Danny había escuchado atentamente lo que su viejo amigo le había dicho y las palabras «rayar lo extremo» parecían las únicas que se le habían quedado grabadas en la mente. Si su amistad con Jamie había dado que hablar, entonces debía resolver ese problema lo antes posible; como siempre decía, mejor ahora que mañana.
Capítulo 13
Deirdre estaba echada de lado, roncando plácidamente, cubierta por una delgada capa de sudor y con su larga melena rubia sobre los hombros como una manta. Había echado hacia atrás el edredón y Donald se sentó en una silla para mirarla, maravillado de que una mujer así fuese totalmente suya.
Donald sabía que, desde que la había conocido, su corazón de anciano se había ablandado. Al contrario que con su esposa, delante de ella no se veía en la necesidad de demostrarle nada a nadie, no tenía que vigilarla como si fuese un halcón. El amor que sentía por ella era un sentimiento liberador, le había demostrado en qué consistía de verdad una relación y le había hecho ver que su matrimonio y su relación con su esposa habían sido venenosos. Su amor por Deirdre le había hecho ver que había desperdiciado los que deberían haber sido sus mejores y más productivos años con alguien que no se preocupaba lo más mínimo por él, que no lo respetaba a él ni respetaba la posición que ocupaba.
Y ahora estaba el problema con su hijo, o mejor dicho, con el muchacho al que había criado. Desde el principio, en lo más hondo de su corazón, sabía que era un niño bien criado y consentido, pero ahora no sólo tramaba asesinarle, sino que había contratado a otros jóvenes para que le ayudasen a saciar sus deseos de grandeza.
Jamie, al parecer, estaba dispuesto a apoderarse de lo que consideraba suyo y no le importaba enterrar a su padre en el proceso. Eso le dolía. Siempre se había portado bien con el muchacho, jamás había dejado que su sentimiento de rabia o frustración lo salpicara, pues siempre lo había visto como otra víctima más, como la parte inocente de ese fracaso que había sido su matrimonio. Ahora Donald estaba pagando el precio de ser tan complaciente. El muchacho tenía una edad en la que quería asegurarse su herencia, aunque debería saber que él era incapaz de engendrar un hijo a no ser que fuese por intervención divina. Se preguntó si Jamie sabía quién era el culpable, si su madre le había dicho algo al respecto. Lo puso en duda. Llegó a pensar que lo más probable es que ni ella lo supiese. Se había tirado a tantos hombres que cualquiera en un radio de diez millas a la redonda podía ser su padre.
Donald sabía que la relación con esa mujer tan joven era la causa de la profunda inseguridad de su hijo. Sabía que lo que más temía Jamie era la llegada de un nuevo hijo, de un hijo que sería suyo sin ninguna duda. Donald sabía que tal cosa jamás ocurriría, pues, con todas las mujeres que se había tirado, jamás había dejado a ninguna preñada. La verdad, algo que ahora no podía decirle a Jamie, era que se había resignado hacía muchos años a que fuese él quien llevase su nombre, ese nombre que con tanto orgullo le había otorgado todos esos años. Después de todo, él había vivido esa mentira demasiado tiempo y le resultaba estúpido no seguir manteniéndola después de muerto. Ahora, al parecer, de ser por su hijo, moriría antes de lo previsto.
Oyó un tenue ruido en el vestíbulo y, asumiendo que sería el gato de Deirdre el que entraba por la puerta principal, se recostó en el asiento y se deleitó mirando a la mujer de su vida.
La puerta, sin embargo, se abrió de golpe y repentinamente vio a Danny Boy y a Michael mirándole como dos ángeles vengadores. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había demorado mucho en tomar medidas. Danny Boy sonreía con una de sus típicas sonrisas, con una de esas sonrisas que le hacían parecer un joven normal, lo que demostraba, una vez más, que las apariencias engañan.
Deirdre se había despertado; tenía los ojos abiertos de par en par y aspecto de loca.
Donald se dio cuenta de que lo había estado esperando, por eso no había conciliado el sueño; de alguna manera había aceptado su destino y ahora hasta le daba la bienvenida.
