Danny Boy llevaba puesto un chaqué y un sombrero de copa que le hacía sentirse incómodo, aunque confiaba en que con su constitución le sentase bien. Mary había optado por un traje de novia blanco y tradicional ya que, como le había dicho Danny en repetidas ocasiones, podía comprarse lo que quisiera. Deseaba poseerla desde hacía mucho tiempo y el deseo de que llegase la noche le resultaba abrumador. Se la había arrebatado a Kenny, el llamado amor de su vida, y se había quedado con el premio. Saber que Kenny estaba muerto le seducía y despertaba su sentido de lo que estaba bien y era más adecuado. Quería tener una esposa y formar una familia por el mero hecho de que era lo que la gente deseaba, lo que todo el mundo anhelaba y esperaba. Casarse con Mary no iba a interrumpir sus actividades nocturnas, seguiría como siempre, sólo que ahora Mary se trasladaría a su nueva casa y cuidaría de él y de sus cosas, le daría hijos y le estaría siempre agradecida por haberla sacado de la cloaca en la que se había metido estando al lado de un mierdecilla barriobajero como Kenny.
Tener una esposa era algo grande y estaba deseando decir palabras como «mi esposa» o «mis hijos». Sabía que eso le daría cierto aire de normalidad y respetabilidad, algo de lo que carecía por completo.
Vio a Louie y a su esposa, de pie, a unos cuantos pasos de él. Formaban una pareja encantadora y su esposa parecía una mujer agradable, una de esas mujeres que se pasan la vida sin tener el más mínimo deseo carnal, ni siquiera de su pobre marido. Era una verdadera diosa, una verdadera señora. Danny se sintió repentinamente apenado por su comportamiento con su amigo. Como bien le había señalado Michael, ese hombre le había ayudado más que nadie y él, sin embargo, se lo había pagado amenazándole, perdiéndole el respeto y queriéndole quitar de en medio.
Danny se dio cuenta de que tenía que encontrar la forma de controlar su carácter, algo que lograba la mayoría de las veces, pero que otras se le iba de las manos. Lo temible es que casi siempre lo hacía sin motivo alguno, sin que le preocupasen las consecuencias. Cuando quería desahogarse, cualquiera que se cruzase con él podía convertirse en su víctima. Le guiñó un ojo a su viejo amigo, le sonrió y le hizo un gesto tan ostentoso que no pasó desapercibido para ninguno de los presentes. Quería dejar claro que Louie era un buen amigo, casi parte de su familia, gesto que alegró sinceramente a Michael.
Michael estaba de pie, a su lado, con su esmoquin y su sombrero de copa, no tan elegantes como el suyo porque él ya se había encargado de eso. Mientras los demás asistentes a la boda habían alquilado cada uno su esmoquin, a él se lo habían hecho a medida en Savile Row. Era un traje de muy buena calidad, que estaba seguro que le haría destacar por encima de los invitados, justo lo que pretendía, dar la impresión de que le sobraba el dinero.
Mientras Michael le hablaba, Danny adoptó su comportamiento habitual de asentir y sonreír con el fin de que creyese que le estaba prestando atención. Sin embargo, miraba a su alrededor, impresionado por la cantidad de peces gordos que asistían a su boda. Por lo que veía, nadie había rechazado su invitación. Observó que habían acudido todas las familias del mundo criminal, de todas las nacionalidades y de todas las razas; es decir, las personas que residían al norte de Watford Gap. Todos habían acudido personalmente o habían enviado a un representante de alto standing. Jaime Carlton también asistió, lo que suscitó más de un comentario, cosa que agradó a Danny porque era una declaración pública de su nuevo estatus, algo que quería utilizar para presionar a las personas de las que esperaba que invirtiesen en su empresa. Una vez que pusieran el dinero, ya no tendría que preocuparse de que quisieran arrebatarle el negocio o se inmiscuyeran para llevarse un porcentaje. Para cuando tuviesen delirios de grandeza, como por ejemplo quitarle de en medio y luego reclamar el trozo del pastel más grande, estaría tan afincado en el negocio que no les dejaría ni meter un dedo. El sólo quería su dinero y su eterno consentimiento, lo demás podían metérselo donde les cupiera.
