda la casa se sentía más leve y más espaciosa. Por fin, tras ocho largos años, se había librado de la sofocante gravedad de la órbita de la muchacha.
El asunto más espinoso había sido determinar cómo convencer a Rose de que la exclusión de Eliza era lo mejor. La pobre Rose siempre había estado ciega en lo que a Eliza se refería, y nunca había percibido en ella la amenaza que Adeline sabía que existía. De hecho, una de las primeras cosas que su querida niña hizo al llegar de su luna de miel fue preguntar respecto a la ausencia de su prima. Cuando Adeline dio una juiciosa explicación sobre por qué Eliza vivía ahora en la cabaña, Rose había fruncido el ceño -parecía tan repentino, dijo ella- y resolvió ir a ver a Eliza a primera hora del día siguiente.
Tal visita era impensable, por supuesto, si el leve engaño de Adeline iba a desarrollarse como estaba planeado. Por tanto, a la mañana siguiente, inmediatamente después del desayuno, Adeline fue en busca de Rose a sus nuevos aposentos, donde la encontró preparando un delicado arreglo floral. Mientras Rose tomaba un clemátide color crema de entre las demás flores, Adeline preguntó, en tono despreocupado y sereno: «¿Crees que Eliza debe ser invitada a la fiesta del jardín?».
Rose se volvió, la clemátide chorreando agua por el extremo de su tallo.
– Por supuesto que debe venir, mamá. Eliza es mi más querida amiga.
Adeline apretó los labios: era la respuesta que había anticipado y por lo tanto estaba preparada. La apariencia de capitulación es siempre un riesgo calculado, y Adeline lo desplegó con sabiduría. Una secuencia de frases que había preparado de antemano, repetidas una y otra vez por lo bajo, para que brotaran naturalmente de sus labios.
– Por supuesto, querida. Y si tú deseas su presencia, así será. No discutiremos más sobre el asunto. -Sólo después de tan generosa y amplia concesión se permitió un leve suspiro nostálgico.
Rose le estaba dando la espalda, con un ramo de gardenias en,1a mano.
– ¿Qué sucede, mamá?
– Nada, querida.
– ¿Mamá?
Con cuidado, con cuidado.
– Sólo pensaba en Nathaniel.
Esto hizo que Rose alzara la vista, y se sonrojara levemente.
– ¿Nathaniel, mamá?
Adeline estaba de pie, alisándose el frente de su falda. Sonrió alegre a Rose.
– No te preocupes. Estoy segura de que todo le saldrá bien aunque Eliza esté presente.
– Por supuesto que sí. -Rose dudó, antes de acomodar la gardenia en el arreglo floral. No volvió a mirar a Adeline, pero no fue necesario. Adeline podía imaginar la incertidumbre que alteraba su precioso rostro. Inevitable, apareció la cauta pregunta-: ¿Por qué debería Nathaniel beneficiarse de la ausencia de Eliza?
– Es que esperaba dirigir cierta atención hacia Nathaniel y sus cuadros. Eliza, esa querida niña, tiene una manera de llamar la atención. Esperaba que el día le perteneciera a Nathaniel, y a ti, querida. Pero claro que tendrás a Eliza si tú crees que eso es lo mejor. -Rió entonces, una risa leve y alegre, practicada hasta la perfección-. Además, me atrevería a decir que una vez que Eliza sepa que has regresado antes de tiempo a casa, vendrá a verte con tanta frecuencia que no hay duda de que alguno de los criados le hablará de la fiesta. Y a pesar de su aversión a las reuniones sociales, su devoción hacia ti, querida mía, es tal que insistirá en asistir.
Adeline había dejado sola a Rose, sonriéndose cuando notó el envaramiento de los hombros de su hija. Una clara señal de que el tiro había dado en el blanco.
Tal cual esperaba, Rose apareció en el tocador de Adeline más tarde, ese mismo día, sugiriendo que puesto que a Eliza no le gustaban las fiestas, tal vez podía evitársele que asistiera en esta ocasión. Continuó en voz baja, diciendo que había cambiado de idea respecto de visitar hoy a su prima. Esperaría hasta después de la fiesta del jardín, cuando las cosas se hubieran asentado y las dos pudieran visitarse largo y tendido.
Un aplauso que hizo erupción en donde estaban jugando al croquet llamó la atención de Adeline. Se tomó las manos enguantadas y compuso una sonrisa impersonal, antes de avanzar por el jardín. Mientras se acercaba al banco, la señora Hodgson Burnett se puso de pie y abrió su blanco parasol. Se despidió de Rose y Nathaniel y comenzó a caminar en dirección al laberinto. Adeline esperaba que no se le ocurriera entrar; la puerta del laberinto había estado cerrada desde primera hora, como señal disuasoria, pero era típico de una americana tener sus propias ideas sobre el asunto. Adeline aceleró el paso -buscar a una invitada perdida no estaba en sus planes para el día- e interceptó a la señora Hodgson Burnett antes de que se alejara demasiado. Le brindó a su invitada una gentil sonrisa.
– Buenos días, señora Hodgson Burnett.
– Ah, buenos días, lady Mountrachet. Y qué bello día que es.
¡Ese acento! Adeline sonrió indulgente.
– No podíamos haber deseado otro mejor. Y veo que se ha reunido con la feliz pareja.
– Monopolizado, más bien. Su hija es la más gloriosa de las criaturas.
– Gracias. Soy bastante parcial en lo que a ella se refiere.
Una risa educada por ambas partes.
– Y su marido claramente la adora -añadió la señora Hodgson Burnett-. ¿No es una maravilla el amor juvenil?