Mary Cadogan, que así se llamaba ahora, despertó y vio que su marido se desnudaba para meterse en la ducha. Cuando abrió los ojos y lo vio de pie, el corazón casi le da un vuelco. Se irguió con dificultad, con la boca seca y un terrible dolor de cabeza por la cantidad de alcohol que había ingerido el día anterior. Cuando lo vio ir hacia el baño, se sorprendió de que no hubiese abierto la boca. Parecía que no hubiese sucedido nada, como si fuese un día normal. Con voz suave y casi sin mirarla dijo:
– Prepara un té, cariño. Y, si no te importa, quítate ese puñetero traje. No he venido a visitar a la señorita Havisham.
Actuaba como si no hubiera pasado nada fuera de lo corriente. Mary estaba desorientada, molesta aún. Miró a su alrededor y vio el dormitorio que había decorado con tanta ilusión y su reflejo en el espejo de la cómoda. Tenía un aspecto espantoso. Tenía la cara manchada de rímel y el maquillaje se le había corrido con tanta lágrima. Parecía mucho mayor. Mientras se observaba, recordó los acontecimientos del día anterior y se echó a llorar de nuevo. Tenía la boca seca y el cuerpo le olía. Cuando se levantó, perdió el equilibrio y se tambaleó; por un momento deseó desmayarse y morir para no tener que afrontar el resto de su vida. Se quitó el traje de novia. Estaba hecho un harapo, así que lo dejó en el suelo del dormitorio y se puso la bata de seda que se había comprado pensando en su marido. Empezó a quitarse el maquillaje, frotándose suavemente y pendiente del grifo de la ducha. Esperaba una bronca y sabía que no podía hacer nada para evitarla. ¿Cómo iba Danny Boy a perdonarles que hubiesen montado esa escena el día de su boda? Se sentó al pie de la cama, de esa cama que había imaginado como el lugar en que dormirían juntos, se amarían y hablarían. Verla ahora desordenada le rompió el corazón y estalló en sollozos, aunque esta vez se debía a la vergüenza que la invadía y la vida desgraciada que le esperaba.
Danny Boy le había dicho que preparase un té, y se lo había dicho como si fuese un día normal. Ella sabía que tenía fama de tener muy poco aguante y muy mal humor, pero jamás esperó que lo usase con ella. Permaneció sentada donde estaba, a la espera de que terminase lo que estaba haciendo y decidida a aceptar cualquier castigo que quisiera imponerle.
Cuando Danny entró en el dormitorio, con el cuerpo brillándole por el agua, se estremeció. Era la primera vez que le veía desnudo y ahora se daba cuenta de lo grande y fuerte que era; todo músculo y nada de carne. Tuvo ganas de llorar de nuevo al ver lo que se perdía. Danny se detuvo delante de ella y ella levantó la mirada para ver su apuesto rostro, ese rostro con el que había sonado tanto; vio que le sonreía, con esa sonrisa relajada que engallaba a todo el mundo y le hacía parecer un buen muchacho.
La miraba fijamente, con sus ojos azules carentes de rabia; Mary estaba extrañada que no estuviera reprochándole lo sucedido el día anterior.
– ¿Te pasa algo, corazón?
Parecía preocupado, su voz sonaba tan amable y cordial que pensó que estaba soñando.
Negó tristemente con la cabeza.
– Lamento mucho lo ocurrido, Danny Boy. Lo siento en el alma. Gordon no sabe lo que dice. Siempre está borracho o colocado.
Mary intentaba justificar el comportamiento de su hermano y, la verdad, no sabía por qué; él no merecía su lealtad y jamás había sido leal con ella.
Danny se arrodilló delante de ella y, con tranquilidad, respondió:
– El sólo estaba diciendo la verdad, Mary. Y la verdad ofende, ¿acaso no lo sabes? Tú has sido una puta de mierda y a mí no me queda más remedio que resignarme a eso, ¿no es cierto?
Sonrió, con sus dientes parejos y bien limpios, oliendo a menta por la pasta de dientes que utilizaba. Aún sonreía cuando se levantó y añadió:
– Y ahora prepara el té. Que no tenga que repetírtelo más veces.
Capítulo 16
Mary esperaba que su marido regresara a casa, pero estaba tan nerviosa que temblaba como un flan. Estaba enferma. El sudor frío que le empapaba el cuerpo hacía que se le estirase la piel, que le rechinasen los dientes. El miedo crecía en su interior y se dio cuenta de que había esperado que algo así sucediera desde su primera cita, pero entonces el peligro que emanaba de Danny la atraía. Saber que era un tipo de mucho cuidado la había seducido, aunque no había querido admitirlo hasta ese momento.
