– No se te ocurra hablar de Mary de esa manera, Danny.
Danny puso su bonita sonrisa, esa que hacía que las mujeres mayores cometieran adulterio y las jóvenes perdieran la virginidad. Era como un diablo disfrazado.
– ¿Por qué no? ¿Acaso me vas a pegar? Yo os estoy dando de comer a todos y más vale que lo tengas presente de ahora en adelante. Más te vale que te des cuenta de quién paga las facturas y a quién debes lealtad. Te he visto escabullirte como un gusano cobardica. Pues bien, a partir de ahora me libero de cualquier restricción y te aseguro que estoy dispuesto a conseguir todo lo que quiera. Y a ti, maldito gusano, más te vale callarte y hacer lo que te digo.
Danny continuó peinándose tranquilamente mientras entonaba suavemente una versión propia de Forty Shades of Green.
Michael Miles se dio cuenta de que Danny Boy había quemado todas sus naves y, por desgracia, también las suyas. Siempre había sabido que sin Danny Boy Cadogan no era nada; pero ahora, con él, era aún menos.
Libro tercero
La caridad y los malos tratos siempre empiezan en el hogar.
John Fletcher, 1579-1625
Wit Without Money
Capítulo 21
– ¿Cuándo piensas levantarte de la puñetera cama, Jonjo? Danny Boy no tardará en llegar.
Ange había elevado el tono de voz y le estaba transmitiendo su miedo a su hijo pequeño.
Jonjo se dio media vuelta, aún medio colocado por los efectos de la droga que había tomado la noche anterior y sintiendo esa enorme fatiga que le producía la heroína. Era un cansancio que convertía sus huesos en algo fluido, una sensación de la que empezaba a disfrutar a tope. La única razón por la que a veces se sentía tentado de levantarse era para chutarse de nuevo. Una vez que se le había acabado la droga, parecía recobrar de nuevo la vida; se levantaba, se vestía y, a los pocos minutos ya estaba tratando con el camello de turno. Danny Boy se pasaba la vida quejándose de eso y decía que los yonquis no eran más que unos jodidos vagos que utilizaban el caballo como excusa para evadirse del mundo. Danny añadía que si eran tan astutos para buscarse un pico, por qué no hacían lo mismo para ganarse un sueldo. Pero no, en su lugar preferían quitarle la pensión a una pobre vieja, o venderse como putas, y consideraba una basura a cualquiera que utilizara ese medio para subsistir. Nadie que estuviera en su sano juicio cobraría el paro. ¿Por qué tenías que decirle a nadie dónde vivías? ¿Por qué tenías que vivir a costa del gobierno y de esas personas que eran tan gilipollas como para pagar sus impuestos? El subsidio era algo que se debía dar a los ancianos y a los hospitales, no a las personas que se podían buscar la vida, ya que ésta ofrece todo un cúmulo de oportunidades para ganar dinero y no tener que caer en manos del gobierno. Danny no permitía que ninguno de sus hombres cobrase el paro porque eso atraía demasiado la atención y, además, eran más propensos a ser delatados u observados si se los veía en la cola de la oficina de empleo. Además, el dinero que daba el gobierno sólo se lo merecían los que, por desgracia, no podían mantenerse a sí mismos, ya que era tan escaso que sólo servía para pagarse las cervezas o comprar cigarrillos. Danny Boy era de los que consideraba a todo aquel que cobraba el paro una escoria humana que arrebataba el pan de la boca a los pensionistas. Cuanto menos gente hubiera apuntada al paro, más dinero habría para los ancianos y los niños en los hospitales, más para las familias huérfanas y para la gente que tuviera hijos discapacitados.
