Michael se echó sobre el respaldo, tratando de relajarse en la silla de piel, intentando sosegar el ritmo de su respiración. Se encontraba en un pequeño restaurante indio de Mile End Road. Le gustaba ese sitio; la comida era buena y el ambiente muy cordial. Ahora, además, gracias a él, estaban dispuestos a recibir paquetes con cierta regularidad. Los paquetes contenían armas o drogas y ellos pagaban con puntualidad, satisfechos de formar parte de esa nueva generación y seguros de que eso les garantizaría el monopolio de sus negocios al menos durante unos años. Cualquier restaurante que quisieran abrir por los alrededores tendría que pertenecer a alguno de sus parientes, por tanto no sufrirían ningún daño personal. Así funcionaban las cosas en ese momento, por eso sabían que si querían sobrevivir, deberían desempeñar un papel más activo, al igual que sus hijos, especialmente si habían nacido en la localidad y tenían la suficiente inteligencia y sabiduría como para darse cuenta de lo que había en juego.
Michael estaba contento y sabía que algún día les resultarían de utilidad en otros aspectos. Las personas involucradas serían leales y, como siempre decía Danny, nunca se sabe cuándo se necesita recurrir a ellos. Algo extraño viniendo de quien, cuando ya creía que alguien no le resultaba necesario, era capaz de extirparlo como si se tratase de un tumor cancerígeno.
Michael sabía que el secreto con Danny Boy consistía en serle siempre útil, de una manera o de otra. Hasta su mismo padre se había dado cuenta de eso. Michael cerró los ojos de nuevo y trató de quitarse de encima esas ideas tan odiosas que invadían su mente. Si no tenía cuidado, la rabia que guardaba dentro, y que parecía fermentar cada día, terminaría por explotar; y sabía por experiencia que la rabia, sin una válvula de escape, puede convertirse en una fuerza sumamente destructiva.
En ese mismo momento vio que Gordon entraba en el restaurante, tan campante como siempre. Miró su rostro, tan parecido al suyo, y, por su forma de caminar, dedujo que consideraba que ya había pasado suficiente tiempo como para que lo perdonase por lo sucedido en la boda de su hermana. Michael lo miró con desgana mientras se acercaba a su mesa. Iba vestido como un seguidor de Spandau Ballet, con la chaqueta de cuero y vaqueros de contrabando, algo que contrastaba con las mechas rubias que se había puesto en su pelo espeso y moreno. Se le veía la raíz del pelo, dándole aspecto de pobretón, el mismo que tenían los muchachos que hacían cola en la oficina de empleo. Era un desaliñado, como decía su madre, y Michael se avergonzaba de él. Que alguien tuviese esa pinta era algo que no alcanzaba a entender. Jonjo, por el contrario, era de su misma edad, pero siempre iba limpio y bien vestido, aunque él tenía que bregar con Danny Boy, quien, como él, detestaba a los hombres que se dejaban esclavizar por las modas. Detestaban a esos mequetrefes que querían parecerse a alguna estrella del pop, les resultaban irrisorios y una vergüenza. Un hombre debía aparentar seriedad si quería que lo tomasen en serio.
– ¿Qué coño quieres, Gordon?
Michael se mostró cortante, le daba vergüenza que le vieran con él. De cerca, tenía un aspecto aún más desaliñado.
– Jonjo me ha dicho que viniera a verte. Mary está en el hospital. Ha perdido el niño.
Mary estaba sola en la pequeña sala reservada para las mujeres que habían perdido su bebé. Al menos, eso pensaba ella. Reinaba el silencio, aunque oía los gritos apagados de las mujeres que estaban de parto en una sala no muy distante. A través de la cristalera de la puerta veía deambular a las pacientes, algunas para fumar un cigarrillo a escondidas, otras para dirigirse a la sala de recreo y ver su programa favorito. Todas esas mujeres tenían una enorme barriga, no había duda de que estaban embarazadas. Se sintió celosa de sus enormes y colgantes pechos, de sus anchas caderas e incluso de sus estrías.