Mientras imaginaba el dinero que pensaba hacer, oyó las primeras notas de Mendelssohn y, poniendo una amplia sonrisa en el rostro, se dio la vuelta para mirar a su futura esposa mientras se deslizaba por el pasillo de la iglesia vestida con su traje blanco y envuelta en un aroma de perfume caro. Estaba realmente bella, no cabe duda de que era una mujer muy guapa y ella lo sabía, lo que significaba que tendría que vigilarla muy de cerca. Tenía la reputación de ser tan fantástica como fastidiosa. Sin embargo, ahora estaba radiante mientras caminaba por el pasillo en forma de pétalo para colocarse al lado de su marido, tanto que suscitaba suspiros de admiración en las mujeres y gruñidos de lascivia entre los hombres. Danny Boy se dio cuenta de que le estaban poniendo nota, de uno al diez, y ninguno le encontraba la más mínima falta. Estaba realmente preciosa y así debía ser porque su traje había costado un ojo de la cara. Era como una estrella de cine, justamente lo que había pretendido. Al igual que Danny, había considerado su boda como el acontecimiento social del año, por eso se había asegurado de ir vestida de acuerdo con el evento.
Habían escogido un club nocturno para la recepción y un jefe de cocina de primera clase estaba preparando el banquete. La música sería espectacular y el bufet nocturno costaba tanto como la comida del mediodía. Se habían alquilado varios Rolls-Royce todo el día y, después del banquete, conducirían a la pareja hasta Heathrow para coger un avión hacia las islas Mauricio, donde pasarían tres semanas de luna de miel. No cabe duda de que aquélla sería la boda de la década y que ella sería la novia más guapa en muchos años. Aunque ya había estado con muchos hombres, aún se sentía virgen, algo que no había experimentado desde que estaba en la escuela.
Ange observaba a sus hijos mientras esperaba a la novia. Se sentía feliz. Su marido, además, estaba a su lado, vestido con un esmoquin que no le sentaba mal a pesar de lo delgado que se había quedado. Había sido un hombre apuesto en sus buenos tiempos y aún lo sería si se preocupase un poco por su forma de vestir. Miró a su hija y, al ver su rostro petulante, comprendió que se sintiera molesta porque no la habían elegido como madrina. Sabía que Mary hubiera deseado que fuese ella, pero Danny Boy fue quien tuvo la última palabra y puso sus objeciones porque últimamente no se sentía muy contento con ella. Puede que tuviera sus razones, ya que ella sentía lo mismo con respecto a sí misma. La chica se había convertido en una fulana y puede que ése fuese el escarmiento que necesitaba para ponerla derecha.
Ange miró alrededor y se quedó sumamente impresionada con las personas que habían asistido a la boda de su hijo. Sabía que su marido estaría verde de envidia, pero eso no le preocupaba porque estaba dispuesta a gozar plenamente de ese momento de gloria. ¿Qué otra cosa podía hacer? Había aprendido con el tiempo que había que aprovechar los pocos momentos buenos que ofrece la vida.
– ¿Entonces el diez de mayo será el aniversario de tu boda?
Mary asintió alegremente. Su hermano Gordon, que no tenía mal aspecto vestido de esmoquin, dijo en voz alta y ebrio:
– ¿Y por lo que veo hasta te has vestido de blanco?
Mary empezó a sentirse avergonzada. Gordon no tenía miedo de decir lo que pensaba, de ofender a los demás. Cuando estaba borracho, se convertía en un verdadero cabrón, como su madre. Al igual que ella, era incapaz de saber medirse y siempre terminaba borracho.
– Ten cuidado, Gordon. Danny Boy no es de los que soportan tus bromas.