– ¿Con qué frecuencia le pasa eso, Michael?
Michael se encogió de hombros y Louie admiró su lealtad aunque tuviese ganas de abofetearlo. El rostro agraciado de Michael se veía preocupado; cuando Danny no estaba presente, su rostro parecía más viril y apuesto. Si Danny estaba a su lado, parecía más débil, menos viril; era como si se empequeñeciera. Michael era un hombre fuerte, capaz de enfrentarse al más pintado, pero no era tan camorrista como Danny. Siempre estaba bajo su sombra, lo cual era una lástima porque la sombra de Danny se estaba agrandando demasiado a causa de sus últimos trapicheos.
– Contéstame, muchacho. ¿Con qué frecuencia le pasa eso?
Michael se encogió de hombros y guardó silencio, pues era su forma de reaccionar cuando le preguntaban algo acerca de su mejor amigo y socio. Formaba parte del protocolo. No obstante, respetaba a Louie y sabía que se merecía algún tipo de explicación, por eso se demoró un rato pero respondió:
– Depende. Últimamente está muy nervioso con la boda y los negocios. Bueno, tú lo conoces de sobra.
Louie cogió el habano del cenicero con manos temblorosas y, después de encenderlo, con un renovado vigor, insistió:
– Te lo pregunto por última vez, muchacho. ¿Con qué frecuencia le pasa eso?
Michael se pasó la mano por la cara. Se estaba poniendo nervioso por la insistencia de Louie y empezaba a sudar.
– Una vez al mes, pero casi siempre consigue controlarse, aunque a veces tengo que ayudarlo. No creo que sea necesario comentarlo con nadie, ¿no te parece?
Louie se quedó consternado ante la patente amenaza de Michael, también le impresionó la lealtad que le mostraba a Danny, aunque sabía que se la estaba jugando. Ambos lo estaban haciendo, especialmente Danny.
– ¿Y a ti te parece bien que se case con tu hermana?
Michael no respondió, sino que le hizo señas para que guardara silencio porque Danny Boy regresaba a la oficina, ahora con una sonrisa en la cara.
Con una mirada enternecedora y sentimiento de culpa les dijo a los dos:
– ¿Qué puedo deciros, colegas? Nunca le metas un palo afilado a un gitano en el ojo, siempre terminará llorando.
Todos se rieron, pero también se dieron cuenta de que a partir de entonces las cosas no serían iguales. Danny Boy se había pasado de la raya y Louie jamás lo olvidaría; la confianza entre ambos había desaparecido. Danny Boy, por su lado, tendría que vivir sabiendo que, con unas cuantas frases, había perdido al hombre que le había proporcionado más oportunidades que nadie.
Danny Boy no podía controlar su rabia. Era una de esas personas que no admiten un no por respuesta y que esperan que se les obedezca rápido y sin rechistar. Si pensaba que no le hacían el caso debido, empezaba a perder la noción de las cosas, pero cuando estaba bajo los efectos de las anfetaminas, como le sucedía hoy, era incapaz de controlar sus emociones.
– Yo te aprecio, Louie, y tú lo sabes de sobra -dijo.
Se estaba preparando una raya sobre el sucio escritorio. En un momento se hizo seis rayas, seis buenas rayas, cada una de las cuales podía haber sido la dosis de una persona, pero las preparó para él solo. Sacó un billete de cinco libras, lo enrolló y las esnifó una detrás de otra. Levantó la cabeza y, tapándose una de las fosas nasales, esnifó con tal fuerza que tuvo que echar la cabeza hacia atrás, mirando hacia el techo. Poco después, su cólera había desaparecido y era todo alegría y buen humor.
Louie Stein pensó que esa rabia inmensa y contenida de Danny Boy empeoraría con los años. Era una persona tan inestable que no sólo era un peligro para los que le rodeaban, sino para él mismo. Pensó que no podía hacer nada al respecto sin meterse en un jaleo. Danny Boy siempre había estado mal de la cabeza, ahora se daba cuenta porque había estado a punto de sufrir las consecuencias. Era un tipo duro de roer y su padre ya lo había padecido. Tener que reconocerlo le rompió el corazón.
