Louie sonrió al ver a Danny Boy y a Michael dirigirse hacia sus destartaladas y viejas oficinas. Louie era rico como Creso, pero aún conservaba el viejo trasto que aparcaba en su local. Poseía maquinaria valorada en más de medio millón de libras y sólo la prensa que tenía en el desguace valía más que la mayoría de las casas de los políticos. Sin embargo, pertenecía a la vieja escuela y creía que no era muy acertado llamar la atención llevando una conducta que él calificaba de ostentosa. Todo lo contrario que Danny y Michael, que se paseaban en sus Jaguar con sus trajes a medida. Louie pensaba que, aunque ganaran un buen dinero con los clubes y sus otras empresas legales, llamaban demasiado la atención y pedían a gritos ser investigados. A la pasma le importaba un pepino, ya que ganarse unas libras extra para pagar la escuela o tomarse unas vacaciones exóticas nunca venía mal, pero si alguien les ordenaba que investigasen las ganancias de alguien, no les quedaba más remedio que hacerlo. Formaba parte de su obligación, pues, al fin y al cabo, ellos eran la pasma y tenían que dejar claro que cumplían con su trabajo. Su labor no podía ser puesta en entredicho, por eso parecía razonable que de vez en cuando hicieran algo de limpieza. Sin embargo, como solía hacer últimamente, prefirió guardarse sus consejos, ya que, cada vez que lo mencionaba, le respondían con una sonrisita que denotaba lo irritantes que resultaban sus palabras. Su avanzada edad lo había convertido repentinamente en una antigualla y lamentaba que su sabiduría y sus conocimientos, acumulados con el paso de los años, no fuesen apreciados como merecían. Sin embargo, como era un hombre astuto e inteligente, prefirió optar por cerrar la boca y guardarse sus pensamientos. Danny y Michael eran dos jóvenes que no tenían el más mínimo miedo a la pasma y ésa era su prerrogativa. No es que a él le agradase especialmente la legalidad, pero tenía una mujer y cinco hijas, y eso cambiaba las cosas.
Sabía que Danny Boy era la razón por la que les ofrecían tanto trabajo. Sus presentimientos de todos esos años se habían hecho realidad, pero, al contrario que otros, él apreciaba realmente al muchacho. Michael Miles, sin embargo, estaba hecho de otra pasta, aunque Louie sabía que Danny siempre procuraría tenerlo a su lado. Danny era el matón, todo músculos y nada de materia gris. Danny no era capaz de entender dónde estaba el límite; en cuanto empezaba algo, ya estaba buscando otra cosa que añadir a su agenda. La rutina diaria no estaba hecha para él; Danny era el cazador, el aventurero. El no era un contable, eso le correspondía a Michael. Michael era el encargado de las inversiones, pues era contable por naturaleza y había demostrado con creces ser un serio adversario en ese aspecto. Ambos disponían de una pequeña fortuna legítima y podían responder de todo lo que tenían porque Michael se había encargado de ello. Aun así, estaban llamando mucho la atención y eso nunca traía nada bueno. Este era un país donde aún se intentaba hacer respetar las leyes y, con la llegada de una brigada de investigación para el crimen organizado y el IRA causando muertos, también era un país deseoso de encontrar culpables. Esos culpables solían ser los delincuentes normales, sólo que ahora sus ganancias, sacadas de las apuestas o de la venta de artículos robados como ropa y electrodomésticos, se achacaban a la financiación de la causa irlandesa. Todo era mentira y eso lo sabía todo el mundo que estuviera metido en el ajo, puesto que los irlandeses tenían su propia red y no necesitaban de nadie más. Recibían dinero de América y de otras partes del mundo. Sin embargo, era una buena forma de meterse en el bolsillo a la opinión pública, funcionaba, y por eso su mundo se había convertido en un lugar muy peligroso para vivir, especialmente si no tenías la sensatez suficiente para pasar desapercibido. No obstante, Danny Boy aún contaba con el respaldo necesario para sentirse protegido.
