Выбрать главу

– ¡Cielo santo, John! ¡Te dije que podías llamar pero no a estas horas!

– Es importante.

– Lo sé. ¿Cómo sigue Sammy?

– Inconsciente.

Pryde bostezó.

– Bueno, la mayoría de las huellas del interior son del dueño y de su mujer. Pero hay otras y lo curioso es que son de niño.

– ¿Cómo estás tan seguro?

– Por su tamaño.

– Hay muchos adultos con manos pequeñas.

– Bueno, sí…

– Te noto un tanto escéptico.

– Mira, hay dos probabilidades: que a Sammy la atropellara alguien que daba una vuelta con un coche robado, o que las huellas sean del que limpió el interior una vez abandonado en el cementerio.

– ¿El crío que robó la radio y las cintas?

– Exacto.

– ¿No hay más huellas? ¿Ni parciales?

– El coche está limpio, John.

– ¿Y por fuera?

– Lo mismo. Hay tres clases de huellas en las puertas más las de Sammy en el capó -Pryde volvió a bostezar-. Así que tu teoría de una venganza…

– Sigue en pie. Un profesional usaría guantes.

– Es lo que yo he pensado. Pero no hay tantos profesionales.

– No.

Rebus pensó en El Comadreja: «Me estoy metiendo en el fango para cazar una babosa», se dijo. Pero esta vez por motivos personales.

Y no creía que fuese a haber juicio.

Capítulo 18

Desayunó con Hogan panecillos con beicon en el DIC de St. Leonard. Habían instalado una sala de homicidios en Leith y a Hogan le correspondía estar allí, pero quería la documentación en poder de Rebus y sabía de sobra que no podía confiar en que se la enviase.

– Pensé que así te ahorraba molestias -le dijo.

– Eres un señor -dijo Rebus examinando el interior de su panecillo-. Oye, ¿el cerdo es una especie en peligro de extinción?

– Te he quitado media loncha -dijo Hogan sacándose de la boca una tira de grasa que arrojó a la papelera-. Pensé que te hacía un favor por el colesterol y todo eso.

Rebus dejó el panecillo a un lado, dio un sorbo a la lata de Irn-Bru, idea de Hogan como bebida matinal, y deglutió. ¿Qué importancia podía tener el consumo de azúcar comparado con el VIH?

– ¿Qué te ha contado la mujer de la limpieza?

– Su gran pesar. En cuanto le dije que su patrón había muerto fue un mar de lágrimas -dijo Hogan sacudiéndose la harina de los dedos al terminar-. No conoce en persona a ninguno de sus amigos, nunca contestó al teléfono ni advirtió ningún cambio últimamente y no se cree que fuese un genocida. «Si hubiese matado a tanta gente yo me habría enterado», fueron sus palabras.

– ¿Se toma por vidente o qué?

Hogan se encogió de hombros.

– Todo lo que he podido sacarle es que tenía bastante genio y que le pagaba por adelantado, por lo cual habrá de devolver dinero.

– Considéralo como un posible móvil.

Hogan sonrió.

– Hablando de móviles…

– ¿Has averiguado algo?

– El abogado de Lintz me dio una carta del banco del difunto -dijo tendiéndole una fotocopia-. Hace diez días retiró cinco de los grandes.

– ¿Al contado?

– Él sólo llevaba encima diez libras y en su casa había otras treinta. De los cinco grandes ni rastro. Para mí que podría tratarse de un chantaje.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Y la agenda de direcciones?

– Nos va a dar trabajo. Hay muchos teléfonos antiguos con las señas de gente que cambió de domicilio o personas fallecidas. Eso, aparte de varias asociaciones benéficas, museos… y un par de galerías de arte. -Hogan hizo una pausa-. ¿Y tú?

Rebus abrió el cajón y sacó las hojas de fax.

– Acabo de recibir las llamadas que Lintz quería conservar en secreto.

Hogan echó un vistazo a la lista.

– ¿Las llamadas en general o alguna en particular?