Mary y sus primas reían y bromeaban mientras preparaban sándwiches y té. Ange estaba encantada de recibir la visita de las chicas con bastante frecuencia y llegó incluso a sorprenderse de lo mucho que disfrutaba de su compañía. Ver que en su casa la gente se reía y era feliz era como una tabla de salvación en su miserable vida. Hasta Danny Boy parecía más feliz que de costumbre, aunque nunca se sabía con él. A veces se comportaba de forma muy extraña, pero ella atribuía esas rarezas a que estaba intentando asegurar el futuro de todos ellos. Por esa razón, le consentía su mal humor y los hirientes comentarios que hacía cada vez que pensaba que alguien estaba intentando salirse de su jurisdicción. La única persona que parecía estar haciendo lo que se le antojaba era su padre, lo cual era ya de por sí una forma de desprecio. Su absoluta indiferencia por él daba mucho que hablar.
Mientras Ange contemplaba a las muchachas que reían y charlaban, pensó que Mary la visitaba con mucha frecuencia porque su pobre madre ya no podía darle ningún consejo, aunque de haber estado viva tampoco se lo habría dado.
Ange se percató de la enorme responsabilidad que le habían dado y rezaba para que ese matrimonio sirviera para que su hijo Danny no la visitase con tanta frecuencia. Esperaba que Mary Miles asumiera la carga que suponía su hijo, su mal humor y su enorme rabia.
Se sentó en el pequeño comedor y Mary le trajo una taza de té. Cuando cogió la taza y el platito, miró a la chica y, con tristeza y sin poder reprimirse, le dijo:
– No lo hagas, Mary. Danny es un hombre muy duro y bien sabe Dios que sé lo que digo. Piensa en ello, chiquilla. Acabas de enterrar a tu madre…
Mary se escandalizó al escuchar las palabras de su suegra y frunció el ceño mostrando el desagrado que le producía oírlas. Por un momento pensó que se debería a los celos propios de una madre, un último y desesperado intento de mantener a su hijo predilecto a su lado. Mary vio la tristeza que emanaba de los ojos de Ange, sintió lástima por ella y se preguntó si ella sentiría lo mismo cuando su hijo se marchase también de casa. Sabía que Danny Boy había sido el que había traído el sustento a la casa desde hacía mucho tiempo y comprendía que Ange temiera que otra mujer ocupara su lugar y acaparara el afecto de su hijo.
Mary rodeó con sus delgados brazos el cuello de su futura suegra y la besó en la mejilla con mucha ternura.
– No te preocupes, Ange. Yo jamás lo apartaré de tu lado. Él te quiere y a mí me gusta que sea así. Yo lo amo por lo bien que ha cuidado de todos vosotros.
Ange no respondió, sino que se limitó a apoyar la cabeza sobre el pecho de su nuera y empezó a llorar como una niña. Estaban abrazadas la una a la otra con el rostro anegado de lágrimas cuando Danny Boy y Michael entraron en la habitación.
Fue una escena que se le quedó grabada en la mente y que le hizo sentirse incómodo. Michael se sintió conmovido, como siempre que veía alguna escena emotiva. Danny Boy trató de imitar su reacción, como había hecho muchas veces en el pasado, pues era Michael quien le enseñaba cómo responder a esas situaciones, ya que él no tenía la más mínima idea. Él carecía de sentimientos, sólo lo dominaban la ira y los celos. Sin embargo, era lo bastante inteligente como para saber que los sentimientos de los que carecía eran los que dominaban la rutina diaria de los demás. Él hacía tiempo que había dejado de experimentarlos, desconocía por completo lo que significaban el miedo, la empatía, la lástima, la felicidad e incluso el amor. Cuando vio a Mary abrazada a su madre lo único que sintió fue fastidio, aunque sonriera como se esperaba que hiciese.
Cuando dejaron de abrazarse y de llorar, Danny sonrió y guiñó un ojo a su madre y a su futura esposa mientras salían de la habitación, más aliviadas, ahora que cada una había desahogado sus temores. Danny pensó que la amistad que se estaba forjando entre ellas no era saludable, pues lo dejaban al margen. De hecho, cuando le dio dinero a su madre para los preparativos de la boda, no parecía tan feliz como debería. Ahora, sin embargo, verlas tan unidas no sólo le hacía sentirse incómodo, sino algo preocupado. No quería que las mujeres se convirtiesen en aliadas, quería que fuesen dos entidades distintas, las dos a su entera disposición, pero cada una en su casa.