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Mary se libró del abrazo de su amiga de la forma más amable que pudo para no ofenderla, se encogió de hombros y levantó las manos haciendo un gesto de súplica.

– No, Carole. Dicen que es algo normal. Imagino que, como saben que ya perdí otro, ni siquiera creo que busquen una razón. Además, si pienso mucho en ello, se me romperá el corazón.

Carole asintió imperceptiblemente antes de susurrarle:

– ¿Seguro que estarás bien?

La pregunta era un tanto tendenciosa y ambas lo sabían. Era la primera vez que Carole le mencionaba su problema. Mary vio que se le presentaba la oportunidad y trató de aprovecharla. Cogiendo ambas manos de su amiga y confiando en su discreción le preguntó:

– ¿Puedes hacerme un favor? Tráeme una botella de vodka. Necesito beber algo para olvidar un poco todo esto. Me están dando antidepresivos, pero no quiero engancharme a las pastillas. Lo único que quiero es dormir un poco y unas cuantas copas no me sentarán mal.

Carole sabía que su amiga estaba bebiendo más de la cuenta, pero también reconoció que estaba viviendo unas circunstancias extremas que la empujaban a ello. Al no ser una bebedora, no vio qué daño podría hacerle tomar algo. Asintió.

– Gracias, Carole. Te lo agradezco mucho, de verdad.

Satisfecha de lo fácil que había sido convencer a su amiga, Mary forzó un gesto trágico antes de añadir:

– No se lo digas a nadie, Carole. No quiero que sepan lo deprimida que estoy. Danny Boy ya tiene bastante sin necesidad de preocuparse por mí.

Carole asintió, aunque no estaba convencida de hacer lo debido. Mary bebía demasiado, aunque era cierto que estaba pasando por un mal momento. El padre de Danny Boy los había dejado con un sentimiento que iba más allá de la sangre que había esparcida por todos lados y la consternación que la escena les había provocado. ¿Quién era ella para privar a su amiga del alivio que unas pocas copas le proporcionaban? Parecía muy desgraciada y, aunque jamás le había preguntado nada al respecto, sabía que ella y Danny tenían problemas en su matrimonio.

Michael también se daba cuenta de ello y también estaba preocupado.

Michael, sin embargo, estaba abrumado por el trabajo y no quería causarle más preocupaciones de momento. Estaba a punto de derrumbarse por la presión y preocupado por la reacción de Danny Boy ante lo sucedido. Danny estaba sometido a un fuerte estrés y consideró la muerte de su padre como una afrenta personal. Michael llevaba el peso de los negocios y parecía realmente cansado y tenso. Carole deseaba ayudarlo como fuera.

Cuando salió del hospital, se sorprendió al ver a la madre de Danny Boy, vestida con el traje de ir a misa, entrando en el hospital. Iba a visitar a su nuera y Carole se alegró de que no la viese porque no sabía qué decirle. Una muerte natural era una cosa, pero un suicidio, para una católica practicante como ella, era el peor de los pecados. No había forma de consolar a alguien en esa situación porque el finado la había dejado sin ninguna esperanza.

Se dirigió a casa a toda prisa, preguntándose en qué se estaba metiendo. Por mucho que quisiera a Michael, a veces se preguntaba si sus negocios serían un inconveniente entre los dos. Una vez que estuvieran casados, sabía que su unión implicaría estar al tanto de muchos de sus negocios, quizá más de lo que quisiera. Lo mismo que Mary, sabía que no se iba a casar con un angelito, un hecho que aceptaba, pero también sabía que tendría que vivir temerosa de perder a su marido si algún día lo arrestaban. Se estremeció al pensar en lo que podría convertirse su vida, pero trató de ahuyentar sus pensamientos convenciéndose de que lo único que quería era estar a su lado.

Michael se sirvió una copa y se la bebió de un solo trago, disfrutando del calor que le llenaba el estómago. Necesitaba animarse y el brandy era su mejor medicina. Se echó sobre el respaldo del asiento y miró a su alrededor, la oficina, ese agujero donde pasaban tantas horas y que ahora tenía un aspecto más sucio de lo normal. Sabía que Danny Boy se quedaba a veces allí y que se traía algo de compañía. No comprendía cómo un hombre de tanto éxito y dinero se sentía cómodo en ese lugar. Danny engañaba a su mujer, su hermana, pero eso formaba parte de su carácter. Michael sabía que su hermana conocía la reputación de Danny antes de casarse con él y, en algunos aspectos, tenía incluso las ideas más claras. Era la hija de su madre y Michael sabía que se había casado con él por todo lo que podía proporcionarle.

