Seleccionó un pincel y retiró un pelo suelto. Estaba a punto de aplicar pintura a la tela cuando sintió que le ardían los brazos, un extraño sexto sentido de su soledad alertándole. Miró por encima de su hombro. Tal como era de esperar, un sirviente estaba de pie a sus espaldas. Se agitó.
– Por amor de Dios, hombre -protestó Nathaniel-. No te acerques de ese modo. Si tienes algo que decirme, ven, ponte frente a mí y dilo. No hay necesidad de semejante sigilo.
– Lady Mountrachet manda avisar que el almuerzo se servirá más temprano, señor. El carruaje para Tremayne Hall partirá a las dos de la tarde.
Nathaniel maldijo en silencio. Se había olvidado de Tremayne Hall. Otro más de los acaudalados amigos de Adeline queriendo cubrir las paredes con sus efigies. ¡Tal vez con un poco de suerte su modelo insistiría en que retratara también a sus tres pequeños perros!
Pensar que alguna vez se había excitado ante semejantes presentaciones, había sentido su estatus elevarse como la vela en un barco nuevo. Había sido un ciego, ignorante del coste que tal éxito tendría. Los encargos habían aumentado, pero su creatividad se había reducido de forma significativa. Estaba realizando retratos del mismo modo que esas nuevas fábricas de producción en serie de las que los hombres de negocios hablaban constantemente, frotándose las sudorosas manos con placer. Sin tiempo para detenerse, para mejorar, para modificar sus métodos. Su trabajo ya no era el de un orfebre, ya no tenía dignidad o humanidad en sus pinceladas.
Lo peor de todo, mientras estaba ocupado produciendo retratos, el tiempo para el dibujo, su verdadera pasión, estaba escapándosele entre los dedos. Desde su llegada a Blackhurst sólo había realizado un dibujo y un puñado de bocetos de la casa y sus habitantes. Sus manos, su habilidad, su espíritu, todo había sido atrofiado.
Había elegido mal, ahora lo entendía. Si sólo hubiera prestado atención a las peticiones de Rose y hubiera buscado una nueva casa para ellos después de casarse, tal vez las cosas hubieran sido diferentes. Tal vez estarían felices, con un montón de niños a sus pies, y la satisfacción de la creación en la yema de sus dedos.
Pero tal vez todo fuera lo mismo. Él y ella, obligados a soportar una tortura similar en circunstancias más agobiantes. Y allí estaba el meollo. ¿Cómo iba a esperarse que eligiera, un joven que había conocido la pobreza, un camino de más privaciones?
Y ahora Adeline, como la mismísima Eva, había comenzado a susurrar sobre un posible retrato del rey. Y aunque estaba cansado de los retratos, aunque se odiaba por haber dejado de lado tan completamente su pasión, la piel se le erizaba a Nathaniel ante la mera sugerencia.
Dejó a un lado el pincel y se limpió una mancha de pintura del pulgar. Estaba a punto de dirigirse hacia el almuerzo cuando su carpeta le llamó la atención. Con una mirada hacia la casa sacó de su interior sus bocetos secretos. Había estado trabajando en ellos de vez en cuando durante una quincena, desde que había leído los cuentos de hadas de la prima Eliza hallados entre las cosas de Rose. Aunque estaban pensados para niños, los mágicos relatos de coraje y moralidad tenían un singular modo de meterse bajo la piel. Los personajes habían entrado en su mente y cobrado vida, su simple sabiduría, un bálsamo para su mente confundida, sus desagradables problemas de adulto. Se había encontrado, en momentos de distracción, garabateando líneas que se habían transformado en una vieja frente a una rueca, la reina de las hadas con su larga trenza, la princesa pájara atrapada en su jaula de oro.
Y lo que había comenzado como simples garabatos, ahora se habían convertido en dibujos. Oscureciendo las sombras, afirmando los trazos, acentuando las expresiones faciales. Los observó e intentó no prestar atención al membrete del papel que Rose le había comprado de recién casados, intentó no pensar en épocas más felices.