Se miró en el espejo del cuarto de baño y vio que estaba impecable, como siempre. A pesar de lo sucedido en la boda, siempre procuraba arreglarse lo mejor posible, aparentar que nada la afectaba. Era un truco que había aprendido de su época con Kenny. La gente sólo sabía lo que tú le contabas, sólo veía lo que tú le dejabas ver. Su madre le había inculcado esa idea desde que era una niña, una niña de enormes pechos que sabía demasiado para su edad.
«Estás sentada sobre una mina de oro y, si sabes jugar tus carias, no te faltará de nada», le decía su madre. Sus palabras aún le sonaban claras y cristalinas, el problema era que se había enamorado de Danny Boy mucho antes de haberlas oído. Danny había sido su amor de infancia, su primer amor. Ahora, sin embargo, no estaba muy segura de qué significaba para ella, ni de lo que ella misma deseaba. Lo único que sabía era que estaba en peligro, en grave peligro. Él le había demostrado quién era, cuáles eran sus verdaderos sentimientos y eso la tenía aterrorizada. Su humillación era completa, pues era consciente de que, en cuanto intentase algo, lo tendría detrás en menos que canta un gallo.
Se había maquillado a la perfección, tenía la piel hidratada y el pelo espeso recién lavado. Mary era de las personas que, hasta en los peores momentos de su vida, se preocupaba enormemente de su aspecto porque eso le proporcionaba cierta autoestima. Respiró profundamente y trató de tranquilizarse. Danny Boy jamás había apreciado su inquietud general, de hecho le molestaba y le enfurecía, lo que lograba que se pusiese aún más nerviosa.
Nunca sabía a ciencia cierta si iba a regresar a casa para estar con ella; en ese aspecto, hacía lo que se le antojaba. Pero si regresaba, quería estar guapa para él, como siempre. Se había pasado la mayor parte del día arreglándose para un hombre que la despreciaba, pero que jamás la dejaría escapar. Ella le pertenecía y no podía hacer nada al respecto. Era demasiado tarde. Danny Boy la había destruido por completo con unas cuantas palabras y había sido precisamente su hermano quien le había proporcionado la munición con la que dispararle a traición. Gordon no se había dado cuenta de que había sido él quien le había dado una excusa para que Danny le reprochara su mala conducta. Danny Boy no era de los que dejan pasar las cosas, ni tampoco de los que ponen la otra mejilla, sino todo lo contrario. Danny era de los que aprovechan cada oportunidad, de los que siempre buscan su propio interés. En pocas palabras, que no era tan diferente de ella, pues ambos eran unos interesados, unos aprovechados dispuestos a utilizar cualquier medio con tal de conseguir un fin. Desgraciadamente, había pensado que utilizarían esa cualidad mutua para beneficio de los dos y no para ponerse el uno contra el otro.
Danny Boy tenía el don de hacerla sentir una verdadera mierda y ella estaba a punto de empezar a creérselo. Se miró nuevamente en el espejo y se preguntó cómo era posible que le hubiese sucedido algo semejante. Se acordó de Kenny y de lo fácil que resultaba tratar con él, pero también le vino el recuerdo de Danny cuando se decidió a ir a por ella, de cómo se había asegurado de que se sintiera deseada y de cómo se la había arrebatado a Kenny. Esa seguridad que la había embargado entonces había desaparecido, la había abandonado repentinamente, justo lo que Danny había pretendido, lo que había buscado. Se percató de que no se había acostado con ella antes de la boda porque eso le podría haber dado alguna pista. Danny había decidido destruir a su más terrible enemigo, con ella incluida. No obstante, una semana después del fiasco de la boda, la poseyó, pero lo hizo tan brutal y viciosamente que estuvo varios días sin poder caminar. La poseyó en la misma forma en que se posee a una prostituta, clavando el último clavo de su ya derruido amor. No sólo la había dañado en lo físico, sino también en lo mental, pues la había tratado con lascivia, como un perro fornica a una perra en celo, sin amor, sin ternura y sin verdadero deseo. Fue un acto de destrucción, un acto de odio que ponía fin a su amor. Había querido dejar una cosa clara: que se diera cuenta de lo poco que le importaba, que supiera que para él no significaba absolutamente nada.