A los pocos minutos se había olvidado de que se encontraba en el velatorio de su padre y lo único que oía era la música y el entrechocar de vasos de aquella gente a la que ni siquiera conocía. La realidad se impuso y se obligó a sí mismo a afrontarla. Cuando salió de los aseos oyó la voz familiar de Danny Boy, aunque con un tono más irritado que de costumbre porque llevaba diez minutos buscándolo.
Ange estaba sentada con su nuera y su hija, observando con desengaño y desilusión en qué se había convertido su familia. Que su marido hubiese muerto de esa manera ya resultaba trágico, pero ver que su funeral se utilizaba como plataforma para catapultar a su hijo mayor le resultaba inaudito. Su hija iba camino de convertirse en una puta, pero Danny le daba tanto terror como a su propia esposa. Ange sabía que su hijo era un chulo, pero también sabía que era el único al que realmente había querido, ya que de los demás apenas se había preocupado. Había representado el papel de madre porque, como todas las mujeres de su generación, consideraba sumamente importante lo que pensaran los demás. Sin embargo, si era sincera, el único hijo al que de verdad había querido era Danny Boy; los demás no le preocupaban lo más mínimo.
Ahora estaba allí, de pie, un hombre agresivo y vicioso, y ella se sentía culpable de que el muchacho agradable que había sido se hubiese convertido en semejante cosa, puesto que había carecido del más mínimo cariño por parte de su familia. No obstante, le encantaba el respeto que ahora le mostraban los demás por el mero hecho de haberlo parido, le encantaba ver cómo la gente que antes la miraba con desprecio ahora se acercaba para saludarla, para interesarse por ella, tanto si les apetecía como si no. Danny sabía que hasta ese mismo día, y por mucho que su influencia le hubiese facilitado la vida, su lealtad había estado del lado de su padre, del hombre que había arruinado sus vidas. Ahora Big Dan había muerto a manos de su propio hijo y ella se sentía culpable hasta la médula. Su madre le había dicho siempre que una mujer no puede coger la tarta y comérsela entera, una verdad que ella había ignorado hasta ese preciso momento. Su hijo era el que había proporcionado la tarta y ellos quienes se la habían comido, ella incluida. Ahora había llegado el momento de pagar por sus pecados y seguro que lo haría; de eso no tenía la menor duda.
Ange miró a su alrededor y se dio cuenta de que su hijo había utilizado ese día para un acto triunfal, como medio para conseguir un fin. También se dio cuenta de que le faltaban las fuerzas, de que estaba vencida por el peso que le había dejado la muerte de ese hombre al que había querido tanto. Había muerto igual que había vivido, sin preocuparse lo más mínimo ni por ella ni por sus hijos, y eso le dolía.
La sala estaba repleta con la elite de ese mundo y su hijo se había convertido en la principal atracción. Ya no había forma de retroceder. Se dio cuenta de que era el final de su vida tal como la había concebido hasta entonces, pero también el principio de una nueva que sería la que su hijo le impusiera, ya que éste la aterrorizaba enormemente. Sabía que la muerte de su padre no era para él nada más que un acontecimiento social, una razón para reunirse, beber y hablar con sus socios. Sin embargo, ella había perdido el amor de su vida y, por mucho que dijeran, había sido su marido. Algunos deberían tener la decencia de recordárselo a ese hijo suyo por mucho que le estuviera proporcionando a su marido el funeral que cualquier mujer hubiera soñado. Ninguno de los asistentes tenía siquiera la decencia de simular que había asistido al funeral en memoria de su padre o por respeto a ella, lodo lo contrario; habían hecho del acontecimiento una mofa de la vida que había llevado su padre.
Las canciones irlandesas eran las apropiadas, la bebida abundante y copiosa, pero el ambiente que reinaba no era de pena por la muerte de su marido, sino más bien una celebración de los éxitos logrados por su hijo. Ange se sintió muy apenada porque, por mucho que hubiera hecho, seguía siendo su hijo y estaba obligada a permanecer a su lado y luchar por él hasta su último aliento. Era lo que se esperaba de ella y lo que pensaba hacer con tal de conservar al menos un poco de poder de decisión sobre sus otros dos hijos.
