Su marido tenía la mirada perdida, como siempre, por eso se sobresaltó cuando, con mucha suavidad, pero con rabia contenida, dijo:
– Seamos sinceros, Ange. Tenemos bestias por hijos, así que deja ya de preocuparte.
Se dio la vuelta para mirarla fijamente a los ojos por primera vez en muchos años. Ange se dio cuenta de que le estaba hablando, no sólo contestando a sus preguntas; trataba de decirle algo realmente importante. Dedujo que esa repentina lucidez de su marido se debía a una necesidad urgente de comunicarle sus sentimientos por primera vez en la vida.
– No son bestias, Danny, son nuestros hijos y llevan nuestra sangre.
Dan negó con la cabeza, tristemente. Su vapuleado rostro se puso flácido y recobró el aspecto de cabrón e hijo de puta que había tenido siempre.
No le respondió, y eso que tenía mucho que decir al respecto. Ange se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo esperando ese momento y no comprendía por qué, ahora que llegaba, se sentía tan sorprendida. Trató de hacerle cambiar de opinión, de que viese de otra forma lo que había sido su unión, pero sabía que resultaría imposible.
– No me dejes, Danny. Eso no nos sacará de apuros.
Big Dan sonrió y las arrugas se le acentuaron. Luego, soltando una risita, dijo:
– Es un auténtico chulo y tú lo sabes mejor que nadie. Hasta a ti te ha martirizado durante años aunque seas incapaz de reconocerlo. Tiene a su esposa aterrorizada y aún sigues sin admitir que es un puñetero cabrón. Ha acabado conmigo, ya no puedo seguir viviendo de esta forma. Ya no es mi hijo, no significa nada para mí. Si se muriese mañana, haría que repicasen las campanas. Y los demás son iguales a él. Has criado a un montón de canallas que no tienen la más mínima decencia. Son iguales a ti; siempre simulando que llevan una vida perfecta y que son felices cuando no tienen ni puta idea de lo que significa eso.
Ange se sintió dolida por sus palabras, tal como esperaba Dan Cadogan. Al fin y al cabo, eso era lo que pretendía. Deseaba herirla, culparla, hacerle ver que por muy mal padre que hubiese sido él, su forma de criarlos era lo que más daño había causado. Ange sabía que, al igual que sus hijos, su marido tenía una enorme facilidad para denigrar a los demás y librarse de sus responsabilidades.
– Son nuestros hijos y tú has sido el que los ha hecho de esa manera, incluso a nuestra hija, la única por la que has mostrado algo de cariño. Está hecha una puta y se acuesta con todo el que se le antoja, a pesar de que sabe que como su hermano se entere la va a matar. Te di los mejores años de mi vida y he intentado mantener a esta familia unida sin que tú me ayudaras en nada. Así que te recomiendo que no trates de hacerme responsable de la degradación moral que vive nuestra familia porque eso lo han aprendido de ti. Fuiste tú quien nos dejó tirados, el que provocó que tu hijo mayor tuviera que asumir el papel de hombre de la casa, tú y tu maldito egoísmo. Danny Boy asumió tu papel e hizo lo que tú debías haber hecho. Así que deja de cargarme el muerto y, por una vez en la vida, asume tus responsabilidades.
– Eres una mujer amargada, Ange, y le has pasado esa amargura a tus hijos. Ninguno tiene ni la más remota idea de lo que es la compasión o el afecto; son incapaces de sentir eso, ni por nosotros ni por nadie.
– ¿Y por qué crees que soy una persona tan amargada? ¿Quién tiene la culpa de que sea así? ¿Acaso estás intentando culparme? Yo siempre he sido la que ha tratado de arreglar las cosas, la que siempre te ha recibido con los brazos abiertos. Jamás me importó lo que me hacías a mí o a mis hijos, jamás dejé de quererte. Aun ahora trato de hacértelo ver, de que te des cuenta de lo mucho que te necesitamos. No creas que marchándote me vas a hacer creer que soy la culpable de todos nuestros sufrimientos, porque eso ya no funciona. Tú eres quien ha convertido a nuestros hijos en matones, no yo. Si soy culpable de algo, es de ponerme a trabajar para proporcionarles lo que necesitaban. Yo no me dediqué a apostar mi dinero, no fui yo la que se lo gastó con sus amigotes en el pub, ni la que se fue con la primera puta que me salió al encuentro. No, querido, ése fuiste tú. Afróntalo, Dan. Eso es lo único que sabías hacer bien.
Sus reproches fueron tan inesperados como ciertos, pero Big Dan Cadogan aún quería tener la última palabra. Estaba decidido a abandonarla, pero quería hacerlo sin culpabilidad ninguna, por eso buscaba la forma de responder a sus reproches.
– De acuerdo, Ange, ya tienes lo que querías, para ti la perra gorda. Los muchachos siempre te han considerado la sabia de la familia y yo les permití que así fuese. Les permití que te consideraran la víctima que crees que eres. Me culpas por lo ruinosa que ha sido tu vida, pero tú también tienes culpa de ello. Me podrías haber abandonado hace años y darles una oportunidad a ellos y a ti. Pero no lo hiciste y, si te soy sincero, ojalá lo hubieses hecho, porque eso habría facilitado la vida de todos.
Alguien llamó a la puerta y eso le impidió responder. Ange se deslizó lenta y penosamente por la inmaculada casa preguntándose qué problema la esperaría al otro lado de la puerta. Sabía por experiencia que nadie la visitaba a menos que hubiera una razón explícita para ello, una razón que siempre estaba relacionada con algo malo que había sucedido. Abrió la puerta con la resignación acostumbrada, con esa expresión que le decía al que hubiese tenido el valor de presentarse en su casa que estaba preparada para lo que viniera. Esta vez, sin embargo, lloraba y tenía la voz rota, algo que, por primera vez, no trató de disimular.
Al igual que su marido, se sentía completamente derrumbada.
Capítulo 19
Annie Cadogan se quitó de encima los brazos de Arnold Landers con cierta dificultad cuando llegaron a la puerta de su casa. Era un hombre grande y corpulento, cuyo musculoso cuerpo dejaba patente lo extremadamente fuerte que era. Formaba parte de su atractivo, eso y el que fuese un traficante jamaicano de drogas, además de un chulo de putas y un hueso duro de roer. Era un rasta con cierta predilección por las jovencitas y las joyas de oro, pero también un buen tipo, muy apreciado por todo el que lo trataba. Era una persona cordial que había sabido ganarse la admiración y el respeto. Annie, sin embargo, era tan desgraciada que resultaba ser la única chica por la que sentía afecto. Su bonito cuerpo, junto con ese desprecio saludable que mostraba por él, le resultaban sumamente atractivos. Era la primera mujer que le había puesto las cosas difíciles. Arnold era consciente de la reputación de su hermano, pero no le preocupaba gran cosa. De hecho, le agradaba que estuviese tan bien relacionada, pues tenía intención de llegar hasta donde pudiese con su relación. Era un rasta de plástico, pues era católico de nacimiento gracias a su rigurosa madre, una mujer pelirroja. Al igual que Bob Marley, se había sentido tentado por el color de su piel porque era la herencia más obvia de su linaje. Sin embargo, hasta ahora no había pensado en las diferentes ramificaciones de su religión o de su estilo de vida, ya que Annie le había hecho replanteárselo todo. Ella era como una droga; sabía que era un mujer peligrosa, pero también que su vida antes de ella, o mejor dicho, sin ella, carecía completamente de sentido.