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Frankie salió del club con el ceño fruncido y unos deseos incontenibles de asesinar a alguien. Sabía que había llegado el momento decisivo y se dio cuenta de que se había comportado como un estúpido permitiendo que sus diferencias llegasen tan lejos. Ahora, sin embargo, ya era demasiado tarde para echarse atrás y no le quedaba otra opción que darle una lección a ese capullo, una lección que, para ser sinceros, había estado pidiendo a gritos.

Una vez fuera, cuando respiró el aire frío de la noche, sintió el subidón de adrenalina que siempre era el presagio de una pelea.

Ardía en deseos de enfrentarse a ese cabrón y pensaba darle una lección que no olvidaría fácilmente. Había intentado mantener con él una especie de relación laboral, pero no había dado resultado. El muchacho no era lo bastante inteligente para dejar al margen sus sentimientos personales y cualquier relación entre ellos resultaba imposible. Todas las personas que conocía y actuaban en las calles trabajaban con gente que no era de su agrado, incluso con personas que no eran de su total confianza, pero entablaban una relación amistosa y beneficiosa con el fin de pagar los sueldos de los hombres que estaban a su mando. Era una cuestión económica, algo que Danny no comprendía, lo cual era su principal problema. Pues bien, puede que él tuviera el control y el monopolio de las calles, pero eso no significaba que tuviera carta libre y estuviera a salvo de entrar en el trullo. El muchacho necesitaba una lección y él pensaba dársela, tanto si le gustaba como si no.

Frank se dirigió hacia donde se encontraba Danny con el cuerpo tenso y dispuesto para el combate. Su corpulencia intimidó a todos los que le conocían y sabían de lo que era capaz. Oía el murmullo que se había suscitado entre los que estaban en la puerta del club esperando pacientemente en el frío de la noche a que comenzase la pelea. Danny Boy sonrió de oreja a oreja al ver que Frank se acercaba; era una sonrisa abierta y sincera, como si se encontrase con un buen amigo de antaño. El rostro de Frankie resultaba cómico por la confusión y vio que Michael sacudía la cabeza lentamente antes de desaparecer entre las sombras.

Frankie se quedó desconcertado durante unos segundos. Sabía que él hacía el papel de agresor, por lo que, de haberlo pensado un poco, debería haber salido a la calle portando algún arma en la mano. El muchacho era muy corpulento, además de muy mañoso, como era de todos sabido. No había duda de que era un tipo fuerte, capaz de enfrentarse a cualquiera, pero él también lo era y, en sus buenos tiempos, no habría tenido problemas para llevárselo de calle. Sin embargo, al contrario que Danny, siempre había sabido respetar a los demás. Pensó que era algo generacional, ya que los jóvenes de ahora creían que los capos con cierta edad, como él, eran todos unos blandengues, unos capullos y unos peleles. Pues bien, Danny Boy se iba a dar cuenta de lo equivocado que estaba.

Cuando abrió la boca para hablar, apenas tuvo tiempo de ver el brillo del martillo que le golpeó en la cara. El primer golpe lo recibió en el ojo derecho, arrancándole la órbita y parte del hueso de la mejilla. Cayó de rodillas y, por fortuna, ya no se dio cuenta de los treinta golpes que Danny le propinó a continuación, garantizándole su entrada en el cementerio.

Danny siguió martilleando a Frank aun después de que éste perdiera el conocimiento. Estaba demasiado exaltado como para darse cuenta de que lo estaba presenciando un jurado formado por sus socios y demasiado ocupado para percatarse de que nadie pronunciaba una sola palabra. El silencio que reinaba resultaba abrumador y la animosidad que había suscitado era palpable.

Michael observó con tristeza cómo Danny Boy acababa de sopetón con todas las perspectivas de que podían haber disfrutado. Había logrado que el funeral de su padre tuviera un desenlace fatal y eso era algo que jamás se le perdonaría.

Los amigos y colegas de Frank observaron con suma y recatada intensidad cómo acababan con su vida, pero ninguno se atrevió a mover un dedo para ayudarle, aunque eso no significaba que no les importase lo sucedido.

Citando Michael logró por fin apartar a Danny Boy, tres de los más importantes peces gordos que rondaban por el Smoke cogieron a Frankie y se lo llevaron al hospital. Se miraron entre sí y Michael se dio cuenta de que Danny estaba de todo menos acabado. Danny sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y, agitándolo delante de todos, dijo con tristeza:

– Se lo había buscado. Aquí tengo una declaración suya hecha a la pasma en la que me acusa de toda clase de delitos.

Sacó la declaración del sobre y, rompiéndola en trocitos, la tiró al mugriento suelo. Mientras volvían a entrar en el club, Michael y Danny oyeron las sirenas de la policía a lo lejos. Sabían que los demás los seguirían.

Ya en los servicios, Michael observó cómo Danny se lavaba la cara y las manos con un gesto de asco antes de peinarse y arreglarse la ropa.

– ¿Qué pasa si alguien coge ese papel, Danny?

Danny dibujó su peculiar sonrisa de sarcasmo.

– ¿Qué puede pasar? Su firma está en el papel, no la de mi padre. ¿Me consideras tan estúpido como para hacer algo así?

Michael no se molestó en responderle. Danny lo miró a los ojos a través del sucio espejo que estaba encima del lavabo y, alegremente, añadió:

– Ya te dije que ese tío no me gustaba, ¿no es verdad?

Michael suspiró profundamente y, armándose de valor, respondió:

– ¿Qué pasa? ¿No podías haberlo dejado correr? ¿No podías haber tratado de llevarte bien y no ir matando a la gente así porque sí? Por lo que veo, no me necesitas, Danny Boy. Para empezar, jamás escuchas lo que te digo. Gracias a ti acabamos de perder nuestra mejor fuente de ingresos. Y no sólo lo has acusado de chivato, sino que has respaldado tu acusación con una declaración falsa. Se te ha ido la olla, Danny. Estás pirado por completo.

Las últimas palabras las dijo a gritos, ya que su rabia lo había superado y no le preocupaba en absoluto la reacción de Danny Boy ante sus críticas.

Danny Boy se rió mientras continuaba mirándose en el espejo. Se comportaba como si fuese un día normal, como si mantuviesen una conversación normal. Resultaba surrealista.

– ¡Cállate de una puta vez, maricona! Llevo mucho tiempo planeando este altercado y ahora más vale que me respaldes. En ningún caso iba a permitir que ese gilipollas celebrase otro cumpleaños, no si podía evitarlo. Y a ti más te vale tener en cuenta que no me dan arrebatos así porque sí, y, si no me crees, se lo preguntas a tu puñetera hermana. Ahora tranquilízate y volvamos al funeral de mi padre, ¿de acuerdo?