Nathaniel estaba sentado frente al atril en el quiosco, revisando su carpeta. Había cierta agitación en sus modales, como si hubiera perdido una herramienta vital.
– Me dejará, mamá. -La voz de Rose era tan pálida como la luz del sol-. ¿Qué motivos tendría para quedarse?
Rose entonces se volvió, y Adeline intentó no dejar que su rostro mostrara su conmoción ante el terrible estado de su hija. Descansó una mano en el huesudo hombro de Rose.
– Todo se arreglará, mi Rose.
– ¿De veras?
Su tono era tan amargo, que Adeline hizo un gesto de dolor.
– Por supuesto.
– No veo cómo puede suceder, porque parece que soy incapaz de convertirlo en un hombre. Una y otra vez he fallado en darle un heredero, un hijo suyo. -Rose volvió su espalda a la ventana-. Claro que me dejará. Y sin él, me consumiré hasta no ser nada.
– He hablado con Nathaniel, Rose.
– Ah, mamá…
Adeline llevó un dedo a los labios de Rose.
– He hablado con Nathaniel y tengo confianza en que él, al igual que yo, no quiere nada más que recuperes la salud. Los niños vendrán cuando estés bien, y para eso debes tener paciencia, permitirte tiempo para recuperarte.
Rose sacudía la cabeza, el cuello tan delgado que Adeline quería detener el gesto para evitar que se hiciera daño.
– No puedo esperar, mamá. Sin un bebé no puedo seguir. Haría cualquier cosa por un bebé, incluso al precio de mi vida. Prefiero morir a seguir esperando.
Adeline se sentó con delicadeza en el banco junto a la ventana y tomó las pálidas y frías manos de su hija entre las suyas.
– No hace falta llegar a eso.
Rose parpadeó y miró a Adeline con sus grandes ojos: en ellos temblaba una pálida llama de esperanza. Esperanza que un niño nunca pierde, la fe en que una madre puede arreglar las cosas.
– Soy tu madre y debo cuidar de tu salud, aunque tú no lo hagas, por lo que he pensado mucho sobre este asunto. Creo que puede haber una manera de que tengas un bebé sin correr riesgos.
– ¿Mamá?
– Puede que te resistas al principio, pero te ruego, haz a un lado tus dudas. -Adeline bajó la voz-. Te pido que escuches con cuidado, Rose, lo que tengo que decir.
Al final, fue Rose quien se puso en contacto con Eliza. Cinco días después de la visita de Mary, Eliza fue informada de que Rose deseaba reunirse con ella. Incluso más sorprendente, la carta de Rose sugería que ambas debían reunirse en el jardín secreto de Eliza.
Cuando vio a su prima, Eliza se alegró de haber buscado un par de almohadones para el banco de metal. Porque su querida Rose estaba reducida en todo sentido. Mary había dado a entender su deterioro, pero Eliza nunca había imaginado semejante disminución. Aunque se esforzó por evitar que su rostro reflejara la sorpresa, Eliza supo que debía de haber fracasado en el intento.
– Estás sorprendida por mi aspecto, prima -dijo Rose, sonriendo de modo tal que sus mejillas aparecieron afiladas.
– En absoluto -farfulló Eliza-. Claro que no, yo simplemente, mi rostro…
– Te conozco bien, mi Eliza. Puedo leer tus pensamientos como si fueran los míos. Todo está bien. Estuve mal. Me he debilitado. Pero me recuperaré, como hago siempre.
Eliza asintió, sintiendo un tibio ardor en sus ojos.
Rose sonrió, una sonrisa aún más triste por su intento de mostrarse confiada.
– Ven -dijo-, siéntate junto a mí, Eliza. Déjame que tenga a mi querida prima a mi lado. ¿Recuerdas el día que me trajiste por primera vez al jardín oculto, y juntas plantamos el manzano?
Eliza tomó la delgada y fría mano de Rose.
– Por supuesto. Y míralo ahora, Rose, mira nuestro árbol.
El retoño se había desarrollado, de modo que el árbol llegaba ahora casi a la cima del muro. Elegantes ramas desnudas se extendían en lo alto, y delicados brotes apuntaban hacia el cielo.
– Es hermoso -dijo Rose con nostalgia-. Pensar que sólo lo plantamos en la tierra y supo qué tenía que hacer.