Los dibujos no estaban todavía terminados, pero estaba satisfecho con ellos. De hecho, era el único proyecto que parecía darle algún placer, que le permitía escapar del castigo en que se había convertido su vida. Con el corazón agitado, Nathaniel colocó los pergaminos sobre su atril. Después del almuerzo iba a permitirse dibujar, dibujar sin motivo, como había hecho alguna vez de niño. Los ojos sombríos de lord Mackelby podían esperar.
Por fin, con la ayuda de Mary, Rose estuvo vestida. Había estado sentada en su silla de convaleciente toda la mañana, pero después se había decidido a salir de su cuarto. ¿Cuándo había dejado por última vez esas cuatro paredes? ¿Dos días atrás? ¿Tres? Al tratar de ponerse en pie, estuvo a punto de caer. Estaba mareada y con el estómago revuelto, sensaciones familiares de su infancia. Entonces, Eliza había sido capaz de levantarle el ánimo con historias de hadas, y cuentos que había escuchado en la cala. Si tan sólo el remedio para su aflicción de adulta fuera tan sencillo.
Había pasado algún tiempo desde que Rose viera a Eliza. La espiaba en ocasiones desde su ventana, caminando por el jardín o de pie junto al acantilado, una mancha distante con largos cabellos rojos sueltos. Una o dos veces Mary había llegado a su puerta con el mensaje de que la señorita Eliza estaba abajo, esperando ser recibida, pero Rose siempre se había negado. Amaba a su prima, pero la batalla emprendida contra el dolor y la esperanza consumían todas las energías que podía reunir. Y Eliza era tan entusiasta, tan llena de vitalidad, posibilidades, salud… Era más de lo que Rose podía tolerar.
Liviana como un fantasma, Rose deambuló por el pasillo alfombrado, la mano descansando sobre la barandilla para mantener el equilibrio. Esa tarde, cuando Nathaniel volviera de su reunión en Tremayne Hall, iría con él al cenador. Haría frío, claro, pero ella haría que Mary la abrigara, Thomas podía llevar una otomana y una manta para su comodidad. Nathaniel debía de sentirse muy solo allí fuera, estaría feliz de tenerla a su lado una vez más. Podría dibujarla reclinada. A Nathaniel le gustaba dibujarla, y era su responsabilidad como esposa ofrecer confort a su marido.
Rose casi había llegado a las escaleras cuando escuchó voces flotando en el corredor, plagado de corrientes de aire.
– Dice que no piensa comentar nada, que no es asunto de nadie, sino de ella. -Las palabras resaltadas por el roce de las escobas contra el suelo.
– La señora no se va a alegrar cuando se entere.
– La señora no se enterará.
– Si tiene ojos en la cara se dará cuenta. No hay muchos que no puedan ver cuando una muchacha engorda en su embarazo.
Rose se llevó una mano helada a la boca; avanzó lentamente por el pasillo, intentando oír la conversación.
– Dice que todas las mujeres de su familia engordan poco. Que será capaz de ocultarlo bajo su uniforme.
– Esperemos que tenga razón, o de lo contrario la echarán.
Rose llegó al rellano de las escaleras justo a tiempo para ver a Daisy desaparecer por el pasillo de los sirvientes. Sally no tuvo la misma suerte.
La sirvienta inspiró hondo y sus mejillas se colorearon desagradablemente.
– Lo siento, señora. -Una apurada reverencia, la escoba enredada en sus faldas-. No la vi.
– ¿De quién hablabas, Sally?
El sonrojo se extendió hasta la punta de las orejas de la muchacha.
– Sally -espetó Rose-, exijo que me respondas. ¿Quién está embarazada?
– Mary, señora. -Apenas más que un susurro.
– ¿Mary?
– Sí, señora.
– ¿Mary está embarazada?
La muchacha asintió rápidamente, las líneas de su rostro mostrando un urgente deseo por desaparecer.