Danny Boy Cadogan era de los que no miraban con buenos ojos a los que consideraba desechos humanos, y su hermano pequeño lo sabía mejor que nadie. Danny le proporcionaba todo lo que deseaba a su madre y ella ya no tenía que preocuparse por el día a día, ni soñar con ganar la lotería, pues la verdad es que vivía como una reina. Si Danny se enteraba de que estaba arreglándose los papeles del paro, lo asesinaría, pero, como pensaban todos los yonquis, cualquier dinero le parecía bueno a Jonjo, por muy poco que fuese. Por eso se había apuntado al paro. Jonjo era terrible con el dinero. Danny Boy le pagaba un buen sueldo, pero el dinero se le iba como por arte de magia. De hecho, gastaba tanto en drogas que ya le debía dinero a mucha gente del Smoke. La heroína ya era cara de por sí, pero además tenía que pagarse las cápsulas de Librium que mezclaba con la heroína para sosegarse. Lo ayudaban a relajarse y a quitarse los temblores que lo dominaban casi todo el día. También se gastaba una fortuna en sulfato de anfetamina, que necesitaba para mantenerse en pie y tener la energía suficiente para salir de casa cuando Danny lo reclamaba. Se preguntó si Danny Boy se había dado cuenta de lo enganchado que estaba, pero supuso que no, porque de lo contrario lo habría matado. Jonjo también tenía la certeza de que nadie lo delataría, pues a nadie le apetecía correr con semejante responsabilidad. De hecho, ya le había hecho la pirula a un par de chulos del barrio y ni tan siquiera se habían atrevido a reclamar la deuda. Sabía que contaba con eso a su favor porque nadie lo iba a amenazar ni a perseguirlo por una deuda que ellos consideraban inaceptable en su círculo social.
Jonjo sabía que le dejaban comprar a crédito sólo porque era el hermano de Danny Boy, algo que aprovechaba al máximo para conseguir sus fines, aunque ya se estaba quedando sin gente a la que pudiera engañar. Pronto se vería obligado a recurrir a los turcos, que eran unos cabrones de mierda capaces de ignorar sus lazos familiares y romperle las piernas. Una vez más empezó a ponerse nervioso y, al igual que todos los yonquis, tenía el fastidioso hábito de estar constantemente comprobando que no había perdido su alijo, como si en el momento en que dejara de hacerlo pudiera evaporarse en el aire. Lo estaba palpando debajo del colchón cuando volvió a oír la voz de su madre martilleando al otro lado de la puerta. Se levantó de la cama y, asomándose al descansillo, gritó:
– ¿Por qué no te callas de una puta vez? Es la décima vez que me lo dices, puta de mierda.
Cuando regresó a la habitación, oyó los pasos de su hermana subiendo las escaleras, así que se preparó para lo que se le avecinaba. Últimamente lo sacaba de quicio porque pretendía convertirse en el ojito derecho de Danny Boy y él tenía el presentimiento de que al final lo conseguiría. Había descubierto hacía mucho tiempo su adicción, pero estaba seguro de que lo mantendría en secreto. Ya tenía bastante con lo suyo y, por suerte, lo sabía tan bien como él.
Annie se acostaba con ese hombre negro y grande, pero también con otro blanco igualmente grande. En realidad, desde la muerte de su padre se acostaba con cualquiera que fuese lo bastante amable para comprarle una botella de vodka, grosella o, dadas las circunstancias y teniendo en cuenta la crisis, una limonada. Se había convertido en una buscona del tres al cuarto y, cuando la vio irrumpir en su habitación, le gritó:
– Vete a la mierda, Annie, y déjame en paz.
Estaba tan enfadada que respiraba dificultosamente. Al entrar, notó el olor dulzón de su sudor; impregnaba toda la habitación y tenía ese olor penetrante propio de los adictos. Miró fijamente a su hermano, vio el escuálido cuerpo que se ocultaba llevando ropa ancha y, con sumo desagrado, le respondió:
– Más te vale que cierres la boca. Si Danny Boy se entera de lo que te estás metiendo, te aniquilará. Sólo quería que supieras que ya está en la puerta.
Jonjo se puso pálido y ella se rió al verlo vestirse con tanta premura. Estaba tan asustado que se había olvidado de todo.