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Por esa razón, Louie, como todo el mundo, prefería no pronunciarse. Si alguien abría su corazón contigo, lo que se esperaba de ti era que dieras tu sincera opinión al respecto, algún consejo, algo que Louie no deseaba en absoluto. Danny Boy no era una persona a la que le gustara recibir consejos sobre asuntos personales, ni estaba lo bastante cuerdo como para sincerarse con él; más bien todo lo contrario, era de esas personas a las que uno sólo les dice lo que ellas quieren oír. Louie sabía que, pasara lo que pasara en el futuro, jamás expresaría su opinión sobre sus nuevas amistades. Esperaba que el muchacho no se hubiese presentado en la oficina para pedirle consejo, aunque una vocecita le decía que Danny Boy jamás se rebajaría tanto como para pedirle a nadie consejo, pues eso era algo inconcebible teniendo en cuenta su carácter. Tampoco era una persona que reconociera haber cometido mi error, ya que era demasiado arrogante y orgulloso para ello.

Danny se sentó en el viejo sofá, miró el rostro angustiado de su amigo y sintió que una oleada de paz le invadía. Le gustaba recordar sus primeros pasos, sus primeros negocios. Louie había sido quien le había enseñado el camino hacia el éxito y sabía que era un hombre afortunado en ese sentido. Jamás le había aconsejado mal y siempre había procurado allanarle el camino. Había sido quien le había ayudado a llegar donde se encontraba y le estaba agradecido por su generosidad y su confianza. En muchos aspectos, había sido incluso su salvación. Danny sabía que Louie merecía todos sus respetos y, en su interior, reconocía que era una de las pocas personas que apreciaba verdaderamente, alguien en quien podía confiar en todos los aspectos.

– ¿Te encuentras bien, Louie?

Louie sonrió, pero Danny se percató de la falta de vigor, su falta de interés en lo que le rodeaba y eso le hizo preguntarse qué le sucedería a su amigo para que se le viera tan deprimido. Por esa razón, con el tono más amistoso del que fue capaz, insistió:

– Te lo pregunto una vez más. ¿Te encuentras bien, Louie?

Parecía realmente interesado y habló con voz melosa, franca y sincera, lo que incrementó más aún la preocupación de Louie.

– Por supuesto que sí, colega. ¿Y tú?

Su voz sonaba más relajada de lo que verdaderamente estaba.

Danny sonrió de nuevo y, soltando una carcajada, dijo:

– Estoy que me salgo, colega.

– ¿Estás seguro de eso, muchacho?

Pronunció esas palabras antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada para impedirlo. Por unos instantes flotaron en el ambiente, haciendo que ambos se arrepintieran de ellas. Tras unos instantes, que a Louie se le hicieron eternos, Danny asintió y, suspirando pesadamente, cambió de tema de forma insultante.

– Por lo que veo, tienes otra de tus jodidas bodas. Tu hija pequeña es una preciosidad comparada con las otras. ¿Se puede saber qué te preocupa entonces?

Danny Boy, como siempre, parecía interesado de verdad, aunque Louie sabía que conocía perfectamente la situación. Danny estaba al tanto de que Louie había buscado dentro de su mundo hombres solteros con los que casar a sus hijas, jóvenes en los cuales pudiese confiar, hombres a los cuales pudiese proporcionar un buen trabajo y pudiese controlar.

– Sé lo mucho que quieres a tus hijas, Louie. Yo haría lo mismo en tu lugar.

En un instante había pasado de la rabia y el sarcasmo a ser el amigo leal. Con uno de sus bruscos cambios de humor había salvado el día, recuperado su amistad y, al mismo tiempo, le había recordado lo peligroso que podía ser ese joven. No era algo negociable. Danny Boy era capaz de cualquier cosa con tal de conseguir lo que se proponía.

Louie sabía que ese joven que tenía delante, el mismo al que había tratado como si fuese su hijo, el mismo al que había dado un empleo y visto crecer, se había convertido en un peligroso matón que hasta a él le inspiraba miedo. Lo conocía bien y sabía que también podía ser todo dulzura, pero sólo si buscaba algo o le convenía. Ahora volvía a desempeñar su papel de hombre magnánimo, de buen amigo, pero eso sólo era una faceta más de su extraña personalidad. Louie lamentaba haber sido tan generoso con él todos esos años y ahora le daba la razón a su padre por haberlo ignorado. Pero eso ya era agua pasada. Louie sonrió, con la piel seca y gris por la edad. Sus ojos débilmente azules eran incapaces de ocultar sus verdaderos sentimientos por ese joven y sabía que Danny Boy se percataba del miedo y el desprecio que ahora le inspiraba. A Danny Boy no le hacía mucha gracia haberlo conseguido todo gracias a él y sus contactos, sin que ninguno de los dos se diera cuenta de su potencial hasta que fue demasiado tarde.

