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Big Dan no se molestó en discutir con ella porque sabía que resultaba inútil tratar de hablar con alguno de ellos. Todos vivían a la sombra de Danny Boy y las cosas no tenían miras de cambiar. Al igual que él, su hija no podía marcharse, huir, buscarse su propia vida. Al igual que él, estaba atrapada.

Cuando Ange irrumpió en la cocina, Big Dan se dio cuenta de que a ella también le pesaba la situación, que le estaba rompiendo el corazón, que la pérdida de la pureza de su hija la había afectado seriamente, por mucho que actuase como si no pasara nada. Era como si esperase que Danny Boy le indicara cuál era el siguiente paso que debía dar; es decir, lo mismo que hacía todo el mundo, él incluido.

– Louie, Jamie será el que lo pase mal si las cosas se ponen feas. Lo único que te pido es unos cuantos avales, unos cuantos nombres de personas que puedan querer invertir en una empresa como ésta.

Louie estaba nervioso, pero no tanto como para no darse cuenta de que la rabia se estaba apoderando de él. Danny Boy debería haber respetado su negativa inicial y no insistir y tratar de embaucarlo. Estaba asustado, pero hizo caso omiso de su miedo porque sabía que tenía que dejar las cosas claras o se vería envuelto en la locura que representaba Danny Boy Cadogan. Era demasiado viejo para eso, demasiado viejo para establecer una nueva empresa, especialmente una que atraería como lobos a la bofia si llegaba a sus oídos. Por mucho dinero que tuviesen, ni Danny ni Michael poseían bastante como para callarle la boca a un poli corrupto si se veía en aprietos. Y si lo cazaban, se volvería en su contra. No había dinero en la tierra que pudiera comprarlos si se veían amenazados por una sentencia de prisión. Los polis corruptos solían pasarlo peor que nadie, se los vilipendiaba y se los odiaba más que a sus homólogos honestos. Arrestar a un poli corrupto se consideraba una abominación, un poli recto era una cosa, un gaje del oficio, pero arrestar a alguien por considerarlo un soplón era algo muy distinto. No sólo habían traicionado a los suyos desde el momento en que habían aceptado un soborno, sino que, cuando se veían capturados, se daban la vuelta como las pescadillas y mordían la mano que les había dado de comer. Resultaba ultrajante y nadie concebía una cosa así.

Los polis corruptos siempre daban un paso atrás y el miedo a verse entre rejas con hombres a los que habían arrestado garantizaba su completa cooperación. En opinión de Louie, no había dinero suficiente en el mundo para mantener a un poli enterado siempre de tu lado, por muy bien que fuesen las cosas.

– Tienes la cara muy dura, Danny. Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces más tengo que…

Louie estaba enfadado, tanto que había perdido el miedo. No se trataba de rechazar un trato, era una cuestión de respeto. El siempre había cuidado de ese muchacho, desde que era un niño, y no pensaba dejarse intimidar por su arrogancia y su obvia tendencia a darlo todo por hecho.

Michael se sorprendió de la radical negativa de Louie. Se percató de que a Danny le ocurría lo mismo y agradeció que no tratara de forzar la situación.

Danny se levantó. Estaba tan contrariado que se le veía agitado, tan desconcertado por las palabras de Louie que estaba a punto de echarse a llorar. La patente decepción que mostraba su rostro hizo que Louie se sintiese muy mal. Danny Boy creía que le estaba dando un premio, una participación, un buen pellizco como forma de recompensarle por sus años de amistad. Era una revelación.

Danny Boy se apresuró a retractarse. No estaba dispuesto a tirar por la borda años de amistad por un pequeño malentendido, pero al mismo tiempo era incapaz de controlar su carácter. Necesitaba desahogar su ira, aunque sabía que estaba fuera de lugar.

– Cálmate, Louie. Lo único que quería era meterte en el ajo, eso es todo. Podrías ganarte un dinero, llevarte un buen pellizco y además te garantizo que tu nombre no saldría a relucir ni en un millón de años. ¿Por qué me das largas? ¿Acaso tengo pinta de repartidor y crees que me puedes echar como si fuese un heladero?

