– ¿Un descanso para el té? -Al otro extremo del jardín, Christian dejó caer la pala contra el muro. Agarró el extremo de su camiseta gastada y se secó el sudor de la frente.
– Suena bien. -Se sacudió las manos enguantadas contra los vaqueros y comenzó a quitarse la tierra y los restos de helecho, intentando no mirarle el abdomen expuesto-. ¿Quién hierve el agua?
– Yo. -Se arrodilló en el área que habían desbrozado en medio del jardín, y llenó una cacerola con el resto del agua de su cantimplora.
Cassandra se sentó con cuidado. Una semana de trabajos de jardinería le había dejado las pantorrillas duras y los muslos cansados. No es que le importara demasiado. Cassandra obtenía un perverso placer de su cuerpo dolorido. Era prueba irrefutable de su propia existencia física. Ya no se sentía invisible o frágil; tenía más peso, era menos probable que se la llevara la brisa. Y por la noche caía rápidamente a través de las gruesas capas de sueño, despertándose para encontrar a la noche yaciendo a sus espaldas en un sólido discurrir sin sueños.
– ¿Cómo va el laberinto? -le preguntó a Christian mientras éste ponía la olla sobre el pequeño calentador que había traído-. ¿En el hotel?
– Bastante bien. Mike cree que lo habremos limpiado para el invierno.
– ¿Incluso con todo el tiempo que pasas aquí?
Christian sonrió.
– Como era de esperar, Mike tiene bastante que decir al respecto.-Echó el resto del té de la mañana de las tazas y puso una bolsita nueva en cada una.
– Espero no causarte problemas por ayudarme.
– Nada con lo que no pueda lidiar.
– Te agradezco de veras todo lo que has hecho, Christian.
– No es nada. Prometí ayudar, y lo dije en serio.
– Lo sé, y estoy encantada. -Se quitó lentamente los guantes-. Sin embargo, comprendo que tengas que ocuparte de otras cosas.
– ¿Con mi verdadero trabajo, quieres decir? -Rió-. No te preocupes, Mike sigue recibiendo su libra de carne.
Su verdadero trabajo. Y ahí estaba, el tema sobre el que Cassandra se había estado preguntando pero que hasta el momento no había sido capaz de abordar. De algún modo, sin embargo, estando hoy en el jardín, se sintió imbuida de un inusual espíritu de que-fuera-lo-que-Dios-quisiera. Un espíritu como el de Nell. Dibujó un arco en la tierra con su tacón.
– ¿Christian?
– ¿Cassandra?
– Me estaba preguntando -dibujó sobre el arco, luego agregó una sombra debajo-, hay algo que tenía intención de preguntarte, algo que Julia Bennett mencionó. -Le miró a los ojos pero no sostuvo su mirada mucho tiempo-. ¿Por qué estás en Tregenna trabajando para Michael en vez de ejercer de médico en Oxford?
Cuando Christian no respondió, ella se animó a mirarlo nuevamente. Su expresión era difícil de interpretar. Se encogió levemente de hombros, sonriendo a medias.
– ¿Por qué estás en Tregenna renovando una casa nueva sin tu esposo?
Cassandra inspiró hondo, sorprendida más que otra cosa. Sin pensarlo, sus dedos comenzaron su habitual jugueteo con su anillo de bodas.
– Yo… yo soy… -un montón de respuestas evasivas se acumularon como burbujas en la punta de su lengua, pero luego escuchó una voz, no del todo la suya-: No tengo esposo. Lo tuve una vez, sólo que… hubo un accidente… Nick…
– Lo siento. Mira, no tienes por qué decírmelo. No quise…
– Está bien, yo…
– No, no lo está. -Christian se revolvió el cabello, extendió luego la palma de su mano-. No debería haber preguntado.
– No ha sido culpa tuya, yo pregunté primero. -Y de un modo extraño que Cassandra no podía definir, una pequeña parte de sí misma estaba feliz de haber dicho esas palabras. Haber dicho el nombre de Nick era un alivio, la hacía sentir, de alguna manera, menos culpable de estar todavía viva y él no. Que ella estuviera allí, ahora, con Christian.
