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– No creo que te esté tomando el pelo. A él le caes bien y te admira. Sabes tan bien como yo que goza de buena reputación y, si empiezas una guerra, vamos a perder un montón de dinero y crearnos muchos enemigos. Está casado con la hermana de Barry Clarke, y Barry es un buen colega. ¿Por qué no te olvidas del asunto, al menos por un tiempo?

Danny miraba por la ventana y observaba a los perros, que patrullaban por los alrededores. Sabía que Michael tenía razón, pero eso no le importaba gran cosa. Ahora, precisamente, estaba pensando en Barry. De pronto se le ocurrió una cosa. Podía matar dos pájaros de un solo tiro. Sonrió con sólo pensarlo.

– Vamos, Michael, vete a buscar a Carole. Te prometo que no le haré nada a nadie. Palabra de boy scout.

Se reía de nuevo y simulaba un saludo igual que lo haría un niño.

Michael se dio cuenta de que Danny se había relajado. La tensión había desaparecido de su cuerpo en cuestión de segundos y ahora tenía el aspecto de un joven estudiante.

– Vete a casa con Mary, Danny Boy. Ella te necesita.

Danny Boy asintió con tristeza y ambos evitaron hablar de ese tema.

Mary estaba en el baño, con su enorme y redonda barriga sobresaliendo del agua, aunque ella trataba de ignorarla. Tenía un gran vaso de vino y, cuando se lo bebió de un trago, le pareció escuchar el coche de su marido. No podía ser él, estaba convencida. Era miércoles y rara vez venía ese día, aunque con él jamás se estaba segura. Podía presentarse en cualquier momento y sabía que, si la pillaba bebiendo, se enfadaría mucho. Sin embargo, era la única forma de relajarse; tenía los nervios rotos y, al igual que su madre, necesitaba tomar un trago para olvidarse de todo. Estaba tendida en el agua tibia y suspiraba profundamente. El cuarto de baño era grande, como todas las habitaciones de esa casa vacía, y la botella de vino que había abierto la estaba llamando a gritos. Se bebió el vaso de dos tragos y notó que el sabor ácido le hacía arder su barriga de preñada. Seguro que le causaba una indigestión, pero prefería eso a la sobriedad.

Cuando se sirvió otro enorme vaso, empezó a reírse de sí misma. Al ver su reflejo en los azulejos de la pared se sorprendió como siempre de lo guapa que estaba. Tenía el pelo recogido y hecho un moño, la piel suave y lisa. Su maquillaje era impecable, pero estaba un poco chalada. Pensó que sería una cualidad heredada de sus padres, ambos famosos por tener un tornillo suelto. Vio que tenía los pechos hinchados, más rellenitos, pero eso no parecía gustarle mucho a Danny, que aún la miraba como si fuese un animal. Jamás tenía el más mínimo gesto cariñoso con ella, se limitaba a follarla y gruñir, cosa que, por otra parte, le agradaba, aunque le costaba reconocerlo. Sabía que Danny estaba liado con una jovencita de diecisiete años con menos sesera que un loro, pero con un cuerpazo que echaba para atrás. Ella la había visto; era una chica rubia natural, con unos ojos azules enormes y cara de subnormal. Se preguntó qué pensaría esa chavala de ella, a lo mejor hasta estaba celosa de su estilo de vida y de su anillo de casada.

Instintivamente, Mary se llevó una mano al vientre. Estaba de cinco meses y más embarazada que nunca. Su bebé resolvería todos sus problemas, de eso estaba convencida. Cantaba suavemente, con el vaso de vino sobre la barriga y un cigarrillo entre los dedos perfectamente cuidados cuando se dio cuenta de que alguien la observaba desde la puerta.

– Puta de mierda. Otra vez estás borracha.

Se quedó helada al verlo. Se le cayó el cigarrillo al agua y su miedo se palpaba en el vapor de la habitación. Tenía cara de sorpresa y la boca hecha un círculo perfecto.

Danny se acercó lentamente a ella, con su enorme cuerpo rígido de rabia, recordándole lo fuerte que era y lo fuerte que pegaba. Le arrebató la copa de cristal de sus temblorosas manos y la estrelló contra la pared con tanta fuerza que resquebrajó el revestimiento de azulejos del espejo. Mary notó que caían algunos pedazos encima de ella. Danny estaba a punto de dar rienda suelta a su odio contenido y Mary percibió la ira que ardía en su interior.