– ¿Qué te trae por aquí, Danny Boy? Tu padre acaba de irse y me ha pedido que te perdonase la vida si esto sucedía. Ha estado implorando por tu vida, al contrario que esa rata de hijo mío que quiere quitarme de en medio. Imagino que no has hablado con él todavía.
Danny miró a la joven aterrada y le hizo señas para que permaneciera donde estaba. Luego cogió a Donald Carlton de la ropa y se lo llevó al vestíbulo, con tanta fuerza que los pies del anciano dejaron dos profundas marcas en la mullida moqueta. Aún con el olor a desinfectante de pino impregnando sus fosas nasales y el llanto histérico de Deirdre resonándole en los oídos, Danny Boy le disparó a Donald a bocajarro, en la cara. El estampido no sonó tan fuerte como había previsto, pero la sangre le salpicó más de lo que esperaba. Cuando se dio cuenta de que el hombre sangraba profusamente porque su corazón seguía latiendo, le disparó de nuevo, pero esta vez en la nuca. La sangre y los huesos lo salpicaron todo, especialmente los pantalones de Danny. Se encogió de hombros con indiferencia, miró la cara pálida de Michael y sonrió alegremente. Luego, chupándose un dedo, hizo el gesto de dibujar un uno en el aire mientras decía: -Uno menos.
Michael recuperó la compostura y, regresando al dormitorio, se quedó mirando a la joven que lloraba encima de la cama. Antes de que pudiera decir nada, Danny Boy, sin mediar palabra, la cogió de los pelos y la llevó a rastras hasta el vestíbulo. Una vez allí, la arrojó encima del cuerpo sin vida de su amante y le dijo en tono amenazador:
– Vete con tu madre o con quien te dé la gana, pero vete. Si dices una palabra de lo que ha sucedido esta noche, te juro que me convertiré en tu sombra.
Danny sabía que no era necesario que repitiese lo que le había dicho, pues estaba seguro de que no abriría la boca con ningún pretexto. Y si lo hacía, no viviría lo suficiente para testificar. Él le había dado una oportunidad y, si tenía una pizca de cerebro, se daría cuenta de ello y actuaría en consecuencia. Ella era del barrio, conocía el meollo del asunto. Si mantenía la boca cerrada, la dejarían en paz y le darían algo de dinero cuando todo hubiese pasado. Tenía que asimilarlo y vivir con ello. No era la primera mujer, ni sería la última, que se había visto acorralada en una reyerta personal. A los pocos minutos había desaparecido.
Michael y Danny salieron del piso y Danny se aseguró de cerrar la puerta al salir. La pasma tendría que forzarla si quería entrar y no pensaba facilitarle las cosas. Ahora que había decidido lo que debía hacer, quería resolverlo lo antes posible. La adrenalina le corría por las venas y eso le hacía sentirse vivo; la violencia extrema siempre le había provocado un subidón del que disfrutaba más de lo que debía.
Cuando salía de los apartamentos, se cruzó con un grupo de jóvenes más o menos de su misma edad. Lo observaron detenidamente y él les devolvió la mirada como si fuese la primera vez que los viera. Tenían aspecto harapiento, estaban enganchados y, para él, representaban la escoria de la sociedad. El hecho de que él pudiera haber llegado a ser uno de ellos, de no ser por su fuerza de voluntad para salir del fango, lo perturbó porque le recordó de dónde procedía y contra qué luchaba a diario. Tener que haberse buscado tan pronto la vida lo podía haber hecho caer en lo mismo, él lo sabía mejor que nadie. Su padre, además, había procurado que nunca tuviera la oportunidad de salir de eso, les había dejado bien claro a él y a sus hermanos que no significaban nada en su vida. El, al igual que muchos, había sido concebido sin que nadie pensara en las consecuencias del acto sexual y sin deseo por ninguna de las partes. Danny sabía que esos jóvenes, con sus cabezas rapadas, sus Levis y sus botas militares habían sido concebidos de la misma forma que él. Era como si hubiesen nacido siendo conscientes de su poca valía, sabiendo que sus vidas no eran apreciadas por nadie, ni tan siquiera por ellos mismos, que la futilidad de su existencia no era sino una prueba más de lo irrisoria que era la vida.