Ange se pasó una mano por la boca, como si quisiera borrar las últimas palabras que había pronunciado, por muy ciertas que fuesen. En lo más profundo de su ser sabía que su hijo había torturado a esa chica, pues conocía de sobra lo muy malvado que podía ser, algo que, sin duda, había afectado a su esposa. Se preguntó si él no tendría algo que ver con la pérdida de los dos bebés. Odiaba pensar que hasta podía ser el responsable, ya que pensarlo implicaba de alguna manera admitir su certeza. Trató de apartar esos pensamientos, como solía hacer, y dijo:
– Eres como una espina en su costado. Está tan colado por ti, te desea tanto, que asesinaría por ti. Sin embargo, al igual que con todas las cosas, una vez que las consigue, dejan de interesarle y las destruye sin pensárselo siquiera, no vaya a ser que sus acciones repercutan en los que le rodean. He venido para prestarte mi ayuda, pero tú tienes que poner de tu parte. Una vez que tengas un hijo, un hijo que sea fruto de vuestro matrimonio, ya no se marchará jamás. Se parece a su padre más de lo que cree y jamás te abandonará si eres la madre de sus hijos. Tiene una forma de ser tan extraña que no permitirá que ningún otro hombre se apropie de lo que es suyo, aunque ya no le interese ni lo más mínimo. Por eso te pido que me escuches y me hagas caso. Ten un hijo y siempre contarás con una baza a tu favor. Tienes que tener algo que él necesite y quiera, así te verá siempre como una cosa valiosa que merece la pena conservar y cuidar. Si no haces lo que te digo, te quedarás sola, Mary. Ahora debes asistir al funeral y procurar que Danny Boy se comporte como es debido. Si recuperas el control de tu vida, a lo mejor hasta te sorprende su reacción. Pero si le permites que te atropelle, puedes estar segura de que lo hará.
Mary Cadogan jamás había oído hablar tanto ni con tanta claridad a su suegra. Era como si la muerte de su marido la hubiese liberado del mundo que la rodeaba, como si su ausencia hubiera acabado con las ataduras que la mantenían a su lado, sin importarle lo que hiciera. Y eso que, en sus buenos tiempos, le había hecho todo tipo de barbaridades.
– No permitas que mi hijo te arrastre por el barro ni dejes que controle tu vida entera. Yo lo conozco mejor que nadie. Sé desde hace tiempo que no es nada amable ni cariñoso contigo, por eso debes hacerme caso cuando te digo que no le des una razón para hacerte daño, porque no la necesita. Si se la das, la utilizará para justificar su comportamiento. Ahora me voy, Mary. Ya te he dicho lo que tenía que decirte; el resto es cosa tuya.
Ange se levantó y Mary vio a una mujer que, por fin, era ella misma; una mujer que había perdido lo único que realmente había querido y que se sentía aliviada por ello. Ahora que su marido había muerto, podía relajarse completamente porque, lo mismo que el hijo que había parido, se alegraba de saber que, después de eso, ya nadie la dominaría. El jamás había podido abandonarla, siempre había sido irrevocablemente suyo. Su muerte, sin embargo, le permitía dejarlo marchar y, por primera vez en muchos años, eso era precisamente lo que estaba haciendo.
Una vez en la puerta, Ange miró a la joven que yacía tendida en la inhóspita habitación y sus rasgos se suavizaron momentáneamente. Tranquilamente dijo:
– Jamás te dejará irte de su lado y tú jamás lo entenderás. Lo mejor que puedes hacer es sacar provecho de lo que tienes. Como hemos hecho todas, incluida tu madre.
Sus palabras permanecieron flotando en el aire hasta mucho después de haberse marchado. Mary continuaba sollozando cuando las enfermeras decidieron ponerle una inyección para que consiguiera el muy deseado sueño.