– Vaya, por lo que veo te dedicas a emborracharte aunque lleves dentro un hijo mío. A pesar de lo que ha pasado. No hay duda, eres igualita que tu madre. Una puñetera borracha de mierda.

Mary era incapaz de moverse, lo único que podía hacer era mirarlo aterrorizada mientras se le echaba encima. Danny tenía la cara distorsionada, el cuerpo rígido como una estaca. Cuando la cogió, Mary dio un respingo y levantó los brazos con intención de protegerse. Pensaba que la iba a abofetear o sacarla de la bañera por los pelos, pero lo que hizo la pilló completamente por sorpresa. Danny la aferró por los tobillos y le levantó las piernas hasta que la cabeza y el resto del cuerpo quedaron sumergidos en el agua. Mary intentó defenderse e, incapaz de respirar, forcejeó como pudo tratando de librarse, pero le fue imposible. El agua le tapaba la cara, estaba aterrorizada y se debatía procurando sacar la cabeza de la bañera y respirar un poco de aire. Notó que le ardían las fosas nasales y, sin poder evitarlo, empezó a tragar agua por la nariz. Incapaz de poner resistencia por más tiempo, empezó a perder las fuerzas y a darse por vencida, pero Danny la cogió por la cabeza y la sacó del agua, dejando que respirase un instante, un instante nada más en que sólo pudo dar una bocanada de aire, pues después la volvió a sumergir mientras le chillaba y la maldecía. Así la tuvo hasta que notó que perdía el conocimiento, momento en que ella rezó pidiendo que aquello fuese el final y no volviese a despertar.

Ange estaba preocupada y se puso a hacer lo que siempre hacía cuando algo le inquietaba: limpiar y cocinar. Hacía años, cuando sus hijos eran unos niños, solía reírse pensando que sus problemas eran la razón por la que tenía la casa más limpia del barrio. Sin embargo, aquello era agua pasada y, en realidad, en aquella época no sabía lo que era tener problemas de verdad. Su marido había sido una lucha constante, pero ahora hasta sentía nostalgia de aquellos tiempos. Ahora era un hombre muy distinto.

Ange estaba preocupada por sus dos hijos y por esa puta de hija que había parido, pero quien más le preocupaba era su marido. Desde que Jonjo lo había golpeado, parecía haberse derrumbado por completo. No iba al pub y lo único que hacía durante todo el día era fumar y beber, dos cosas que ella procuraba que no le faltasen. Aun así, Ange se dio cuenta de que se había dado por vencido, se palpaba en sus ojos y en su semblante. No comía nada, a menos que ella insistiera y le rogase, llegando a veces a tener que forzarlo. Se estaba muriendo lentamente y no sabía qué hacer al respecto.

El médico dijo que estaba deprimido, que el dolor era un factor que contribuía a ese estado de ánimo, pero eso era una soberana estupidez. Su marido estaba destrozado, había sido aniquilado por sus hijos y ella no podía hacer nada para cambiar esa situación. Jonjo no se preocupaba de su padre lo más mínimo y lo veía con los mismos ojos que Danny Boy; es decir, como un completo inútil, una escoria humana. Ange, de alguna manera, comprendía los sentimientos de sus hijos para con él porque los había maltratado durante años, los había utilizado y había abusado de ellos. No obstante, seguía siendo su padre y su marido, y eso debería haber significado algo para ellos. Pero no era así. Ellos lo veían como una inmundicia y ahora ella tenía que bregar con dos hijos fuera de control. Danny Boy era la viva imagen del demonio y lo único bueno que se podía decir de él era que asistía a misa con cierta regularidad. Jonjo, por lo que se veía, quería seguir sus pasos, y su hija se había convertido en una fulana que creía que podía hacer lo que se le antojara. Resultaba horrible para una madre tener que vivir con todo eso, especialmente cuando no se quería aceptar la realidad, y menos en público. Era algo que iba en contra de su naturaleza, pues para ella resultaba del todo condenable criticar a cualquiera de su familia por mucho que hubiera hecho, ya que su instinto maternal le decía que debía cuidarlos y protegerlos sin importarle de qué, y eso incluía cuidar de su hija a pesar del mal camino que había escogido.