Michael, por mucho que se beneficiara de su reputación, sabía que Danny Boy no podía seguir comportándose de la misma manera y salir siempre bien librado. Algún día se cruzaría con la persona equivocada y eso era algo que él trataría por todos los medios de evitar. Precisamente por esa razón le preocupaba esa antipatía que mostraba por Frank. Por menos que eso uno se creaba un enemigo de por vida, y Frank pensaba que Danny lo estaba provocando. Una buena sociedad garantizaba que ambas partes se ofrecieran cierta protección en su lucha diaria para no ser arrestados, pero bastaba un mal sentimiento para que ese código criminal se rompiera al instante. ¿Quién se iba a tragar el marrón de una persona que ni siquiera le agradaba? Carecía por completo de sentido.
Cuando alguien mantenía la boca cerrada, agachaba la cabeza y cumplía su condena, ellos se aseguraban de que a su familia no le faltase de nada. Sin embargo, si abrían la boca, ocasionaban un montón de problemas y entonces se veían en la obligación de quitar a mucha gente de en medio. Cuanta menos gente hubiera actuando en las calles, menos oportunidades tenían de verse en el dilema de enfrentarse una noche a un desconocido que llevara una pistola o un machete. Michael se sorprendía de que Danny Boy no se diera cuenta de lo peligrosa que podía ser su situación si se creaba muchos enemigos. No cabía duda de que era un capo, un capo de cuidado y con una buena reputación, pero eso era algo que podía cambiar en un momento si no controlaba su carácter.
Michael vio las luces del coche de Danny cuando iluminaron la oficina y luego oyó el ladrido de los perros y el chirrido de la cancela al abrirse. Se sirvió otra copa y se preparó para el encuentro que iba a tener con su amigo. Danny no era un estúpido y sabía que él lo hacía en interés de los dos. Sin embargo, seguía siendo un tema de conversación que prefería no tocar.
– Tienes mejor aspecto de lo que pensaba.
Ange trató de sonreír mientras hablaba, pero el efecto fue demoledor. Ella aparentaba lo que era: una mujer a punto de derrumbarse. Que amaba al hombre que una vez más la había dejado sola, esta vez para siempre, era algo que nadie dudaba, aunque no lo comprendiera. Al parecer, Ange había visto algo en su marido que había pasado desapercibido para todo aquel que le hubiera conocido, incluso sus hijos. Mary la miró con cierto recelo, desconfiando de esa mujer que había engendrado un hijo del que hasta ella tenía miedo. Sin embargo, su visita fue bien recibida porque Mary sabía que le convenía tenerla de su lado, y esperaba que Auge se hubiese presentado allí como amiga, no como enemiga.
– Yo siempre tengo buen aspecto, Ange. Ése es el problema -dijo Mary con tristeza y sin ese tonillo que la hacía parecer más sexual de lo normal.
Hablaba con voz baja y profunda, como si siempre estuviera a punto de quitarse la ropa. Ésa era otra de las muchas cosas que su marido detestaba de ella, pues se la veía tan habilidosa que dejaba a las estrellas del porno a la altura de simples aficionadas.
Ange parecía destrozada, su cara arrugada parecía haber envejecido en cuestión de horas. Miraba a su nuera de forma escéptica, como si nunca la hubiese visto con anterioridad, como si la estuviese estudiando minuciosamente.
Ambas mujeres permanecieron calladas unos instantes. Mary no se sentía cómoda en presencia de su suegra. Por primera vez en la vida, pensó que la estaba juzgando y eso era algo que no había experimentado con antelación, al menos no en relación con ella. Ange había sido siempre una persona con la que podía hablar, aunque no la considerase gran cosa. Ni siquiera su hijo sentía ningún respeto por ella y, la verdad, nadie podía culparlo. Después de todo, ella había vuelto a acoger al hombre que había destrozado por completo a su familia, a esa familia que tanto quería, o al menos eso decía. Aceptarlo en casa había sido como una patada en los dientes para Danny, después de lo que había hecho por mantener a la familia unida y darles de comer a todos. Había conseguido que a ninguno le faltase un techo donde cobijarse, un techo que, por primera vez en su vida, era algo seguro y estable porque él había pagado todas las facturas. Danny había conseguido que su madre dejara de limpiar suelos y no tuviera que lavar la ropa de otra gente, además de haberse convertido en el esposo que ella siempre hubiera deseado tener, el hombre con el que había soñado. Danny Boy había asumido el papel de padre y se había olvidado de sí mismo con tal de proporcionarle un poco de felicidad a su familia, algo de lo que él se sentía sumamente orgulloso.
Danny había procurado que a su madre no le faltase de nada, y, a pesar de eso, ella había optado por volver al lado del hombre que tantos sufrimientos les había causado a todos, el mismo que había hecho que su hijo mayor se convirtiera en un ladrón y en un buscavidas para que a su familia no le faltase de nada. Una familia que jamás había vivido tan bien, una familia que finalmente había terminado por aceptar que vivía mejor sin ese padre al que tanto despreciaban, el que jamás había mostrado el más mínimo interés por ellos, incluida ella misma.
Ange había iniciado una serie de acontecimientos que, con los años, se habían vuelto en su contra y los había convertido a todos en unos auténticos desgraciados. Ahora esa mujer a la que Mary había ignorado y reconocido según le convenía, esa con la que no tenía nada en común, se había convertido en una persona importante porque contaba con el afecto de Danny Boy.
– ¿Te han dicho por qué has perdido al niño esta vez?
Ange habló con voz suave y compasiva, y Mary le respondió de la misma forma. Estuvo a punto de echarse a llorar de alivio al escuchar sus amables palabras.
– No, Ange. Sólo me han dicho que son cosas que pasan.
Ange asintió con tristeza y suspiró amablemente. Su pesado abrigo y la pintura de labios le daban el aspecto de un maniquí. La situación era tan irreal que Mary no sabía qué decir.
– Estás temblando, Mary, temblando más que un flan. Mírate las manos.
Mary levantó las manos y Ange se percató de la belleza de mujer que su hijo despreciaba, aunque la quisiera. Ella conocía a Danny y sabía que se parecía a su padre más de lo que él mismo imaginaba, más de lo que ninguno de ellos imaginaba.
– Sé que bebes cuando estás sola y, si yo estuviera casada con mi hijo, probablemente haría lo mismo. Sé que es un cabrón rencoroso y un vicioso, pero aun así merece un hijo y más vale que se lo des pronto o te pondrá de patitas en la calle antes de que te des cuenta. Escucha, Mary, quiero que te levantes y que vayas al funeral, y quiero que acudas para estar a mi lado y para que parezca que todos lamentamos su pérdida.
Mary asintió, desconfiando de esa mujer y de la seguridad y confianza que parecía haber recuperado repentinamente.
– Lamento lo de Big Danny.
Ange le dio unos golpecitos en la mano en señal de impaciencia y respondió de mala gana:
– No digas lo que no sientes. El se ha ido y nosotros aún estamos aquí. No quiero ningún consuelo que no sea de verdad, pero quiero que estés presente, a mi lado y al lado de tu marido, y quiero que lo hagas sobria. Tu pobre madre, que el cielo la tenga en su gloria, acabó destrozada por la bebida, que suele ser el refugio de los desamparados y de los débiles.