La olla estaba sacudiéndose sobre el calentador, escupiendo agua. Christian la inclinó hacia un lado para llenar las tazas, luego agregó una cucharada de azúcar en cada una y revolvió con rapidez. Le entregó una a Cassandra.
– Gracias. -Entrelazó sus dedos en torno al cálido estaño y sopló con delicadeza sobre la superficie.
Christian tomó un sorbo, frunciendo el rostro al quemarse la lengua.
Un ruidoso silencio se extendió entre ambos y Cassandra trató de pensar en algún tema para reanudar la conversación. Ninguno le pareció adecuado.
Por fin, Christian habló.
– Creo que tu abuela fue afortunada en no conocer su pasado.
Con la punta de su meñique, Cassandra retiró un fragmento de hoja de su té.
– Es un don, ¿no crees?, el ser capaz de mirar adelante y no hacia atrás.
Ella fingió concentrarse en la hoja que había rescatado.
– Para algunas cosas.
– No, para todas las cosas.
– Es terrible olvidar por completo el pasado.
– ¿Por qué?
Ella miró de soslayo, intentando discernir si lo estaba preguntando en serio o no. Su expresión no parecía burlona.
– Porque entonces sería como si nunca hubiera sucedido.
– Pero sucedió, nada puede cambiar eso -replicó Christian.
– Sí, pero tú no lo recordarías.
– ¿Entonces?
– Entonces…-Cassandra tiró a un lado la hoja y se encogió levemente de hombros-. Necesitas de los recuerdos para mantener vivas las cosas del pasado.
– Eso es lo que digo. Sin la memoria todos podrían seguir adelante. Continuar.
Las mejillas de Cassandra se enrojecieron y se ocultó detrás de un sorbo de té. Luego otro. Christian la estaba aleccionando sobre la importancia de relegar el pasado a la historia. Ella lo había esperado de Nell y Ben, había aprendido a asentir sombría cuando alguna de sus tías expresaba sentimientos similares, pero esta vez era distinto. Se había estado sintiendo tan positiva, mucho más liviana que habitualmente, como si su perfil, por lo general borroso, fuera más claro allí donde estaba. Había estado disfrutando de sí misma. Se preguntó cuándo precisamente la habría catalogado como causa perdida necesitada de ayuda. Se sintió avergonzada y, más que eso, de alguna manera, decepcionada.
Tomó otro sorbo de té y echó una mirada a Christian. Su atención estaba dirigida a un palo que estaba trenzando con hojas secas, y su expresión era difícil de leer. Ciertamente preocupado, pero más que eso: distraído, distante, solitario.
– Christian…
– Estuve con Nell una vez, ¿sabes?
La cogió por sorpresa.
– ¿Mi abuela, Nell?
– Supongo que era ella. No puedo pensar quién más habría podido ser, y las fechas parecen coincidir. Tenía once años, así que debió de ser en 1975. Llegué aquí a ocultarme, y estaba desapareciendo por el muro cuando alguien me agarró del pie. No me di cuenta, al principio, de que era una persona, pensé por un segundo que mis hermanos no mentían cuando aseguraban que la cabaña estaba encantada, que algún fantasma o bruja me iba a convertir en seta. -Sus labios se curvaron en una media sonrisa, y aplastó la hoja en su puño, dejando caer los pedacitos al suelo-. Pero no era un fantasma, era una mujer mayor, con un extraño acento y rostro triste.
Cassandra imaginó el rostro de Nell. ¿Había sido triste? Formidable, sí, no dado a una calidez innecesaria, pero ¿triste? No sabría decirlo; su familiaridad hacía que semejante crítica le resultara imposible.
– Tenía el cabello cano -dijo-, recogido en lo alto.
– En un moño.
Él asintió, sonrió levemente y luego inclinó su taza para vaciarla. Hizo a un lado el palo trenzado.