El sacerdote elevó el tono de voz; siempre lo hacía cuando pronunciaba palabras del Evangelio. Era posible que hubiera muchas mansiones en la casa del Señor, pero Danny Boy tenía el presentimiento de que el Padre no estaba muy dispuesto a permitir que Big Dan mancillara su reino. Hasta Myra Hindley y Adolf Hitler tenían más posibilidades que él. Danny vio a su esposa sosteniendo la mano de su madre; en los últimos días, ambas se habían comportado como si fuesen amigas del alma. Veía claramente la sombra de las pestañas sobre sus mejillas, sobre esos pómulos pronunciados que le recordaban a las viejas estrellas de cine. Mary estaba vestida impecablemente, como siempre, con un traje negro de los caros y el pelo recién lavado. La muy puta estaba realmente buena. La cólera volvió a invadirlo. Su esposa siempre tenía ese aspecto tan sosegado y cuidado. Era como una muñeca, una parodia de una verdadera mujer. Parecía la viva imagen de la salud y la vitalidad, aunque todos los que la rodeaban empezaban a hacer apuestas respecto de hasta cuándo le aguantaría el hígado. Bebía como un cosaco y ningún perfume, por muy intenso que fuese, lograba borrar su olor a alcohol. Era como una puñetera sanguijuela, como un albatros que se hubiera colgado de su cuello. Apartó la mirada de ella antes de dejarse llevar por un arrebato y tirarla al suelo de un puñetazo, ya que le bastaba con oír el sonido de su respiración para sentir unos deseos fervorosos de matarla. Jamás debió haberse casado con ella; debería haber hecho lo mismo que hicieron otros muchos: follársela y luego mandarla al carajo.
Danny apretaba los dientes, pero trató de relajar los músculos faciales porque se dio cuenta de que todo el mundo lo estaba observando. No pensaba mostrar la menor emoción delante de toda esa pandilla de capullos, ya que su reputación se vería en entredicho si hacía algo tan estúpido.
Miró a su hermana pequeña y vio que realmente era toda una belleza; además, por una vez, se había vestido con cierto decoro. A diferencia de Jonjo, no era una persona fácil. Jonjo se había dado cuenta por fin de que él lo había hecho todo pensando en el interés de la familia. Era un buen muchacho, todo lo contrario que su hermana, que era un completo fastidio. Era como su padre, alguien que se creía mejor que los demás, alguien que, erróneamente, se consideraba especial. Pues bien, muy pronto se daría cuenta de lo equivocada que estaba.
Un nuevo arrebato de rabia hizo presa de Danny. Respiró hondo tratando de sosegarse, pues estaba a punto de explotar. Instintivamente, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y palpó el sobre que había en su interior. Sabía que lo tenía allí, pero no podía evitar tocarlo cada pocos minutos. Lo que había en su interior era razón suficiente para que perdiera la compostura, ya que se sentía profundamente traicionado. Que el hombre que había escrito esas palabras se hubiese pegado un tiro después de escribirlas no le sorprendía, porque sabía de sobra que su padre no tenía ni idea de lo que significaba la lealtad.
Resultaba ultrajante que su último gesto fuese escribir unas palabras que podrían haber hecho que su hijo se pasase la vida en la cárcel, algo que, en su mundo, resultaba más abominable que matar a alguien de tu propia familia, porque, además de ser una completa desgracia, era una mancha que impregnaba a toda la familia. En su mundo se asumía que el chivateo era algo hereditario, por lo que era como una losa que se cernía sobre los parientes y los convertía en personas sospechosas y poco dignas de confianza.
No era de extrañar que su padre se hubiera levantado la tapa de los sesos en lugar de presenciar lo que podría haber causado su gesto de deslealtad para con su familia. De hecho, si no hubiera contado con tan buenos contactos, su carta podría haber sido su sentencia de muerte, pues contenía más nombres y fechas que una antología criminal. El muy cabrón había intentado acabar con él, pero no lo había logrado. Su padre había sido tan poco valiente que había convertido en un gesto de cobardía hasta su propia muerte. Probablemente hubiese estado tramando la forma de destruirlo, pero no había tenido los cojones suficientes para presenciar lo que podía haber causado y había preferido volarse los sesos antes de ver que el tiro le salía por la culata.
