Mary estaba sentada con Annie, que observaba a la gente con su arrogancia acostumbrada. Que la muerte de su padre la había afectado resultaba más que obvio, pero también lo era que estaba buscando la forma de acercarse al sol que más calentara.
Annie sabía que tenía que hacer méritos para volver a ganarse a su hermano y que necesitaba hacerlo lo antes posible. Danny había hablado con ella y se lo había hecho saber, eso resultaba evidente para cualquiera que los viera juntos. Sin embargo, ella había percibido su indiferencia y la frialdad de su voz le había dejado claro que la había relegado a la última de sus prioridades. Ella había estado acostándose con todo quisqui, lo había puesto verde y lo había provocado, pero jamás hubiera esperado que él le hiciera eso. Danny estaba intentando por todos los medios anularla, y eso era algo que no debía suceder. Igual que su padre, sentía un desprecio absoluto por el sentido de las obligaciones. De hecho, trabajar para vivir era lo último que pensaba hacer, su último recurso. Era la pequeña de la familia y él debería cuidar de ella. Sabía que su hermano estaba interpretando su papel en público, tal como se esperaba que hiciera, pero también que para él ya no significaba nada, pues no contribuía a poner la mesa, y eso era algo de suma importancia en su familia. Tenía que buscar el modo de cambiar su imagen, porque Danny Boy era capaz de renegar de ella, y su reputación no jugaría en su favor, algo que esperaba que no sucediese jamás.
Annie vio que Arnold Landers hablaba con su hermano y verlos tan unidos la deprimió, pues sabía que ésa era la única razón por la que Danny Boy no la echaba a patadas. Sabía que su madre estaba ahora a merced de Danny y que su esposa vivía aterrorizada por él. Vio que todo el mundo quería acercarse a su hermano y que Michael sólo dejaba que se le aproximasen los que de verdad merecían que Danny gastase su tiempo y su energía con ellos. Algunos hasta eran tratados con cierto desprecio; hombres que ya gozaban de una reputación cuando Danny Boy aún no había sido concebido por ese borracho, ahora se esforzaban por que les concediera un poco de atención, porque les dirigiera unas cuantas palabras y los viesen en público junto a él, con el fin de que los considerasen como uno de los suyos. Ese era el poder que emanaba de Danny Boy ahora. Annie lo odiaba. Odiaba el poder que irradiaba, aunque por dentro se moría de ganas de que él mostrase un poco de interés por ella y por su vida. Lo detestaba por hacerla sentirse así.
Si su relación con Arnold Landers era lo que le garantizaría el respeto de su hermano, no sería ella quien le pusiera trabas. La muerte de su padre los había dejado en un limbo y ahora todos dependían de Danny Boy, tal como llevaban años haciendo. Ahora había enterrado su último vínculo con el pasado, el causante de la humillación de su familia, y eso le había proporcionado la fuerza necesaria para demostrar quién era. Se comportaba como si fuese el hombre de la casa y miraba a su alrededor con regocijo, sabiendo que por fin estaba donde deseaba estar y que nadie le arrebataría su sitio. Danny Boy estaba contento de que Landers hubiese empezado a trabajar con él, ya que contaba con los medios necesarios para quedarse con todos los contactos del sur de Londres. Era un verdadero ciudadano de Brixton y estaba más que dispuesto a contribuir y ampliar su comunidad. Por un estipendio razonable, claro.
Annie sonrió a Arnold Landers y éste le devolvió la sonrisa. Sabía que iba por el buen camino, que había dado con la forma de ganar un dinero que jamás hubiera esperado, y todo gracias a una muchachita con una buena familia y unas tetas aún mejores.
Arnold reconocía una buena oportunidad en cuanto la veía y Danny Boy era su pasaporte a una riqueza que ni siquiera había pasado por su imaginación. Su relación con su hermana también contaba a su favor, por lo que la ganancia era doble en lo que a él respecta. Arnold no era ningún estúpido y sabía que aquélla sería su única oportunidad de estar entre los grandes, por eso no estaba dispuesto a desaprovecharla con ningún pretexto. Ambicionaba lo mejor que pudiera ofrecerle la vida y ahora estaba allí, a plena luz del día, con Danny Boy Cadogan a su lado y presentándole a unas personas de las que antes sólo había oído hablar o, en algún caso, visto a distancia.
Eran los años ochenta y aunque el gobierno simulara que se vivía en una sociedad igualitaria, todo el mundo sabía que eso era una mentira podrida. Hasta el tráfico de drogas estaba controlado por unos cuantos escogidos, predominantemente blancos. Arnold pensó que ésa era su oportunidad para cambiar las cosas, dejar su huella y sentar algunos precedentes. Por eso no dejaba de asentir y sonreír como si estuviese entusiasmado por estar allí, cosa que era cierta.
El velatorio fue muy animado, tanto que las canciones irlandesas casi impedían conversar. Hacía mucho que el Shandon Club no estaba tan atestado; de hecho, estaba hasta la bandera, y la bebida, además de abundante, era gratuita. Jonjo miró la cantidad de botellas que había con un placer que le sorprendió incluso a él. Su padre por fin estaba muerto y enterrado, y él no sentía ni la menor pena, ni tan siquiera una pizca de arrepentimiento. Entró en los servicios, se metió en uno de los aseos y, después de cerrar la puerta, se sentó y sacó su equipo del bolsillo de la chaqueta. Lo guardaba todo en una caja metálica de esas que se utilizan para guardar los parches de la bicicleta y la abrió con sumo cuidado y disfrute. Sacó la aguja, la jeringa y una dosis de heroína. Sólo sería ese día, al menos eso era lo que se decía a sí mismo tratando de convencerse, pero necesitaba algo para superar ese trago. Se alegró de poder utilizar la muerte de su padre como excusa para evadirse, aunque su muerte no significara nada para él. Su padre había perdido todo significado para él hacía mucho, y ahora quien de verdad lo preocupaba era Danny Boy. Mientras calentaba la heroína en la cuchara notó la excitación que le invadía el cuerpo entero. Después de absorber el líquido con la jeringa contuvo la respiración mientras observaba el líquido color mierda que lo haría olvidar, que le proporcionaría un rato de alivio, un momento de desahogo de esa vida que detestaba tanto y que cada día le resultaba más imposible soportar. Se ató una cinta de cuero alrededor del antebrazo y la apretó con los dientes, unos dientes que se le estaban poniendo de color verdoso y que se le estaban haciendo añicos de tanto rechinar, hasta el punto de que ya le resultaba casi imposible comer nada sólido.
Jonjo atravesó su piel con la aguja e introdujo un poco de heroína en su cuerpo. Observó mientras se bombeaba la sangre, disfrutando mientras su sangre roja y espesa llenaba la jeringa y luego, conteniendo la respiración, se la volvía a introducir en sus venas y le llegaba hasta el cerebro. El subidón fue más rápido de lo habitual y la euforia muy breve, pero de nuevo se sentía capaz de funcionar. Se había metido lo suficiente para colocarse, para sentirse más animado, no para terminar tirado. Ahí estribaba la diferencia. Permaneció sentado, notando el sosiego que le recorría el cuerpo, suspirando profundamente. Sin preocuparse de quien pudiera estar cerca ni de que lo descubriesen, saboreó el goce que le proporcionaba la droga, ese sentimiento de indiferencia por todo y por todos los que le rodeaban. La heroína se había apoderado de él y ahora se sentía en armonía con el universo.