Eliza sonrió delicadamente.
– Ha hecho sólo lo que la naturaleza quiso para él.
Rose se mordió el labio, dejando una marca roja.
– Aquí sentada, casi puedo creer que vuelvo a tener dieciocho años, a punto de partir para Nueva York. Llena de entusiasmo y anticipación -le sonrió a Eliza-. Parece una eternidad desde que nos sentamos juntas, solas tú y yo, como solíamos hacer de niñas.
Una ola de nostalgia barrió de golpe el año de envidia y decepción. Eliza apretó con fuerza la mano de Rose.
– Es verdad, prima.
Rose tosió un poco y su frágil cuerpo se sacudió con el esfuerzo. Eliza estaba a punto de ofrecerle un chal para los hombros cuando Rose comenzó nuevamente a hablar:
– Me pregunto si has tenido noticias de la casa últimamente.
Eliza respondió con cautela, preguntándose por el súbito cambio de tema.
– He visto a Mary.
– Entonces lo sabes. -Rose miró a Eliza a los ojos, sostuvo la mirada antes de sacudir con tristeza la cabeza-. No me dejó alternativa, prima. Entiendo que tú y ella os teníais afecto, pero era impensable que ella permaneciera en Blackhurst en semejante estado. Debes comprenderlo.
– Ella es una muchacha buena y leal, Rose -dijo Eliza con gentileza-. Se ha comportado de modo imprudente, no lo niego. Pero ¿no crees que debieras apiadarte? Ella no tiene ingresos y el bebé está creciendo y ella tendrá necesidades que atender. Por favor, piensa en Mary, Rose. Imagina su situación.
– Te aseguro que es casi lo único que ha estado en mis pensamientos.
– Entonces tal vez veas…
– ¿Alguna vez has deseado algo, Eliza, algo que querías tanto que sin eso sabías que no podías seguir viviendo?
Eliza pensó en su soñado viaje a ultramar. Su amor por Sammy. Su necesidad de Rose.
– Quiero, más que nada en el mundo, un bebé. Me duele el corazón y los brazos. A veces puedo sentir el peso del bebé que ansío acunar. La tibia cabecita en el hueco de mi brazo.
– Y seguramente un día…
– Sí, sí. Un día. -La leve sonrisa de Rose traicionaba sus palabras optimistas-. Pero me he esforzado y sigo sin él. Doce meses, Eliza. Doce meses, y el camino ha estado plagado de terribles decepciones y negativas. Ahora el doctor Matthews me informa de que mi salud puede traicionarme. Debes imaginarte, Eliza, cómo me hizo sentir el secreto de Mary. Que ella tuviera por accidente lo que yo deseo. Que ella, con nada que ofrecer, tuviera lo que yo, con todo lo que poseo, no he recibido. ¿Por qué? Seguramente puedes ver que no es justo. Dios no puede querer semejante cosa.
La devastación de Rose era tan absoluta, su frágil apariencia tan en contradicción con su feroz deseo que de pronto el bienestar de Mary fue la última de las preocupaciones de Eliza.
– ¿Cómo puedo ayudarte, Rose? Dime, ¿qué puedo hacer?
– Hay algo, prima Eliza. Necesito que hagas algo por mí, algo que a su vez ayudará también a Mary.
Por fin. Tal como Eliza siempre había sabido que así sería, Rose se había dado cuenta de que necesitaba a Eliza. Que sólo Eliza podría ayudarla.
– Por supuesto, Rose -dijo-. Lo que sea. Dime qué necesitas y así será.
40
Tregenna, Cornualles, 2005
El mal tiempo llegó en la noche del viernes y la niebla cayó malhumorada y gris sobre el pueblo durante todo el fin de semana. Dada la insistencia de semejante temporal, Cassandra decidió que sus miembros agotados podían descansar y tomarse unas bien ganadas vacaciones de su trabajo en la cabaña. Pasó el sábado acurrucada en su cuarto, junto a tazas de té y los cuadernos de Nell, intrigada por los comentarios de su abuela sobre el detective que había consultado en Truro. Un hombre llamado Ned Morrish, cuyo nombre había encontrado en la guía telefónica local después de que William Martin le sugiriera que averiguara dónde había estado Eliza cuando desapareció en 1909.