El compacto de Eddie Harris atacaba la última pista cuando salió del cuarto de baño. Se vistió bien para la cena con Patience. Pero antes tenía que ir a dos sitios: al hospital para ver a Sammy y a una reunión en Torphichen.
– La banda al completo -dijo al entrar en el departamento.
Estaban Shug Davidson, Claverhouse, Ormiston y Siobhan Clarke sentados a una mesa, tomando café en vasos idénticos. Rebus arrimó una silla.
– ¿Les has puesto al corriente, Shug?
Davidson asintió con la cabeza.
– ¿Y lo de la tienda?
– A eso iba -respondió Davidson cogiendo un bolígrafo y jugueteando con él-. El dueño anterior cerró por falta de clientela y ha estado casi un año sin abrir, pero ahora la inauguran de pronto con nueva dirección y precios de ganga.
– Más la avalancha de trabajadores de Maclean's -puntualizó Rebus-. ¿Cuándo fue la apertura?
– Hará algo más de un mes y todo con descuento desde el primer día.
– Sin ánimo de lucro, como puede verse -dijo Rebus mirando a Ormiston y Clarke al hacer el comentario, pues con Claverhouse ya lo había tratado.
– ¿Y quiénes son los dueños? -preguntó Clarke.
– Bueno, al frente del negocio figuran dos muchachos llamados Declam Delaney y Ken Wilkinson. ¿Sabéis de dónde son?
– De Paisley -dijo Claverhouse decidido a no perder el tiempo.
– O sea, que son de la banda de Telford -aventuró Ormiston.
– No a las claras, pero sin duda hay alguna relación -dijo Davidson sonándose ruidosamente-. Llevan el negocio pero no son los dueños.
– Es Telford -dijo Rebus.
– Bien -terció Claverhouse-, tenemos, pues, a Telford dueño de un negocio ruinoso para tratar de obtener información.
– Yo creo que la cosa no queda ahí -añadió Rebus-. Quiero decir que escuchar conversaciones es una cosa, pero no creo yo que los trabajadores vayan allí a hablar de los diversos dispositivos de seguridad y de la manera de burlarlos. Dec y Ken son muy charlatanes, condición ideal para el cometido que les ha asignado Telford, pero resultaría sospechoso que se excedieran preguntando.
– ¿Y qué es lo que Telford persigue? -preguntó Ormiston.
Siobhan Clarke se volvió hacia él.
– Encontrar un topo -dijo.
– Por lógica -prosiguió Davidson-. El edificio está muy bien vigilado, pero no es inexpugnable. Y, desde luego, cualquier fallo será mucho más fácil conocerlo con alguien dentro.
– Bien, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Clarke.
– Lo mismo que Telford -dijo Rebus-. Él quiere un infiltrado, pues nosotros se lo facilitamos.
– Esta noche voy a hablar con el director de Maclean's -dijo Davidson.
– Yo te acompaño -dijo Claverhouse que no quería perderse nada.
– Bien, metemos en la fábrica a uno de los nuestros -dijo Clarke como repasando el plan- y ellos bla, bla, bla, hacen una propuesta interesante, ¿y nos sentamos a esperar que Telford establezca contacto con él precisamente?
– Cuanto menos confiemos en el azar mejor -dijo Claverhouse-. Hay que hacer las cosas bien.
– Por eso lo estamos preparando -dijo Rebus-. Conozco a un corredor de apuestas llamado Marty Jones que me debe un par de favores. Pongamos que nuestro infiltrado va a la tienda de Telford y al salir se topa con un coche del que bajan Marty y un par de hombres que vienen a cobrarse unas apuestas: se produce un altercado y nuestro hombre recibe un puñetazo en el estómago como advertencia.
Clarke lo veía claro.
– Vuelve a la tienda tambaleándose, se sienta a recobrar el aliento y esa pareja le pregunta de qué iba la discusión.
– Y él se lo explica: deudas de juego, matrimonio roto, etcétera.
– Y para hacerlo más atractivo -terció Davidson-, hacemos que sea de la plantilla de seguridad.
Ormiston le miró.
– ¿Crees que en Maclean's aceptarán?
– Les convenceremos -dijo Claverhouse con voz queda.