Su bebé se había salido de ella sin emitir un murmullo, un feto de tres meses que tuvo que rescatar a toda prisa de la taza del inodoro. Lo envolvió en papel higiénico con suma suavidad y lo sujetó con firmeza para enseñárselo al doctor con la esperanza de que hiciera algo para evitar que eso se repitiera. Estaba tan triste que no podía llorar. Se sentía vacía, como si el bebé se hubiera llevado consigo todo lo que había sentido. Ni tan siquiera su bebé había querido quedarse con ella, hasta él la había abandonado. Y lo peor de todo era que no podía culparlo, pues se consideraba una paria, una mujer que no servía ni para ser madre.
Había deseado ese bebé con toda su alma, había tenido la esperanza de que él los uniera de nuevo, que se convirtiese en una razón para que ella y Danny empezasen juntos una nueva vida. Sin embargo, Danny no se había acercado a visitarla y ni siquiera se había molestado en enviarle un mensaje. La había dejado sola, había querido que sufriera la pérdida de su hijo sola.
Por la mañana la iban a llevar a quirófano para hacerle un raspado y asegurarse de que no quedaba ningún resto del bebé. Le quitarían los pequeños trozos, los últimos vestigios de su bebé. Según le había dicho una enfermera, muchas mujeres pierden su primer hijo y no había razón para preocuparse por ello. ¡Qué fácil era decirlo!
No podía evitar preocuparse. Danny apenas hacía el amor ion ella y ahora que había perdido su hijo se preguntaba cómo reaccionaría cuando llegase a casa, cuando tuviera que enfrentarse con él.
Su hijo había sido su última esperanza, había depositado todos sus sueños en él. No importaba lo que pudiera pasar entre ellos, ella siempre tendría a su hijo, siempre tendría alguien a quien ofrecerle todo su amor. Ahora que lo había perdido, se sentía de nuevo fracasada. Había fracasado hasta en eso, en la cualidad más esencial de una mujer. Conocía a muchas mujeres que parían con regularidad sin padecer la más mínima enfermedad, putas sucias y mugrientas cargadas con una prole e incapaces de cuidar de ellos, mujeres que les permitían jugar hasta altas horas de la noche. Ninguna de ellas se daba cuenta de lo afortunadas que eran, mientras ella estaba allí incapaz de engendrar uno.
Finalmente se echó a llorar. Las lágrimas tenían un sabor tibio y salado, pero ni tan siquiera se molestó en secárselas. Sollozaba y eso le hacía bien. Sabía que Danny Boy no vendría a verla, por eso dio rienda suelta a sus sentimientos y lloró con impunidad. Lloraba por su bebé, por su matrimonio, pero principalmente por esa madre que tanto echaba de menos, y porque, pasara lo que pasara en la vida, una hija siempre tiene una cama en casa de su madre. Mientras ella estuviera viva, sus hijos tendrían un lugar adonde ir, un lugar al que llamar hogar.
Se daba cuenta de que todo lo que le había dicho su madre a lo largo de los años era completamente cierto. Debería haberse casado con alguien que cuidase de ella, que la amase, que le proporcionase una buena vida. A pesar de ser ya demasiado tarde, se dio cuenta de que también debería haber amado a su madre, por muy mala que hubiese sido, por mucho que la hubiese perturbado con sus borracheras; al fin y al cabo, madre sólo hay una.
Michael y Danny se encontraban en el desguace. A Louie le pagaron lo que a Michael le pareció un justo precio y ahora estaban revisando sus libros de cuentas. Había dos series, uno para uso personal y otro para Hacienda. Ahí estribaba la belleza de los negocios al contado, que nadie sabía en realidad lo que ganabas, ni nadie era responsable de hacerlo, a menos, claro, que fueses tan estúpido como para decirlo.