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Intentaba advertirle, pero fue un aviso demasiado amistoso como para que se lo tomase en serio.

Gordon sonrió y Mary se dio cuenta de que quería recordarle su pasado, por eso sintió deseos de herirle físicamente. Gordon era una de esas personas que siempre tienen que hacer una escena, que siempre necesitan herir a alguien. En otro momento hubiera sentido pena por él, pero ahora le detestaba porque había esperado que al menos ese día se controlara. Sin embargo, su odio ya se reflejaba en su rostro, su odio y ese enrojecimiento que le decía que ya había bebido más de la cuenta; hablaba, además, con el descaro propio de quien no había tenido la oportunidad de conocer a Danny Boy de mal humor.

– ¡Vaya! Eso es como poner el caballo detrás de la carreta, teniendo en cuenta tu pasado. Has sido más puta que una gallina y, según tengo entendido, eras tan popular que le pusieron tu nombre a los aseos.

Gordon miraba a Mary con su acostumbrada gentileza de borracho, una mirada que adoptaba porque así podía representar al día siguiente el papel de arrepentido. Seguramente aludiría que estaba bromeando. Mary le miró con una sonrisa gélida. Gordon era siempre el que provocaba los problemas y estaba más que harta de él. Había esperado que al menos ese día supiese cómo comportarse, pero fue una completa estupidez porque a su edad se creía todo un hombre y ella jamás se había molestado en hacerle cambiar de opinión. Se había pasado la vida defendiéndolo y ahora lamentaba no haber hecho lo que otros muchos: haberlo eludido y dejar que hiciera lo que se le antojase. En cuanto se tomaba unas copas, se convertía en una pesadilla, igual que su madre. El alcohol lo convertía en una persona huraña y amargada, una persona más detestable de lo que ya era de por sí.

Mary lo miró a los ojos y vio ese brillo calculado y maligno que indicaba que estaba demasiado borracho para razonar con él. Echó una mirada a su alrededor. El club que habían escogido estaba decorado con lilas y rosas blancas. Era realmente bonito, pero como siempre su hermano tenía que poner la nota disonante. Estaba tan carcomido por el odio y los celos que normalmente recibía una bofetada de la persona más inesperada, siempre de alguien que él creía que le apreciaba, y que no se sentiría ofendido ni humillado por sus palabras. Su excusa siempre era la misma: sólo había dicho la verdad, como si ese hecho justificara el dolor y los problemas que causaba. Ya era hora de que aprendiese que la verdad, en su mundo, era algo que no interesaba a nadie. La verdad solía ser una emoción cara y desmesurada que, casi siempre, se convertía en fuerza destructiva y peligrosa. La verdad no estaba hecha para personas como ellos, y su hermano debía saberlo mejor que nadie. Era un cabrón que seguramente no le daría mucho margen de acción porque estaba decidido a romperle el corazón. Gordon no medía sus palabras, ni tenía en cuenta el efecto que producían porque era incapaz de percibir el dolor y su obvia crueldad. Y eso que le había prometido que no bebería hasta la noche, que sabría comportarse. Mary pensó que no le quedaba más remedio que aceptar que, a pesar de lo joven que era, ya se había convertido en un alcohólico y un adicto a las drogas, además de un gilipollas que no se preocupaba en absoluto de sus sentimientos ni de los de Danny Boy.

Mary llevaba semanas esperando que llegase ese día. Gordon, al igual que Michael, sabía lo mucho que significaba esa boda para ella, lo mucho que importaba que todo saliese bien para iniciar su matrimonio con buen pie. Gordon sabía mejor que nadie lo importante que era la cooperación de su familia no sólo para que la boda fuese un éxito, sino para que no hubiese ningún momento engorroso. Ahora, sin embargo, se había convertido en el provocador que humillaba a su propia hermana, y no le parecía nada justo.