– Pero lo más importante -añadió Clarke- es saber si Telford va a tragárselo.
– Eso es cuestión de las ganas que tenga de dar el golpe -dijo Rebus.
– Un infiltrado… -comentó Ormiston con los ojos brillantes- al servicio de Telford… Lo que siempre habíamos deseado.
Claverhouse asintió con la cabeza.
– Una cosa -dijo mirando a Rebus y Davidson-. ¿A quién infiltramos? Telford nos conoce a todos.
– Infiltramos a uno de otra ciudad -dijo Rebus-. Uno con quien he trabajado y que Telford no conoce. Es un buen agente.
– ¿Pero él acepta?
Se hizo un silencio en torno a la mesa, roto por una voz desde la puerta:
– Según quién lo pida.
Era un hombre fornido de pelo espeso y bien peinado y ojos pequeños. Rebus se levantó, estrechó la mano de Jack Morton e hizo las presentaciones.
– Habrá que falsear unos antecedentes para la cobertura -dijo Morton-. John me ha explicado el asunto y me gusta, pero necesitaré un piso destartalado en aquel barrio.
– Será lo primero que hagamos mañana -dijo Claverhouse-. Habrá que hablar con los jefes para que no pongan inconvenientes. -Miró a Morton-. ¿Qué le ha dicho al suyo, Jack?
– Me he tomado unos días de permiso y pensé que no valía la pena decirle nada.
Claverhouse asintió con la cabeza.
– Hablaré yo con él en cuanto nos den el visto bueno -dijo.
– El visto bueno lo necesitamos hoy mismo -intervino Rebus-. No vaya a ser que los hombres de Telford tengan ya echado el ojo a alguien. Si no actuamos con rapidez se nos puede ir de las manos en esta ocasión.
– De acuerdo -dijo Claverhouse mirando el reloj-. Haré unas llamadas y suspenderé los whiskies de después de cenar.
– Cuenta con mi apoyo si hace falta -dijo Davidson.
Rebus miró a su amigo Jack Morton y vocalizó un «gracias» con un movimiento de labios. Morton se encogió de hombros y Rebus se levantó.
– Yo tengo que irme -les dijo-. Si me necesitáis llamadme por el busca o al móvil.
Iba ya pasillo adelante cuando Siobhan Clarke le dio alcance.
– Quiero darte las gracias.
– ¿Por qué? -dijo él sorprendido.
– Desde que entusiasmaste a Claverhouse con esto no ha vuelto a poner el casete.
Capítulo 24
La cena estuvo bien. Habló con Patience de Sammy, de Rhona y de su obsesión por la música de los sesenta y de su ignorancia en cuestión de modas. Ella habló del trabajo, el cursillo experimental de cocina que estaba haciendo y de un viaje que proyectaba a Orkney. Cenaron pasta con salsa de gambas y mejillones, regada con una botella de agua mineral y Rebus hizo esfuerzos increíbles por olvidarse de la operación de infiltración, de Tarawicz, de Candice y de Lintz… Lo que no impidió que ella notara que estaba allí sólo a medias, aunque procuró no sentirse desairada. Le preguntó si volvía a casa.
– ¿Es una invitación?
– Pues, no sé… Supongo.
– Digamos que no lo ha sido y así no me sentiré tan miserable al declinarla.
– Me parece bien. Tienes muchas cosas en la cabeza, ¿verdad?
– No me extrañaría que las vieras rebosándome por las orejas.
– ¿Quieres comentarme alguna? Porque no sé si te habrás dado cuenta pero hemos hablado prácticamente de todo menos de nosotros.
– No creo que hablar sirva de nada.
– ¿Y no hacerlo, sí? -replicó ella tocándole con la mano-. Mira tú el macho escocés, empeñado en no reconocer las cosas.
– ¿Qué no quiero reconocer?
– Lo primero, que me niegas el acceso a tu vida.
– Perdona.
– ¡Por Dios, John, que te impriman la palabrita en una camiseta!
– Gracias, a lo mejor lo hago -replicó él levantándose del sofá.
– ¡Mierda, lo siento! -añadió ella sonriendo-. Escucha, ahora soy yo quien se pone en el mismo plan que tú.
– Es que es contagioso.