Danny esperaba que ese viejo cabrón estuviese viendo su propio entierro, que viera cómo sus días habían acabado y supiera que su hijo había amasado una fortuna y se había asegurado de que fuese enterrado en terreno sagrado, algo que había hecho por su madre, no por él. Su madre era como las viejas enlutadas que había visto de niño, esas viejas irlandesas que se pasaban el día rezando por todos, que creían que todas las almas iban al cielo aunque necesitaran de miles de misas para redimir sus pecados y ser merecedores de vivir en el Reino de los Cielos. El Papa debería haber prohibido esa abominable práctica, pero es difícil acabar con las viejas costumbres y ésa era una creencia muy arraigada entre los católicos. Creían en el Purgatorio, por eso mucha gente pasaba el día entero rezando por sus seres queridos, convencidos de que, de esa manera, los librarían de las llamas del Infierno. Danny, por el contrario, rezaba para que ese viejo cabrón ardiera allí por toda la eternidad. Él, como Cristo, había sido traicionado por alguien cercano, pero, al contrario que Cristo, no tuvo que someterse a juicio ni fue encarcelado. Su Poncio Pilatos aún estaba libre, de eso estaba más que convencido. Esta vez había logrado librarse por los pelos, pero no pensaba permitir que eso se repitiera. Danny creía en la esencia de su religión, porque, después de todo, se la habían inculcado a base de palos los sacerdotes y las monjas. Sabía que su vida estaba planificada de antemano, que su destino estaba escrito. Él había sido elegido para convertirse en alguien importante, y la debilidad de su padre, su adicción al juego, fueron los acicates para que se diera cuenta de ello. La adicción de su padre, a fin de cuentas, había sido la que había escrito su destino. Dios era bueno porque te guiaba para que comprendieras los beneficios de una vida buena y decente. Si uno era lo bastante sensato como para escucharlo, El te señalaba la dirección correcta. Danny Boy admitió que su padre había sido el catalizador necesario para que él emergiera de la oscuridad y ascendiera hasta lo más alto. Lo único que deseaba era que la decencia no fuese tan importante, ya que, de haber sido por él, habría dejado que ese cabrón se muriese tirado en la calle. Ese funeral era su último gesto de contrición, pues ya había pagado con creces lo que le había hecho a su padre. Con suma rapidez había evaluado el consenso general sobre sus acciones y había sabido ver que, por su propio beneficio, le convenía aceptarle de nuevo en la familia. Había funcionado y él se convirtió en un héroe de la noche a la mañana, en el hijo indulgente y generoso.
Ahora estaba enterrando a su padre con toda la pompa y la suntuosidad que le permitían sus recursos, un hombre que, según decían los rumores, se sentía tan culpable por lo que había hecho que ya no soportaba vivir más con ese peso. Era una mentira podrida que no se creía ni él, pero Danny estaba dispuesto a alimentarla porque eso le hacía parecer aún más magnánimo y civilizado.
EI sacerdote tenía pruebas evidentes de que el viejo sufría una depresión y dos médicos estamparon su firma en un certificado que demostraba que no estaba en su sano juicio, con el fin de que ellos pudieran enterrarlo con la conciencia tranquila. Al parecer, ninguno de ellos había perdido el concepto de la hipocresía.
Danny se golpeó el pecho con suavidad cuando oyó la primera campanada y se dejó llevar por el fervor de la religión. Se dirigió lentamente hasta el altar y se arrodilló humildemente. Luego, aceptó la hostia sagrada con una pasión silenciosa. Se sintió encantado de oír el murmullo que levantaba, tanto que pensó que sólo por eso ya merecía la pena vivir. Cuando la hostia se disolvió en su lengua, se sintió limpio de nuevo, como si el poder de la verdad recorriera su cuerpo. Oía el murmullo que se había levantado entre las personas que habían asistido al funeral para presentarle sus respetos. No había duda; ahora se había convertido en un capo y ese funeral había servido para demostrárselo. Se dio cuenta de que ahora era intocable.