Frank Cotton se le acercó y Danny Boy esbozó una sonrisa. Frank se movía con esa gracia con que se mueven los hombres que saben que tienen un lugar propio, que gozan de una reputación que los mantiene a salvo y los hace andar con la cabeza bien alta. Danny Boy le estrechó la mano con firmeza y sintió la frialdad de su piel, la suavidad de su mano, esa delicadeza que denotaba que no había sabido lo que significaba mancharse las manos y trabajar en su vida. Danny recordó su infancia, las tardes que había tenido que pasar en el desguace trasladando chatarra de un lado a otro, el dolor de sus doloridos músculos resentido por trabajar en pleno invierno. Una vez más, su desprecio por Frank Cotton invadió todo su ser. Le parecía un tipo arrogante, demasiado seguro de sí mismo, como si se riera de él, como si lo considerase algo ridículo, alguien de quien podía reírse en público, incluso en el funeral de su padre.
Michael los observaba con suma cautela y vio que a Danny Boy le cambiaba la cara. Como siempre, era un cambio repentino, por eso cerró los ojos por unos instantes antes de acercarse e intervenir en la conversación. Lo hizo de la forma debida, sin llamar la atención de nadie, como si fuese algo normal y natural.
Michael notó que Frank Cotton se había percatado de su intervención y admiró que se comportase como si nada hubiera sucedido. Michael se lo agradeció. De hecho, por unos momentos deseó estar de su lado, en su mismo equipo, pues estaba convencido de que la vida sería mucho más fácil. También sabía que Cotton era una de esas personas que se daba cuenta de cuándo se le ignoraba, y él había sido ignorado y despreciado por Danny Boy, como había resultado evidente para cualquiera que tuviera un mínimo de percepción en cinco kilómetros a la redonda.
Cuando Michael vio que su hermana se servía otra copa de las suyas mientras miraba al mismo tiempo cómo su amigo del alma le daba la espalda intencionadamente a Frank Cotton, deseó desaparecer y evaporarse de aquella atmósfera, pero no pudo y ahora lo único que podía hacer era tratar de que ese desprecio deliberado y público no perjudicara sus negocios cotidianos de ninguna manera. Danny se apartó de ellos rápidamente, con la espalda rígida y el rostro de un hombre sumamente contrariado. Como siempre, estaba interpretando su papel para ejecutar su siguiente movimiento con suma precisión. Michael, suspirando profundamente, lo siguió con la esperanza de hacerlo entrar en razón.
Frank Cotton estaba enfadado, algo que no solía suceder con frecuencia. De hecho, estaba orgulloso de saber conservar la calma y la compostura cuando trataba con personas como Danny Boy, pues consideraba que estaban muy por debajo de él y las veía como un mal necesario que a uno no le quedaba más remedio que soportar, pero jamás alentar. Estar a merced de un matón como ése ya era malo de por sí, pero que ese matón le pidiera cuentas sobre supuestos crímenes de guerra resultaba una grosería que no estaba dispuesto a tolerar. Cadogan tenía el monopolio de las calles, algo que Frank había aceptado e incluso admirado, pero eso no significaba que tuviera que arrodillarse ante él ni que tuviera que soportar que lo tratase como un don nadie. Su gesto no había sido un gesto de arrogancia juvenil que se pudiera pasar por alto, sino un insulto calculado y premeditado, por lo que no le quedaba más remedio que responderle y recuperar el terreno perdido antes de que fuese demasiado tarde.
Que su padre hubiese muerto no era razón para que se comportase de esa manera, pues, para empezar, él había asistido a su funeral sólo por interés, un interés financiero, lo que era tan buena razón como cualquier otra. Había venido para presentarle sus respetos, nada más y nada menos. Ahora, sin embargo, su paciencia había llegado al límite y lo único que deseaba era tener una seria confrontación con él, cuanto antes mejor. Sus amigos sabían de sobra que lo mejor que podían hacer era no interferir. Big Danny Cadogan no gozaba de tanto prestigio como para que aquel funeral no tuviese un desenlace especial. De hecho, el consenso general era que precisamente ese funeral reclamaba a gritos un enfrentamiento definitivo. Frank Cotton se había convertido de pronto en el más indicado para convertir ese triste evento en un acontecimiento memorable. Muchos de los presentes disfrutarían de lo lindo si presenciaban cómo Frank Cotton le daba una buena tunda a Danny Boy; pero si éste salía ganando del incidente, los mismos que estaban a la expectativa tampoco perderían gran cosa. Por esa razón, la mayoría de los presentes, fuese cual fuese el resultado, no tenían nada que perder y sí todas las de ganar. Aunque casi todos deseaban que fuese Frankie quien saliera vencedor, ninguno se atrevía a admitirlo hasta ver el resultado y estar seguros de que Frankie Cotton había logrado una victoria aplastante sobre su adversario. Un certificado de defunción sería lo más adecuado, ya que, después de todo, ellos se tenían que ganar el sueldo.