Y Danny se lo había proporcionado. Mary vivía como una reina, tenía todo lo que una mujer puede desear. Ahora se daba cuenta de lo que significaba no tenerlo todo tan fácil; ella no podía darle un hijo a Danny y eso le estaba quemando por dentro a él. Consideraba a Danny un verdadero hombre, un macho entre los machos, y, según tenía entendido, ya había tenido un hijo con alguno de sus amoríos. Michael percibía el olor a tabaco por tollos lados y ese olor rancio que desprendía una habitación que nadie se había molestado en limpiar en treinta años. Oyó el gruñido sordo de los perros deambulando por el patio; sin duda, eran la mejor protección de que podían disponer, porque nadie en su sano juicio intentaría entrar en su local. Se sirvió otra copa, encendió un cigarrillo y le dio una lenta calada. El tráfico se oía como un suave murmullo, la hora punta había pasado y la calle estaba cada vez más tranquila. Parecía increíble que, cada vez que se sentaba allí, se diera cuenta de lo lejos que habían llegado. Ahora era un hombre rico y respetado. Todo el mundo sabía que era el que manejaba el dinero de la sociedad que Danny y él tenían montada y eso le gustaba. Michael disfrutaba del estilo de vida que llevaba y estaba decidido a que durase todo lo posible. Sin embargo, estaba empezando a preocuparse por Danny, porque cada día resultaba más difícil controlarlo. Ninguna de las personas con las que solía tratar resultaba de su agrado, siempre les estaba buscando defectos y veía ofensas donde no existían. Michael era la única persona que lograba sosegarlo; de hecho, había tenido que actuar un par de veces como intermediario con sus clientes. Sin embargo, su recelo para con Frank se estaba convirtiendo en algo serio. Danny, al parecer, lo detestaba. Le había tomado una manía que, además de ultrajante, carecía de fundamento. El problema es que Frank era una persona que exigía que lo tratasen con respeto y lo saludasen con una sonrisa, pues contaba con buenas amistades en todos los ámbitos. Aunque Danny era la pieza más importante de la negociación, había sido él quien se había encargado de todo lo relacionado con el comercio de drogas y nadie podía distribuir nada sin notificárselo a ellos. Danny Boy y él eran los únicos que garantizaban unos beneficios cuantiosos y regulares por el dinero que invertían. Además, tenían sobornados a casi todos los polis que merodeaban por el Smoke, lo que les garantizaba que su mercancía estaría siempre a salvo, tanto que la gente empezaba a apodarles Los Intocables. Tenían a su servicio a dos oficiales de la Metropolitana y a otro que trabajaba en estrecha colaboración con la Brigada Antivicio, que trataba principalmente con esa nueva generación a la que denominaban de los soplones. Desde los años setenta, eso se había convertido en un gran problema en la comunidad delictiva, provocando inquietud y desconfianza entre los que habían sido arrestados. Esos nuevos soplones normalmente eran criminales de poca monta a los que habían cogido con las manos en la masa y que, temiendo las severas condenas que les podían caer, estaban más que dispuestos a irse de la lengua con tal de salvar el pellejo. Bastaba con que la pasma los amenazase, para que ellos se pusieran a cantar como loros. No eran lo bastante hombres como para asumir lo que se les venía encima y siempre estaban dispuestos a delatar a alguien con tal de conseguir una reducción de la condena o salir en libertad condicional. Era algo abominable, se mirara por donde se mirase. De hecho, el nuevo estatus de Danny se debía en parte a que nadie tenía coraje para delatarlo; su reputación era tan bien conocida que nadie tenía el valor de implicarlo en ningún asunto. Danny Boy llegaba a bromear diciendo que podía aparecer con una metralleta en el pub a pleno día sin que nadie dijera nada, del miedo que inspiraba a todo aquel que le conocía. La incapacidad de su padre y su posterior suicidio incrementaron aún más esa reputación de despiadado. Danny había quitado de en medio a todo el que se interponía en su camino y jamás había sido arrestado ni se había visto envuelto en ningún asunto legal.