Louie sonrió como un idiota al abrir la puerta de la oficina. Le hizo una seña con la cabeza, para que los dejase solos, a un muchacho que hacía el trabajo que Danny había realizado en otra época, y se sentó en su escritorio. Abrió uno de los cajones, sacó una botella de whisky Bell y les sirvió una copa mientras ellos colgaban sus abrigos y tomaban asiento.
Su copa estaba más llena que las otras dos, pero se la bebió de un trago antes de decir alegremente:
– ¿Qué pasa muchachos? ¿Qué os trae por aquí?
Como si no lo supiera.
Annie miraba a su futura cuñada y examinaba su traje de novia con el mismo cuidado con que un artificiero examina un explosivo. Observaba con sumo detenimiento los bordados a mano que le habían hecho y sintió que la acostumbrada envidia le dominaba. Que Mary fuese una chica muy guapa no le preocupaba porque sabía que, a su manera, ella también lo era. Lo que le fastidiaba era que Mary, por el hecho de ser la prometida de su hermano, acaparase el interés y se ganara la amistad de todos los que la conocían. Hasta cierto punto, Annie lo comprendía, puesto que ella daba lugar a una reacción semejante, pero la irritaba. Como era lógico, Annie había esperado que le pidiesen que fuese la madrina, pero no lo hicieron. Sabía que Mary no había estado muy conforme con esa posibilidad y, como no podía hacer responsables de esa omisión a sus hermanos ni a su madre, no le importó desahogar su ira con su cuñada. Resultaba chocante que su familia la castigase tan severamente por lo que ellos calificaban como un desliz moral cuando Mary había cometido el mismo error tantas veces que resultaba imposible contarlas. Su madre apenas le había dirigido la palabra desde que la encontrara con Ian Peck, ni tampoco su hermano Jonjo. De hecho, no habían escatimado ninguna oportunidad para ignorarla. Sólo su padre la había tratado con lo que podría definirse como ternura, pero es que ella siempre había sido su favorita. Danny Boy, por el contrario, no había cambiado de actitud con respecto a ella, de lo que deducía que no debía de saber nada. De haberlo sabido, seguro que ella se habría enterado. Se alegró de no haber tenido que experimentar su ira, además de la de su madre. Ella la había vapuleado de verdad y Danny Boy había aceptado las explicaciones de su madre por haberle hecho aquellos cardenales: le dijo que le había respondido de muy mala manera y había llegado tarde. Una tunda no era algo inusual de su parte, ni siquiera una dada con tanta saña.
Mientras Ange le sacaba a Mary el traje blanco de tul por la cabeza y lo colocaba cuidadosamente en una percha, sin parar un momento de hablar de los preparativos de la boda, Annie tuvo que morderse el labio inferior para no soltar las palabras que se le salían de la boca. Decidió salir de la habitación con cautela y, cuando llegó a la cocina, hizo un esfuerzo por contenerse.
Hacía tres meses que su madre le había dado la tunda y, desde entonces, su posición en la casa se había vuelto muy precaria. Por un lado, era la hermana de Danny Boy, lo que garantizaba que sería tratada con sumo respeto fuera de casa, pero también era un obstáculo para que nadie tuviese el valor de acercársele para pedirle una cita. Por otro, le habían restringido la libertad de que gozaba antes, no le permitían salir para que pudiera ser quien ella quisiera y la soledad empezaba a pesarle. Sin embargo, lo peor de todo era que su madre ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos. La situación que había creado su arrebato estaba siempre presente entre las dos y se sentía culpable y estúpida por haberla provocado.
– Anímate, Annie, puede que no suceda nunca.
Se dio la vuelta para mirar a su padre y vio lo que llevaba viendo todos esos años: la figura de un tullido que sólo servía para que su hijo desahogase su cólera.
– Como tú sabes mejor que nadie, ya ha sucedido.