Capítulo 20
Danny Boy miró la atestada iglesia y, nadando a contracorriente como siempre, se alegró de ver la muchedumbre que había asistido al funeral de su padre. Su ego se sentía pletórico de alegría porque todos los que habían acudido estaban allí por él y no por el cabrón inútil que lo había engendrado y al cual había llegado a anular por completo. La muerte de su padre no le había afectado en absoluto; había dejado de sentir afecto por él hacía muchos años y jamás se había molestado en tratar de recuperarlo. Su padre había sido como un grano en el culo y su muerte sólo había sido otra cobardía; algo que había esperado y que ahora recibía de buen grado. ¿Por qué iba a lamentar la muerte de alguien que ya llevaba muerto mucho tiempo? No obstante, el hecho de que numerosas personas se hubiesen tomado la molestia de alimentar su ego le hacía sentirse satisfecho porque demostraba el aprecio de la gente. De no ser él quien era, ese cabrón sería enterrado sin que nadie le llevara un ramo de margaritas. Sin embargo, habían enviado llores como para cubrir veinte tumbas y el único consuelo que le quedaba a Danny era pensar que, con todo lo que pesaban, el muy cabrón jamás lograría salir de su agujero. Había sido tan malvado en vida que seguro que en la otra seguiría mangoneando. Pensarlo le hizo gracia, pero bajó la cabeza para que nadie viese su sonrisa.
De pronto recordó el momento en que los Murray se habían presentado en su casa. Volvió a experimentar el miedo que le había invadido al oír sus amenazas e intimidaciones. Habían esperado que él se achantara mientras ellos se dedicaban a aterrorizar a su familia a su antojo. Sin embargo, mientras buscaba una forma de esquivarles, había descubierto que en su interior yacía dormida una bestia que los Murray habían despertado. Repentinamente pensó que, en el fondo, le debía mucho a su padre, ya que, de no haber sido tan inútil, jamás se habría dado cuenta de su potencial. De no ser por las deudas de juego contraídas por su padre, probablemente habría terminado como jornalero, de los que a duras penas llegan a final de mes y se pasan la vida anhelando votar cada cinco años. Lo más probable era que hubiese sido uno de tantos, de los que se pasan las horas muertas en la barra de un bar, igual que su padre. Se dio cuenta de que, por casualidad, había logrado evitar caer en esa mediocridad y asumido su destino. De no haber sido por las constantes putadas y por los embrollos en los que lo había metido su padre, seguramente habría terminado como uno más de los chicos con los que se había criado en el barrio; es decir, un chupatintas, un don nadie que se parte el lomo para que los demás se enriquezcan a su costa. Vaya vida.
Rezaba sin darse cuenta de lo que decía. Lo único que deseaba era comulgar, últimamente sentía la necesidad de hacerlo a menudo. De hecho, se le solía ver en la misa de las seis de la mañana. Le gustaba la misa matinal, la quietud de la iglesia, llegaba incluso a recibir de buen grado la presencia de los ancianos que asistían a esa hora con el rostro lleno de desengaño e impregnados en olor a ropa usada. Para él, eran un vivo ejemplo de lo que jamás quería llegar a ser, incrementaban su fe en sí mismo y en su percepción del mundo. Jamás terminaría como ellos. Jamás.
Danny agachó la cabeza y rezó; pronunció cada palabra con toda la fe del mundo y supo que Dios le comprendía. El, al igual que Cristo, había tenido que soportar todas las tribulaciones de los hombres con más poder. Si Jesús había sido torturado, él había tenido que soportar las mofas de todos y, aun así, había logrado salir del humilde entorno en que se había criado para hacerse un lugar en el mundo. Posiblemente la gente no hablara de él dentro de dos mil años, pero estaba seguro de que tampoco pasaría al olvido tan fácilmente como otros muchos. De hecho, ya se había convertido en una leyenda y gozaba de un estatus privilegiado. Cristo había sido traicionado por su padre y él había tenido que padecer ese mismo destino, con la diferencia de que su padre sólo lo había hecho en su propio interés y sin pensar en su familia.
Danny sentía compasión por Dios en algunos momentos porque, al igual que él, siempre había estado rodeado de completos inútiles a los que había tenido que resolver sus problemas, además de encontrarle un sentido a sus estúpidas vidas dándoles algo en lo que creer y a lo que poder aferrarse. Lo cual, para la mayoría, significaba hacer un poco de dinero y tener la oportunidad de sacar algo de su vana y patética existencia.