Louie estaba de pie, delante de él, tratando de sosegarle. Intentaba sujetarle las manos, trataba de que recuperase la sensatez e impidiera que el temperamento de Danny le hiciera perder los estribos. Sabía que Danny estaba a punto de perderlos y lamentaba que se hubiese tomado tan a mal su negativa.

Michael, aunque no tan grande como Danny, también era un chico corpulento y, de un salto, se interpuso entre los dos y apartó a Louie. Cogió a Danny Boy por los hombros y usó toda su fuerza para tratar de retenerle, de evitar que se pusiera tan nervioso que tuviera que desahogar su ira haciendo pedazos la oficina. Lo miraba fijamente a los ojos, tratando de obligarlo a recobrar la calma.

– Danny, ya sabes que no pretendía ofenderte. Es un anciano y tiene las ideas muy fijas. Déjalo ya. Louie es uno de tus mejores amigos. ¿Acaso lo has olvidado? Siempre ha cuidado de ti, así que relájate, ¿de acuerdo, colega?

Louie observó aterrorizado cómo Danny trataba de sosegarse, cómo trataba de controlar sus emociones. No obstante, se dio cuenta de que ése no era el mismo muchacho de antes, sino el hombre que ahora se estaba forjando la reputación de ser un sangriento y despiadado adversario, alguien que estallaba si consideraba que le amenazaban o ponían impedimentos a sus planes. En ese momento se dio cuenta de que Danny Boy era un bicho raro, un auténtico lunático. Durante su vida había conocido a algunos de ellos, pero ninguno tan astuto como ese cabrón desquiciado que tenía delante de las narices. Danny Boy era una de esas personas con las que es imposible razonar, que son incapaces de ver más allá de sus propios deseos, un defecto que lo convertía en un hombre peligroso y poco de fiar.

Mientras Louie contemplaba toda la escena, Michael le hablaba con suavidad, tratando de calmarle hasta que Danny respondió a sus peticiones. Aun así, se dio cuenta de que nadie lograría jamás meter en vereda a ese muchacho. El daño ya estaba hecho. Él sabía mejor que nadie que ese muchacho se había visto obligado a asumir el papel de protector siendo muy niño, que había tenido que salvar a su familia de los Murray y luego vengarse de ellos por su atrevimiento. Louie sabía que se había visto forzado a hacerles frente y asegurarse de que saldría victorioso, algo que había logrado hacer porque él lo había respaldado, porque lo había protegido. Ahora estaba viendo un aspecto de Danny cuya existencia no había ignorado nunca, aunque hubiese confiado en que sólo lo revelase contra sus enemigos, jamás contra sus amigos.

Cuando Danny Boy volvió a mirarlo, con sus ojos penetrantes y el rostro desdibujado por el arrepentimiento que le producía haber perdido los estribos, se acercó a Louie y lo abrazó, lo estrechó entre sus enormes brazos con tanta fuerza que pensó que iba a desmayarse.

– Dios santo, ayúdame -dijo una y otra vez.

Michael los contemplaba con sus ojos azules rebosando pena, pero con una expresión de alivio en el rostro al ver que había logrado calmar a una bestia, cosa que no siempre sería capaz de hacer.

Danny Boy salió de la oficina y se dirigió a su coche, un Jaguar azul marino, trastabillando. Se apoyó sobre el capó, cerró los ojos con fuerza y rezó en voz baja tratando de recuperar la compostura.

Michael suspiró pesadamente. El silencio que reinaba en la oficina resultaba estremecedor. Hasta el ruido del tráfico había cesado. Parecía que Louie y él se hubieran quedado suspendidos en el tiempo.

El timbre del teléfono sonó tan ensordecedor que los dos dieron un respingo. Louie dejó que sonara y, cuando dejó de sonar, ambos tenían los nervios deshechos.

– Discúlpalo, Louie. Danny no pretendía faltarte al respeto. El te aprecia de veras.

Louie no le respondió. Michael observaba a Danny Boy mientras éste encendía un cigarrillo y le daba una profunda calada. Suspiró una vez más, pero esta vez de alivio. Cuando Danny encendía un cigarrillo era señal de que lo peor ya había pasado.