– Lo he mirado por encima. Es de suponer que habrá personas con las que hablaba habitualmente cuyos números figurarán en los otros estadillos. La cuestión es detectar anomalías o excepciones.

– Lógico -dijo Hogan mirando su reloj-. ¿Alguna cosa más?

– Dos. ¿Recuerdas que te hablé del interés de la Brigada Especial?

– ¿Abernethy?

Rebus asintió con la cabeza.

– Ayer intenté localizarlo.

– ¿Y?

– Según su oficina venía hacia aquí. Ya se ha enterado.

– ¿Así que Abernethy anda husmeando por aquí y tú no te fías de él? Magnífico. ¿Qué más?

– David Levy. He hablado con su hija y no sabe dónde está, únicamente que se fue de viaje.

– ¿Y él odia a Lintz?

– Es posible.

– ¿Cuál es su número de teléfono?

Rebus dio unos golpecitos sobre el montón de carpetas.

– Lo tienes ahí.

Hogan miró con cara de pocos amigos el enorme montón de papeles.

– Lo he reducido a lo estrictamente necesario -comentó Rebus.

– Tengo lectura para un mes.

– Lo mío es tuyo, Bobby -dijo Rebus encogiéndose de hombros.

Después de irse Hogan, Rebus volvió a la lista de British Telecom y vio que venía desglosada como él quería. Contenía muchas llamadas al abogado y algunas a una empresa de taxis. Llamó a un par de números que resultaron ser entidades benéficas; Lintz habría llamado para comunicarles su dimisión. Otras se salían de lo normaclass="underline" había una de cuatro minutos al Hotel Roxburghe y una segunda de veintiséis a la Universidad de Edimburgo. La del Roxburghe para hablar con Levy, sin duda alguna. El propio Lintz había confesado que había hablado con él; pero hablar, discutir con él, era una cosa, y llamarle al hotel otra.

Al marcar el número de la universidad le contestaron en la centralita y pidió que le pusieran con el antiguo departamento de Lintz. La secretaria, que llevaba más de veinte años en el departamento y estaba a punto de jubilarse, se mostró muy solícita y le dijo que, aunque recordaba al profesor, éste llevaba mucho tiempo sin contacto con el departamento.

– Yo me entero de todas las llamadas que recibimos.

– ¿No hablaría directamente con algún profesor? -sugirió Rebus.

– Ninguno me lo ha comentado, además, aquí ya no hay nadie de la época del profesor Lintz.

– Así que no está en contacto con el departamento.

– No sé los años que hará que no hablo con él, inspector…

¿Con quién habría sostenido el anciano una conversación de más de veinte minutos? Dio las gracias a la secretaria y colgó. Llamó a los otros números y resultaron ser dos restaurantes, una tienda de licores y la emisora local; explicó a la recepcionista lo que quería y ella le dijo que haría cuanto pudiera por averiguarlo. Luego, volvió a llamar a los restaurantes para que le informaran si Lintz había reservado mesa en ellos.

Al cabo de media hora comenzaron a llamarle a él. En el primer restaurante había reservado mesa para cenar él solo; en cuanto a la emisora, le habían invitado a un programa y Lintz había dicho que lo pensaría pero después les llamó declinando la invitación; en el segundo restaurante había reservado mesa para dos.

– ¿Para dos?

– El señor Lintz y otra persona.

– ¿Sabe por casualidad quién era la «otra persona»?

– Me parece que un señor, bastante mayor, creo,… Lo siento, la verdad es que no lo recuerdo.

– ¿Llevaba bastón?

– Me gustaría ayudarle pero a la hora de la comida tenemos tanta gente…

– Pero al señor Lintz lo recuerda, ¿no?

– El señor Lintz es cliente… era cliente habitual.

– ¿Solía ir solo o acompañado?

– Casi siempre solo. A él le daba igual porque se traía un libro.

– ¿Recuerda por casualidad a alguno de sus invitados?

– Sí, a una joven… su hija tal vez; o su nieta.

– ¿Joven, dicen usted…?

– Más joven que él. -Una pausa-. Quizá bastante más joven.