Había planeado ese día con sumo cuidado, sin olvidar el más mínimo detalle. Ahora que al fin se había casado legalmente y tenía su vida más o menos resuelta, todo estaba al borde del desastre por unas pocas palabras pronunciadas por su hermano pequeño, un borracho arrogante que echaría conscientemente por tierra su imagen delante de todos. Que precisamente fuese su hermano pequeño quien la pusiera en evidencia delante de sus amigos, y de los nuevos amigos de su marido, le resultaba más difícil de asimilar de lo que insinuaba con sus palabras. Que disfrutara arruinando el día más importante de su vida era algo incomprensible, pues no podía imaginarse a sí misma haciendo algo tan odioso y denigrante a nadie de su familia. ¿Por qué la hería? Después de todo, ella lo quería.

Se sintió tan traicionada que los ojos se le llenaron de lágrimas, pero se las secó en un instante. Luego le susurró en el oído:

– ¿Quién te has creído que eres, Gordon? Más te vale cerrar la puñetera boca.

Lo miró a la cara, a ese rostro tan parecido al suyo y volvió a preguntarse cómo era capaz de agredirla de esa forma, cómo podía disfrutar diciéndole cosas tan hirientes y cómo podía hacerla sentir tan mal en el día más memorable de su vida. Él siempre la tomaba con ella, la hacía sentir una basura. Lo hacía porque siempre se lo había consentido, porque sabía que era un don nadie y por eso disfrutaba lastimándola. Siempre le pedía dinero prestado y siempre recurría a ella cuando necesitaba algo, pero su generosidad le provocaba resentimiento. En lugar de sentirse agradecido por tener una hermana que lo quería y estaba dispuesta a ayudarle, se sentía resentido por su generosidad y se odiaba a sí mismo porque sabía que sin ella no sería capaz de sobrevivir. Mary, finalmente, se dio cuenta de algo que él sabía desde hacía tiempo. Gordon era un capullo integral sin conciencia ninguna e incapaz de entender las reglas más básicas de la vida. Estaba arruinando su boda sin pensar en ella ni en su marido, algo que no le perdonaría en la vida. De cualquier otra persona lo hubiera entendido, pero que fuese su hermano quien la traicionara le resultaba inaudito.

– Maldito cabrón, más vale que te calles.

Gordon rió. Si Michael no estaba a su lado, resultaba un chico apuesto, pero si estaba junto a él o a su hermana parecía exactamente lo que era: una versión barata de sus hermanos. Él lo sabía y por eso daba siempre la nota disonante cuando estaba con ellos. Abrió de par en par sus ojos azules y, con cara de inocente y poniendo su mugrienta mano en la boca, dijo en voz alta:

– Lo siento, hermana. No sabía que eras virgen. ¿Estás seguía de que Danny Boy se ha olvidado de Kenny? Según tengo entendido, tuvo algunos problemillas con él. Estoy seguro de que aún te acuerdas de él, ¿verdad que sí?

Se había pasado de la raya y, a pesar de lo bebido y colocado que estaba, se dio cuenta. Se dio cuenta de que sus palabras habían estado fuera de lugar, de que pagaría por su vileza y de que su hermana jamás le perdonaría.

Ninguna de las personas que los rodeaban eran amigos personales de Danny ni de ella, sino simples invitados, lo que ella había denominado una lista de invitados alternativa, personas que Danny consideraba que debía invitar, no porque deseara hacerlo. Por eso, los comentarios de su hermano eran de lo más ultrajante, ya que esas personas no estaban acostumbradas a ellos, ni tampoco se encontraba en situación de hacerlo callar antes de que Danny Boy lo oyera. Eran personas que siempre estaban al acecho de cualquier chismorreo, que no habían acudido para desearles lo mejor, sino para hacerse ver, mostrar su buena voluntad y llevarles un regalo decente que revelara lo bien que les había ido en la vida. Mary no comprendía por qué su hermano le había dicho esas cosas delante de ellos, pues sabía que sus palabras llegarían a oídos de casi todo el submundo londinense y que estarían en boca de todos durante muchos años. Le había arruinado el día que tanto había anhelado, el día que había planeado tan meticulosamente se conservaría en su memoria como otro terrible recuerdo de su vida. Al ver que ya todo estaba perdido, comprendió que su única posibilidad era tratar de limitar los daños, por eso sonrió y, entre dientes, dijo: