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– Te secuestraron. Puedes denunciarles.

Tarawicz se echó a reír y la condujo hacia el café.

– Candice… -dijo Rebus tratando de agarrarla del brazo, pero ella se zafó de él y siguió a su amo hacia el local.

Dos hombres de Telford bloqueaban la entrada y El Guapito se le acercaba por detrás.

– ¿No irá a hacer tonterías? -comentó al adelantarle.

Fue a St. Leonard para llevar comida y periódicos a Farlowe y pidió que le acompañaran en un coche patrulla a Torphichen. Quería hablar con el inspector «Shug» Davidson del DIC.

– Acaban de incendiar una parada de taxis -dijo Davidson, quien parecía agotado.

– ¿Tienes idea de quién es obra?

Davidson entornó los ojos.

– El dueño era Jock Scallow. ¿Insinúas algo?

– Pero ¿quién era su verdadero dueño, Shug?

– Lo sabes de sobra.

– ¿Y quién está invadiendo el territorio de Cafferty?

– He oído rumores.

Rebus se apoyó en la mesa de Davidson.

– Tommy Telford va a entrar en guerra si no le paramos.

– ¿Nosotros?

– Quiero que me lleves a un sitio -dijo Rebus.

Shug Davidson era un hombre feliz, casado con una mujer comprensiva, y padre de unos niños que no le veían tanto como merecían. Un año antes, al ganar cuarenta mil libras en la lotería, invitó a una copa a los compañeros de la comisaría. El resto del dinero lo tenía a buen recaudo.

Rebus había trabajado con él. No era mal policía, aunque quizás algo falto de imaginación. Tuvieron que dar un rodeo a la zona del incendio. Dos kilómetros más allá Rebus le dijo que parase.

– Bueno, ¿qué hay? -preguntó Davidson.

– Eso es lo que quiero yo que me digas; qué hay ahí -replicó Rebus señalando el edificio de ladrillo que tanto interesaba a Tommy Telford.

– Es Maclean's.

– Hombre, muy conocido en su casa a las horas de comer.

Davidson sonrió.

– ¿En serio que no lo sabes? -dijo abriendo la portezuela del coche-. Bien, ven y lo verás.

En la entrada verificaron su identidad. Rebus advirtió muchas medidas de seguridad y cámaras en las esquinas del edificio enfocadas a las zonas de aproximación. Hicieron una llamada telefónica y acudió un hombre de bata blanca para acompañarles después de ponerles en la solapa la tarjeta de identificación de visitantes.

– Yo estuve en otra ocasión -dijo Davidson nada más iniciar el recorrido-. La verdad es que poca gente conoce su existencia.

A medida que subían escaleras y cruzaban pasillos las medidas de seguridad iban en aumento: guardianes que verificaban los pases, puertas cerradas con llave y videovigilancia constante, algo que sorprendió a Rebus dado lo anodino del edificio y el hecho de que aún no había visto nada extraordinario.

– Pero ¿dónde estamos, en Fort Knox? -preguntó.

En aquel momento, a la puerta de un laboratorio, el guía les dio batas blancas para que se las pusieran; entraron y, a la vista del personal que manipulaba productos químicos, controlaba tubos de ensayo y hacía anotaciones, Rebus comenzó a entender. En aquel laboratorio había toda clase de extraños y fantásticos aparatos, aunque fuera en esencia como el de un departamento de química de la universidad pero a mayor escala.

– Estamos en la mayor fábrica de droga del mundo -dijo Davidson.

Lo que no era exacto del todo, pues Maclean's era simplemente el mayor productor mundial legal de heroína y cocaína, como puntualizó el guía.

– Trabajamos con licencia del Gobierno en virtud de un acuerdo internacional que se firmó en 1961 y que autoriza a todos los países a tener un fabricante, y nosotros somos el concesionario del Reino Unido.

– ¿Qué es lo que fabrican? -preguntó Rebus mirando las hileras de frigoríficos con candado.

– De todo: metadona para heroinómanos, petidina para parturientas, diamorfina para enfermos terminales y cocaína para uso quirúrgico. Somos la continuación de la primitiva empresa victoriana que elaboraba el láudano.

– ¿Y cuánto producen?

– Unas setenta toneladas anuales de opiáceos -respondió el guía- y casi un millón de kilos de cocaína pura.

Rebus se frotó la frente.

– Ahora entiendo la necesidad de tanta seguridad.

El guía sonrió.

– Figúrese si será bueno nuestro dispositivo que el Ministerio de Defensa nos pidió consejo.

– ¿No ha habido intentos de robo?

– En dos ocasiones, pero nosotros mismos pudimos abortarlos.

«Sí -pensó Rebus-, porque no fueron obra de Tommy Telford y la Yakuza…»

Dieron una vuelta por el laboratorio y Rebus, admirado, señaló con la cabeza a una mujer que estaba plantada en medio de la nave.

– ¿Quién es ésa? -inquirió.

– La enfermera de turno permanente.

– ¿Para qué una enfermera?

El guía señaló un aparato que manejaba un operario.

– A causa de la etorpina -dijo-. Un producto que vale cuarenta mil libras el kilo y que por su enorme potencia requiere tener a mano una enfermera con el antídoto en previsión de cualquier accidente.

– ¿Para qué se emplea la etorpina?

– Para anestesiar rinocerontes -contestó el hombre como si fuera la cosa más natural del mundo.

La fabricación de cocaína se hacía a partir de hojas de coca enviadas desde Perú y el opio llegaba de plantaciones en Tasmania y Australia, pero cada laboratorio guardaba la heroína y la cocaína puras en sus respectivas cajas fuertes en un almacén dotado de detectores infrarrojos y sensores de movimiento. A los cinco minutos Rebus había comprendido perfectamente el interés de Tommy Telford por Maclean's. Que la Yakuza estuviera al corriente del plan debía de ser porque él necesitaba su ayuda -lo que no era probable- o por presumir ante ellos de la hazaña.

Cuando regresaron al coche Davidson hizo la pregunta inevitable.

– ¿De qué asunto se trata, John?

Rebus se dio un pellizco en el puente de la nariz.

– Creo que Telford planea atracarlo.

– Fracasaría -replicó Davidson con un resoplido-. Tú mismo lo has dicho: es Fort Knox.

– Es por cuestión de prestigio, Shug. Si lo consigue se hace famoso y desbanca a Cafferty.

Igual que las bombas incendiarias, que no eran un simple aviso para su rival, sino una «alfombra roja» para el señor Ojos Rosa recién llegado a Edimburgo para demostrarle de lo que era capaz.

– Te aseguro que no hay manera de entrar ahí -insistió Davidson-. ¡Qué barato!

Unos carteles en el escaparate de la tienda de la esquina habían llamado su atención.

Rebus miró hacia ella y vio que anunciaban una oferta de tabaco, de emparedados y de bocadillos, además de una rebaja de cinco peniques en los periódicos.

– La competencia en el barrio debe de estar que trina -comentó Davidson-. ¿Te apetece un bocado?

Rebus miraba en aquel momento la salida de los trabajadores de Maclean's -debía de ser la media hora de descanso de la tarde- que cruzaban la calle esquivando coches y sacando monedas de los bolsillos camino de la tienda.

– Sí, de acuerdo -contestó Rebus pensativo.

El local estaba a rebosar. Davidson aguardó cola mientras Rebus miraba los periódicos y las revistas. Los trabajadores charlaban y contaban chistes mientras dos jóvenes dicharacheros pero muy poco eficientes atendían el mostrador.

– ¿De qué lo quieres, John, de beicon?

– Bien -dijo Rebus recordando que no había comido.

Por dos panecillos con beicon le cobraron sólo una libra. Se sentaron en el coche a comerlos.

– Shug, en una tienda como ésa lo normal es que rebajen un par de artículos para atraer clientela -Davidson asintió con la cabeza hincando el diente al panecillo-, pero esto es Jauja. -Rebus dejó de comer de pronto-. Hazme un favor: averigua quién es el dueño y quiénes son esos dos del mostrador.