– Será en el lugar donde los judíos acostumbran a celebrar sus bodas: en la sinagoga.

Ambos se rieron. Danny Boy sabía que era la esposa de Louie quien insistía en eso. Louie no se entrometía en esos asuntos y lodo el mundo lo sabía. Se limitaba a soltar diez de los grandes en cada boda, un precedente establecido por su esposa que se había convertido en la expectativa de sus hijas. Cada una estaba decidida a superar a las demás, no sólo en los gastos de la boda, sino en lo que ellas consideraban estilo, aunque ninguna tuviera ni la más mínima idea de lo que eso significaba, pues, por mucho dinero que tuviesen, eran unas pueblerinas. Resultaba irrisorio, aunque ellas no le vieran gracia al asunto.

– Me gusta la sinagoga -dijo Danny-. Tiene clase, como la iglesia católica. Además, el matrimonio es para toda la vida y eso es lo que buscan las mujeres de tu familia, ¿no es verdad?

Louie asintió, pues no le faltaba razón en lo que decía. Se preguntó si esa reunión terminaría mejor de lo que había esperado.

Luego, inclinándose hacia delante, mostrando sus enormes pectorales por debajo de su caro traje, Danny Boy dijo alegremente:

– Cambiando de tema, colega. ¿Cuánto quieres por el desguace?

La pregunta resultaba tan intempestiva, tan inesperada, que Louie pensó que no había oído bien.

– ¿Cómo dices?

Danny Boy sacudió la cabeza en señal de claro desprecio por su viejo amigo. Se comportaba como si ya hubiesen hablado de ese asunto, como si estuviera todo discutido y esperase una respuesta definitiva. Su sarcasmo resultaba evidente cuando repitió:

– Te he preguntado que cuánto quieres por el negocio.

Abrió los brazos señalando lo que le rodeaba, como si fuese lo más natural del mundo pedirle a uno de tus mejores amigos todas sus pertenencias.

Aunque en realidad no lo estaba pidiendo, pues no admitía una negativa, sino que lo estaba exigiendo. Por su forma de preguntarlo se veía claramente que no cabía la negociación, que no le concedía una alternativa, que no estaba dispuesto a admitir un no por respuesta. Estaba sencillamente preguntando por el precio, no negociando. Danny quería apropiarse de su desguace y no pensaba dar su brazo a torcer. Louie se dio cuenta de que estaba viviendo de prestado, ya que Danny conseguiría cualquier cosa que se le antojara, sin importarle a quién se tenía que llevar por delante para lograrlo.

Ahí estaba el muchacho al que había acogido bajo su tutela hacía muchos años, el mismo al que se había visto obligado a defender en muchas ocasiones, alguien que, al parecer, no tenía la más remota idea de lo que significaba lealtad o cualquier otro sentimiento humano, ése a quien en su momento había considerado su mano derecha y por quien había luchado para que le abrieran un hueco en la vida, el mismo que según acababa de saber estaba dispuesto a quitarle de en medio. Louie se dio cuenta repentinamente de que tenía que aceptar que ese muchacho no se merecía ni su tiempo ni su dinero. Al igual que sus hijas, era una decepción, sólo que él lo había decepcionado aún más porque ahora deseaba apropiarse de lo que era suyo, lo que él había convertido en un negocio viable luchando roda la vida, todo lo que había acumulado, ganándose no sólo el beneplácito de sus rivales, sino también su respeto. Danny Boy quería apropiarse de su sustento sin pensar siquiera en qué situación se quedaría él o su familia. Lo peor de todo, sin embargo, era saber que él había criado a esa víbora, que él había sido quien la había protegido y alimentado. ¿Y todo para qué? ¿Para qué se presentase allí queriéndoselo llevar todo sin más? Al parecer estaba dispuesto a arrebatárselo sin acordarse de lo que había hecho por él durante esos años. No había duda; había creado un monstruo y ahora ese monstruo se revolvía contra él y disfrutaba mordiéndole el trasero. Así estaban las cosas.