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Annie lloraba desconsoladamente. Estaba tendida en la cama y el escupitajo le corría por las mejillas. Ange, impasible ante los sollozos de su hija, salió de la habitación lentamente y cerró la puerta con suavidad. Era un acto simbólico que significaba que para ella su hija se había acabado. Jamás volvería a mirarla sin que se le viniera también el recuerdo de ese asqueroso pene erecto y su hija en bragas. Ya no había forma de evitar que viese a su hija como una chica fácil a la que había intentado en vano mantener inocente y pura, lejos de hombres como su padre y del daño que son capaces de hacer.

Ange tenía el estómago revuelto y le entraron tantas ganas de vomitar que tuvo que salir corriendo al cuarto de baño. Sabía que su hija la oiría mientras vomitaba y eso la alegró. Cuando Jonjo cogió una toalla mojada y le limpió la cara no pudo controlarse y se echó a llorar.

Lawrence Mangan estaba tendido en la cama con una sonrisa en la cara, un cigarrillo en la mano y observando cómo aquella mujer le chupaba la polla como si en ello le fuera la vida. Era una mujer despampanante, aunque su belleza estaba algo dañada por la espesa capa de maquillaje que sólo las putas caras saben llevar. Lawrence pensó que se debería a que se consideraban más valiosas que las demás. Sabían hacer su trabajo y la capa espesa de maquillaje suplía la falta de atracción sexual en sus encuentros. Se parecían a las mujeres de las revistas; no eran reales y la única razón por la que se dedicaban a eso era el dinero.

Ésta, sin embargo, por muy versada que fuese en sus menesteres, ya no tenía ninguna posibilidad de enderezársela porque él ya estaba deseando darle una patada en el culo y echarse a dormir. Mangan jamás permitía que las chicas que traía a su casa se quedasen a pasar la noche porque las consideraba unas ladronas cuyo trabajo ya las convertía en personas amorales hasta que encontraban alguien a quien echar el lazo. Podían robarte un par de gemelos, un bote de desodorante, en fin, cualquier cosa; la cuestión era llevarse algo. A él ya le había sucedido con anterioridad y había tenido que castigar a la joven severamente. La pilló cerca de la puerta, tratando de llevarse su reloj, un Bulova de oro no muy bonito, pero eso daba lo mismo, para él como si hubiese sido una joya incrustada en un huevo de Pascua. Lo importante es que había intentado llevárselo y él no podía consentir que una cosa así sucediese. Por esa razón la había dejado ciega. Su bravuconería le había hecho perder los estribos y le estampó una botella en la cara. En lo que a él respecta, ella se lo había ganado. Luego ordenó a dos de sus hombres que se la llevasen y ellos obedecieron en completo silencio y jamás mencionaron el incidente sucedido aquella noche. Mejor así. Gato escaldado, del agua huye. Cogió de mala manera a la chica de la cabeza y la apartó de su lado como si fuese una mosca molesta.

No era la primera vez que Linda Crock estaba con un cliente y sabía que, una vez que habían conseguido lo que querían, descargaban su vergüenza y su culpabilidad sobre la chica con la que habían estado. Bueno, que le dieran morcilla, ella ya había cobrado de antemano. Mangan tenía fama de ser un don nadie en la cama, alguien que trataba de saciar sus deseos mediante la intimidación y utilizando su reputación de capo. Ella, sin embargo, llevaba en el oficio desde que tenía catorce años y hacía falta algo más que un mierda como ése para que se quedasen con ella. Ya tenía el dinero a buen recaudo, por tanto no tenía obligación de mostrar un entusiasmo que no sentía. También sabía que los tipos como Mangan al final recibían su merecido. Cuando se vistió, Lawrence se dio cuenta de que ya no le miraba con intención de seducirlo, sino con una altivez que denotaba que todo lo había fingido, que eran tan buena actriz como las que trabajan en los teatros del West End.

Su forma de comportarse hizo sentirse incómodo a Lawrence, que permaneció callado mientras terminaba de arreglarse. Ni tan siquiera se molestó en decirle adiós. Pensó que se había metido en el cuarto de baño y tardó un rato en darse cuenta de que no estaba. Fue su forma de manifestarle su desprecio; ella, una mujer que se vendía al primer pintado sin importarle su edad, su peso o su higiene personal, lo había despreciado, lo había hecho sentir una inmundicia, y eso lo sacaba de sus casillas. Sin embargo, la mayoría de las fulanas con las que había estado sabían lo que le había hecho a una de ellas, por eso interpretaban su papel hasta que se veían en la puerta sanas y salvas.

Aún maldecía la arrogancia que le había mostrado esa mujer cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. Sonrió y se levantó de la cama preguntándose qué coño se habría olvidado la muy guarra, pero fuese lo que fuese, iba a tener que sudar lo suyo para conseguirlo. Necesitaba que alguien le diese una reprimenda y, en eso, él era un experto. Al abrir la puerta, su expresión de reproche se trocó en otra de aversión y miedo. Aunque tarde, se dio cuenta de que la peor de sus pesadillas se había hecho realidad.

– ¿Te encuentras bien, Annie? -preguntó Jonjo en voz baja.

El tono de su voz denotaba que se había hinchado de fumar cannabis y estaba completamente colocado. Se acercó y se sentó en el borde de la cama. La bombilla que colgaba desnuda en el descansillo iluminaba lo suficiente como para ver que a su hermana la habían apaleado más que a un pulpo. La verdad es que no sentía la más mínima pena por ella, pues, cuando supo lo sucedido, se sintió tan disgustado como su madre y pensaba que se lo tenía bien merecido. Aun así, quería comprobar si se encontraba bien.

Jonjo miró la cara amoratada de su hermana y dijo:

– La he convencido de que no le dijera nada a papá ni a Danny Boy, ¿vale?

Annie asintió. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, tibias y saladas. La empatía de su hermano la hacía sentir más avergonzada de lo que en realidad estaba. Empezó a sollozar, tapándose los ojos con el brazo derecho y reposando el izquierdo sobre el pecho, como si quisiera ocultarse.

– ¿Quién era ese tío?

Annie no pudo responderle porque lloraba incesantemente.

Jonjo sonrió con tristeza, le quitó la mano de encima de los ojos y, mirándola con ternura, añadió:

– Si no me lo dices, te aseguro que se lo diré a papá y, lo que es peor, a Danny Boy. Así que decide a quién quieres contar tu sórdida historia.

Annie continuaba sangrando; tenía los labios hinchados, notaba el sabor de la sangre seca y el dolor que le causaban todos los chichones que le habían salido en la cabeza. Tenía mechones de pelo esparcidos por todos lados y, al verlos, estalló en lágrimas de nuevo.

– No hablo en broma, Annie, así que dime quién coño era ese tío.

Sacudía la cabeza. Una de las orejas le sangraba porque durante la pelea su madre le había arrancado uno de los pendientes dejándole colgando el lóbulo, cosa que no cicatrizaría tan fácilmente. Su madre le había dado una buena tunda, como debía ser.

– Dímelo antes de que me cabree.

Annie sollozó y, llevándose la mano a la boca, respondió:

– Te lo juro que no lo sé, Jonjo. Lo conocí en la cafetería de Betunar Green.

Jonjo se apartó de ella, con la espalda arqueada por el asombro. Su hermana se dio cuenta de lo mucho que había crecido en los últimos meses y, aunque no era tan grande como Danny Boy, estaba hecho un hombretón. Al ver que Jonjo acercaba la cara a la suya, Annie se dio cuenta de lo muy violenta que podía ser su familia cuando alguno de ellos creía que su mundo se veía amenazado.